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Volkswagen y el futuro de la honradez (por Peter Singer)

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Volkswagen y el futuro de la honradez (por Peter Singer)
« en: Octubre 11, 2015, 08:09:23 pm »
Volkswagen y el futuro de la honradez
por Peter Singer, 7 de Octubre de 2015


PRINCETON – Si usabas el término “ética empresarial” en el decenio de 1970, cuando esa disciplina estaba empezando a desarrollarse, una respuesta común era:”¿Acaso no es un oxímoron?” Con frecuencia a esa broma seguía el recitado de la famosa máxima de Milton Friedman de que la única responsabilidad social de los ejecutivos de empresas era la de hacer la mayor cantidad de dinero legalmente posible para sus accionistas.

Sin embargo, durante los cuarenta años siguientes los empresarios dejaron de citar a Friedman y empezaron a hablar de sus responsabilidades para con las partes interesadas de sus empresas, grupo que incluye no sólo a los accionistas, sino también a los clientes, los empleados y los miembros de las comunidades en las que actúan.

En 2009, entre la primera clase de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard que se graduó después de la crisis financiera mundial circuló un juramento. Los que lo aceptaron –una minoría, desde luego– juraron dedicarse a su labor “de forma ética” y dirigir sus empresas “con buena fe, absteniéndose de adoptar decisiones y comportamientos que hagan avanzar mis estrechas ambiciones, pero perjudiquen a la empresa y a las sociedades a las que ésta sirve”.

Desde entonces, esa idea se ha extendido y estudiantes de 250 escuelas de administración de empresas han formulado un juramento similar. Este año, todos los banqueros holandeses, 90.000, están jurando que actuarán con integridad, pondrán los intereses de los clientes por encima de otros (incluidos los de los accionistas) y actuarán de forma abierta y transparente y de conformidad con sus responsabilidades para con la sociedad. Australia tiene un “juramento voluntario de la banca y las finanzas”, que obliga a quienes lo formulan (más de 300 personas lo han hecho hasta ahora), entre otras cosas, a denunciar las fechorías y alentar a los demás a que hagan lo propio.

En el pasado mes de agosto, una ejecutiva, Véronique Laury, dijo que su ambición profesional es la de “influir positivamente en el mundo entero”. Podría parecer que dirige una organización benéfica, en lugar de Kingfisher, empresa minorista de suministros para el hogar con unas 1.200 tiendas en toda Europa y Asia. En el pasado mes de septiembre, McDonald’s, la mayor compradora de huevos de los Estados Unidos, mostró que también puede contribuir al progreso ético, al anunciar que en sus operaciones en los EE.UU. y en el Canadá abandonaría gradualmente el uso de huevos procedentes de gallinas enjauladas. Según Paul Shapiro, vicepresidente de la Humane Society de los Estados Unidos para la protección de los animales de granja, esa iniciativa indica el comienzo del fin de las crueles jaulas en batería que hasta ahora han predominado en la industria huevera de los Estados Unidos.

Después llegaron las revelaciones de que Volkswagen había instalado en once millones de automóviles diésel un programa informático que reducía las emisiones de óxidos de nitrógeno sólo cuando aquéllos eran sometidos a análisis de las emisiones y les permitía salir aprobados, pese a que en su uso normal sus niveles de emisiones superaban en gran medida los niveles permitidos. A raíz del escándalo posterior, el New York Times pidió a expertos que opinaran sobre si con “la omnipresencia de la falta de honradez” había quedado anticuado el comportamiento moralmente probo. Ese periódico publicó sus respuestas bajo el título: “¿Es la honradez sólo para los “primos”?

Los cínicos dirían que nada ha cambiado en los cuarenta últimos años y nada cambiará, porque en los negocios hablar de ética sólo sirve para camuflar el fin último: el máximo beneficio. Sin embargo, la trampa de Volkswagen es extraña, porque, incluso –o en particular– conforme al criterio encaminado al máximo beneficio, era una apuesta temeraria. Cualquiera que en Volkswagen supiese lo que hacía el programa informático habría podido predecir que probablemente la empresa perdería.

De hecho, lo único que hacía falta para perder la apuesta era un intento de confirmar si los resultados de las emisiones obtenidos cuando los vehículos estaban sometidos a análisis federales de las emisiones eran similares a los resultantes de la conducción normal. En 2014, el Consejo Internacional sobre Transporte Limpio encargó al Center for Alternative Fuels, Engines, and Emissions de la Universidad de Virginia Occidental que hiciera eso precisamente. No se tardó en descubrir la artimaña informática.

La cotización de Volkswagen ha perdido más de una tercera parte de su valor desde que estalló el escándalo. La empresa tendrá que retirar 11 millones de automóviles y las multas que deberá pagar tan solo en los Estados Unidos podrían ascender a nada menos que 18.000 millones de dólares. Lo más costoso de todo será tal vez el daño causado a la reputación de la empresa.

El mercado está dando su propia respuesta a la pregunta: “¿Es la honradez para los “primos”?”, que es: “No, la honradez es para quienes quieren obtener el máximo valor a largo plazo”. Naturalmente, algunas grandes empresas conseguirán engañar impunemente, pero el riesgo de que las pillen está siempre ahí y con frecuencia –en particular, en el caso de grandes empresas la reputación de cuyas marcas es un activo de la mayor importancia– no vale la pena correr el riesgo.

La honradez obtiene el máximo valor a largo plazo, aun cuando por “valor” entendamos sólo el rédito monetario para los accionistas. Resulta aún más evidentemente, si el valor incluye la satisfacción que todos los participantes sientan por su trabajo. Varios estudios han mostrado que los miembros de la generación que ha alcanzado la mayoría de edad en el nuevo milenio están más interesados en influir positivamente en el mundo que en ganar dinero por encima de todo. Es la generación que ha engendrado el “altruismo eficaz,” que fomenta la donación de dinero, con tal que sea eficiente.

Así, pues, tenemos razones para esperar que, a medida que los del milenio empiecen a superar en número a los que aún dirigen Volkswagen y otras grandes empresas, la ética llegue a estar más firmemente afianzada como componente esencial de la obtención al máximo de los tipos de valores que de verdad importan. Al menos entre las más grandes empresas, escándalos como el de Volkswagen llegarían a ser cada vez más escasos.


Fuente: project-syndicate