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LA FILOSOFÍA FANTÁSTICA DE MARGARET CAVENDISH

LA FILOSOFÍA FANTÁSTICA DE MARGARET CAVENDISH
« en: Mayo 18, 2021, 04:21:05 pm »
                            LA FILOSOFÍA FANTÁSTICA DE MARGARET CAVENDISH
                                                         by antonioguerrero




La inglesa Margaret Cavendish (1623-1673). Diseño hecho a partir de una
ilustración de Sampathkumar 1640280 distribuida por Wikimedia Commons
bajo licencia Creative Commons CC BY-SA 4.0.


Margaret Cavendish es la autora de la primera novela de ciencia ficción
escrita por una mujer. Hizo una rehabilitación filosófica de la fantasía.
Escribió también varios libros de filosofía natural y participó en numerosos
debates sobre esta temática. Fue invitada a una reunión de la Royal Society
londinense, cuando solo participaban hombres, en la que se hablaría de microscopia,
materia de la que ella tenía un amplio conocimiento.


Por Melina A. Varnavoglou

¿Cuántas veces se nos ha acusado a las mujeres de
«fantasiosas»? ¿De «no tener los pies en la tierra», de vivir en «una
realidad aparte»? Seguramente muchas y, si nos fijamos en los diferentes ámbitos que transitamos, quizás hasta varias veces por día.


Hasta hace no tanto, aún circulaban estudios que pretendían probar, en una suerte de eugenesi revisitada, que el cerebro de las mujeres tenía el hemisferio derecho (encargado de controlar la vida
emocional) más desarrollado y los hombres, en cambio, el izquierdo («el cerebro racional»). Aún hoy existen anuncios publicitarios y productos segmentados para público femenino que nos instan a aprovechar nuestro costado «sensible» y «romántico».

Expulsarnos del mundo de lo racional

Como todos, las mujeres podemos equivocarnos, decir mentiras, y como veremos en este artículo, nada hay de malo en fantasear; pero esta idea de asignar al género femenino como el portador exclusivo y natural de una imaginación inusitada tiene la contrapartida de expulsarnos del mundo de la racionalidad.

La intención de estas intervenciones, por lo general, apunta a desautorizar nuestra palabra
y deslegitimar nuestro criterio, en pos de mantener la hegemonía y la primacía de un criterio oficial que puede estar asociado al «masculino», algo así como lo que hoy se menta con el popularizado término de gaslighting (1).

En el campo de la filosofía, esta operación tuvo y tiene consecuencias graves: sepultar, casi por completo, el pensamiento de cientos de mujeres en la historia de las ideas. Tal es el caso de la escritora y filósofa inglesa Margaret Cavendish (1623-1673), cuya vida y obra podemos leer como una refinadísima respuesta —propia de una duquesa de Newcastle— al gaslighting del que fue objeto en los círculos intelectuales y científicos exclusivamente masculinos de su época (como sucederá con su intervención en la Royal Society de Londres en 1667).

En lugar de rigorizar su método filosófico hacia una exposición más «ordenada» y «racional», la estrategia de Mad Marge (la Loca Marge, como era vituperada) será radicalizar su diferencia, mostrando que la filosofía no está tan separada como se cree del mundo de la fantasía, dando lugar así a un pensamiento único e influyente.

La vida y la obra de la escritora y filósofa inglesa Margaret Cavendish
podemos leerlas como una refinadísima respuesta al fenómeno «luz de gas»
del que fue objeto en los círculos intelectuales y científicos exclusivamente
masculinos de su época


Margaret Cavendish, La Primera

«Dado que no puedo ser Enrique I, ni Carlos II, me
tomaré el esfuerzo, sin embargo, de llegar a ser Margaret, La Primera;
aunque no tenga ningún Poder, Tiempo u Ocasión para ser un gran
Conquistador como Alejandro o el César; de la misma manera, ya que
tampoco seré la Señora del Mundo, porque ni la Fortuna ni el Destino me
serán dados para ello, fue que me hice mi Propio Mundo». (2)


Así se presenta nuestra filósofa en su libro Descripción del Nuevo Mundo, cuyo título completo es: … llamado el Mundo Resplandeciente, escrito por la triplemente noble, ilustre y excelente princesse, la Duquesa de Newcastle.

Mirado a simple vista y desde nuestra época, ciertamente este título parece el de una lady con mucho ego (e ínfulas de princesa) que vive dentro de un cuento de hadas. Y probablemente un poco así sea, pero veremos que toda esta retórica está debidamente justificada.

Además de ser duquesa, título noble que tiene por casarse con el duque de Newcastle (William Cavendish), Margaret fue dama de honor de María Enriqueta (la primera «princesa real» —o sea, la primera en suceder a un rey varón en el trono de Inglaterra—) y la acompañó en su exilio en París en 1644, luego de que estallara la Guerra Civil Inglesa y las fuerzas realistas fueran derrotadas.

Después de la restauración monárquica (1660), que la trae de nuevo a Inglaterra, escribe esta utopía, donde una chica viaja a través del Polo Norte, sorteando diferentes peligros y aventuras, hasta llegar a un mundo compuesto por animales parlantes y otras criaturas, además de los humanos. Luego de erigirse en reina de este «mundo resplandeciente» organiza una invasión contra el mundo anterior… ¡comandada por hombres-pez arriba de submarinos! Publicada en 1666, se considera la primera novela de ciencia ficción escrita por una mujer.

Sin contradecir esto, es importante decir que esta novela decidió publicarse acompañando a otra obra: sus Observaciones sobre Filosofía Experimental. Dedicado a «todas las nobles y loables señoritas», explica esta decisión del modo siguiente:

«La presente Descripción de un Nuevo Mundo se escribió como un apéndice a mis Observaciones sobre Filosofía Experimental y, teniendo cierta similitud y coherencia una con la otra, fueron unidas ambas como dos mundos distintos por sus dos polos. Pero, ya que a la mayoría de las mujeres no les placen los argumentos filosóficos, he separado algunas de las observaciones citadas y así estas están aparte por sí mismas, por lo que debo expresar mis respetos presentándoles tales imaginaciones como si fueran mis contemplaciones. La primera parte es romántica; la segunda, filosófica; y la tercera es puramente imaginada, o (si así puedo llamarlo), fantástica».

Podemos pensar que Margaret Cavendish lo que quizás pretendía con este libro era dar a conocer su filosofía, elaborando este artificio literario (una novela entretenida) para que así las mujeres de su época no acostumbradas a leer este tipo de textos lo hicieran.

Mientras muchas mujeres rara vez llegaban a publicar sus obras,
o de hacerlo utilizaban un seudónimo, Cavendish fue una de las primeras
en firmar con su nombre propio


Aunque fuera rica, el caso de Margaret Cavendish es atípico entre otras mujeres de su estatus que escribían. Mientras muchas rara vez llegaban a publicar sus obras, o de hacerlo utilizaban un seudónimo, Cavendish fue una de las primeras en firmar con su nombre propio. No contenta con esto, colocaba además en sus libros un grabado con un frontispicio… de sí misma.



Imagen del frontispicio extraída del libro
Fantasías filosóficas, de la editorial Rara Avis.


Échale un vistazo a esta figura.
Pero como si fuera por casualidad pura,
no fijes tus ojos, no deben posarse en ella,
pues como sombras a la luz que destella,
solo sabe representar; porque todavía
su belleza escapa de la maestría
del mejor pintor, para intentar
estas bellas líneas en su rostro capturar.


Mira el dibujo de su alma, su ingenio, su juicio.
Luego lee las líneas que escribió sin desperdicio
dibujadas por el lápiz de las fantasías,
piezas que solo ella puede decir: son mías.


(Traducción de Camila Zito Lema)

Fantasear es filosofar

Vayamos entonces directamente a ver en qué consisten estas «fantasías» tan centrales en el pensamiento de nuestra filósofa. De la mano de la editorial argentina Rara Avis llegan por primera vez a los lectores de habla hispana sus Fantasías filosóficas.

Publicadas mucho antes que El mundo resplandeciente y Observaciones…, aquí el registro fantástico, más que una parte, constituye el todo. No hay aún tal necesidad de separar ciencia de literatura, o aquel reparo de estar haciendo pasar sus «imaginaciones por contemplaciones».

Escrito al cumplir 30 años y en solo tres semanas, este libro pareciera concentrar el pensamiento de Margaret Cavendish en estado puro. Como bien explica Claudia Aguilar en su prólogo, «Cavendish no solo produce mundos resplandecientes, sino que es autora de un mundo filosófico en una completa continuidad, o, mejor dicho, fusión de lo filosófico y lo literario, fusión que produce una fantasía filosófica».

Estas consisten en pequeñas epístolas, elegías —también hay diálogos—, a veces rimadas (que la traducción se encarga muy bien de reponer) y con juegos de palabras o preguntas abiertas.

Este método de exposición filosófica ya propone una forma de leer su contenido: estimulando la imaginación. No buscando dar definiciones cerradas, sino suscitando a esforzarse en «pensar más». Como pasa, por ejemplo, con las fábulas o los acertijos. Deja en claro Cavendish: «No es a través de conocimiento, sino de conjeturas, que es posible expresar los distintos movimientos de todo lo que se mueve en la mente».

Además de esto, las fantasías «existen». Actúan efectivamente como fuerzas vivas en la naturaleza y también desempeñan un rol anímico: ayudan a los pensamientos y la razón a enriquecerse y a equilibrarse entre sí. Como explica lúdicamente:

«Pensamientos no molesten, no molesten al alma con
discusiones, tomando partido, con miedo esperanza y dubitaciones. Bailen
en cambio con las musas, con pie medido, escoltando a las fantasías
cuando las encuentran en su camino».


La fantasía enseña a la razón a bailar, y esto no se trata de una forma de decir, sino la condición para poder pensar. Porque, según la metafísica de Cavendish, la materia se ordena en «complexiones», formando «figuras» que la mente, a través del baile entre los «espíritus racionales» (pensamientos) y «sensitivos» (sensaciones), aprende a reconocer y así distingue, por ejemplo, la figura de un animal de la de una planta que la de los objetos.

La metáfora del baile se elige porque sirve para describir la regularidad o irregularidad con la que se dan los movimientos entre la materia y la mente. En su propuesta, razonar más que a un cálculo, se parecerá a un concierto:

«Así, estos espíritus se mueven de manera medida, se
funden y ubican en las figuras, produciendo un concierto, una armonía, a
través del número».


Este modelo le permite pensar su relación de manera cambiante pero también precisa para describir diferentes facultades. Cuando un objeto se presenta a los sentidos y los espíritus racionales «bailan enseguida» su figura, a esto le llamamos memoria. Cuando la bailan, sin que esté presente el objeto, estamos rememorando. Y cuando bailan la figura «a la perfección», es decir, «sin perder ni la más mínima parte de aquellas figuras traídas por los sentidos», podemos hablar de entendimiento.

Como cuando bailamos ya sin pensar si estamos o no haciendo bien los pasos, cuando bailamos habiendo incorporado plenamente todos los movimientos. Sin recurrir ni a una idea (una coreografía)
ni a los sentidos (mirar cómo bailan los demás, por ejemplo) para hacerlo. Por eso declara contundentemente que «la voluntad consiste en elegir un baile».

De este modo, Cavendish hará una rehabilitación filosófica de la fantasía, en tres sentidos: al introducir la «fantasía filosófica» como método de exposición; luego, al describir la fantasía como una fuerza vital dentro del mundo natural, y por último, por restablecerla como una facultad en sí misma, en pie de igualdad con la razón.

Como en su novela, Margaret Cavendish conjurará ambos mundos (pero esta vez, sin atacar ninguno) mostrando que las fantasías son de alguna manera este instrumento «de pasaje», a través del cual podemos acceder a aquello que la naturaleza, como decía Heráclito en sus Fragmentos, ama ocultar. Pero que resplandece (3). Así, el pensamiento en lugar de conocer, descubre.

Escrito al cumplir 30 años y en solo tres semanas, el libro Fantasías filosóficas
pareciera concentrar el pensamiento de Margaret Cavendish en estado puro


Un materialismo espiritualizado

A contramano del espíritu racionalista de su época, para Cavendish la tarea de la filosofía no sería la de ir a «iluminar» u ordenar la materia sensible según un orden lógico (la matesis universalis/matematización del mundo), sino la de estar atentos a la expresión de la propia lógica material del mundo.

De ella participan los «espíritus sensitivos» y los «espíritus racionales» que, como hemos visto, operan sobre la materia (bailan) dando lugar a diferentes figuras. Estas fuerzas intelectuales y sensibles habitan la materia y la mente a la vez, no pertenecen exclusivamente al sujeto. Por eso, para Cavendish no sería posible distinguir, como en la propuesta de Descartes, entre una res cogitans y una res extensa separadas.

Margaret Cavendish conoció personalmente a Descartes y discutió varios de sus argumentos en sus Cartas filosóficas. Ambos investigaron, por ejemplo, sobre la posibilidad o no de una explicación mecánica de la naturaleza. Sin embargo, la obra de ella quedó absolutamente relegada en comparación al cartesianismo.

Al respecto, comparto la excelente pregunta que se hace Renata Prati en su reseña del libro: «¿Cómo habría sido la historia del pensamiento y la cultura occidentales si su obra fundacional, en vez de las cartesianas Meditaciones Metafísicas, de 1641, hubieran sido estas Fantasías Filosóficas, publicadas en 1653 por la muy singular duquesa de Newcastle?».

Hagamos ahora mismo el ejercicio. Comparemos una parte de la Meditación primera de Descartes con la Epístola a la contemplación de Cavendish.

La Meditación primera, de Descartes:

«Aunque los sentidos nos engañan a veces respecto de
las cosas poco sensibles y muy alejadas, existen quizá muchas otras de
las que no se puede razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su
intermedio: por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, vestido
con una bata teniendo este papel en las manos y otras cosas por el
estilo».


La Epístola a la contemplación, de Cavendish:

Contemplando junto al fuego en el frío invernal,
salen mis pensamientos de cacería por el pajonal.
Las persiguen, y si alcanzan a las fantasías,
La persecución traerá algarabías.
Si matan al ciervo o alcanzan a la liebre,
Animan a la mente con verso alegre.


Qué sensibilidades filosóficas tan distintas, ¿no?

La diferencia va mucho más allá, creo, del tema que tratan o del estilo. Cavendish no solo elige metáforas para explicar, sino que las metáforas que elige para el pensamiento son activas. En lugar de examinar los sentidos para llegar a una certeza indubitable, el deseo de conocimiento involucra al cuerpo en toda su ferocidad. Sus pensamientos «salen de cacería».

Del soliloquio en la comodidad de una habitación cerrada «vestido con una bata, junto al fuego», al cual la parafrasea casi exacto («junto al fuego en el frío invernal»), se pasa a la incertidumbre del afuera; transportando así la «escena del pensar» al aire libre, en relación con otras especies además de la humana.

Cavendish no solo elige metáforas
para explicar, sino que las metáforas que elige para el pensamiento son
activas. En lugar de examinar los sentidos para llegar a una certeza
indubitable, el deseo de conocimiento involucra al cuerpo en toda su
ferocidad. Sus pensamientos «salen de cacería»


Margaret Cavendish, naturalista

Si algo podemos decir de la filosofía de Margaret Cavendish es que es naturalista. Para ella la tesis en la que se apoyará la gran mayoría de la filosofía moderna, según la cual sólo seres humanos tienen el don de la razón y el resto de las especies no, se reduce a un supuesto de superioridad antropocéntrico que no tiene fundamento.

Tal como se pregunta:«¿Por qué no podrían los vegetales, al igual que los animales, tener vista, audición, gusto, tacto, si el mismo tipo de movimiento mueve el mismo tipo de materia en ellos? ¿Quién sabe si la savia de las plantas, tal vez, podría ser de la misma sustancia y grado que el cerebro?».


El conocimiento moviente

Cavendish también conoció personalmente a Thomas Hobbes. Sus historias de vida son similares: ambos vivieron la guerra civil, fueron tutores o acompañantes de reyes, se exiliaron en París y fueron influenciados por la filosofía de Descartes. Pero, ante todo, compartían la siguiente tesis fundamental: la idea de que el movimiento es la fuente del conocimiento.

Es por eso que para Cavendish todo lo que se mueve (plantas, animales, humanos, hadas) puede tener conocimiento, diferenciándose así de la materia inerte, sin movimiento. De este estudio del movimiento físico (a menudo llamado fisicalismo) surgirán para ambos pensamientos políticos también, que Cavendish no se limita en expresar en un tono tan aguerrido como el del Leviatán:

«La guerra natural y la paz proceden de la
autopreservación, que pertenece únicamente a la figura, porque nada es
aniquilado en la naturaleza, salvo las impresiones particulares o las
distintas complexiones que el movimiento realiza de la materia,
movimiento que en cada figura se esfuerza en mantener lo que ha creado.
Cuando algunas figuras destruyen a otras, lo hacen por su mantenimiento o
su seguridad».


Empañando las lentes cientificistas

En 1667, con varias obras publicadas bajo el brazo, y si bien cuestionada, con una fama considerable, Margaret Cavendish irrumpe en la Royal Societyde Londres. Fundada cinco años antes, y constituida «para el avance de la ciencia natural», es una de las primeras «comunidades científicas» que existen. Formaron parte de ella personajes como Isaac Newton, Charles Darwin, Gottfried Leibniz, Albert Einstein… Stephen Hawking. Si seguimos la lista de quienes la integraban vemos que el elenco es exclusivamente masculino.

Pero Cavendish fue invitada a participar de una reunión, en la que se presentarían los experimentos de Robert Boyle, asistente de Robert Hooke, quien acababa de publicar su libro Microscopia, materia en la que Margaret tenía un amplio conocimiento.

Durante el exilio en París, Margaret adquirió una colección de microscopios y telescopios gigantesca, dos de ellos elaborados por Torricelli. Es decir, tenía acceso y conocía cómo funcionaban estos instrumentos dos décadas antes de esta reunión, donde la microscopia fue expuesta como el método que permitiría conocer, al poder observar la composición interna de los objetos, la naturaleza entera.

Cavendish compartía con Hobbes la idea de que el movimiento es la fuente del conocimiento

Ante esto Cavendish, tuvo naturalmente una posición crítica que había ya expresado en sus Observaciones sobre Filosofía Experimental: «¿Cuál es la más verdadera luz, posición, medio que permitiría presentar a un objeto naturalmente tal como es?».

Le era imposible aceptar que un instrumento por observar con aumento un corte de material en un momento fijo y en condiciones aisladas pudiera dar un conocimiento absoluto e invariable de la naturaleza. Estaba tan comprometida y convencida de los infinitos cambios de la materia que veía en la microscopia más que una verdad definitiva, simplemente un instrumento de investigación, que, como todos, puede darnos un conocimiento limitado de la naturaleza.

Esto es lo que en filosofía posteriormente llamaremos criticismo: la idea de que es imposible un conocimiento objetivo por parte del sujeto, y la propuesta de que, al decir de Kant, solo podemos conocer cómo conocemos.

Contemporáneos de Cavendish, Hobbes (quien, por ejemplo, comparó la bomba de aire de Robert Boyle con las pistolas de juguete que usaban los niños «solo que más cara y sofisticada») y John Locke, también adoptaron una posición crítica ante la microscopia, pero como muestra la investigadora Ema Wilkins, ella fue la única cuyos argumentos fueron desestimados (¿gaslighting?) en la Royal Society, acusándola de contradecir el método experimental, por estar «sacando sus teorías de su propio cerebro fantástico».

Más que un insulto, lo tomaremos como un elogio: el cerebro de Margaret Cavendish es fantástico y con él que dio lugar a una singular filosofía. Como ya ella misma se defendió:

Porque todas las fantasías que hay en mi cerebro yo las imprimiría y con ellas el mundo celebro. No importa si están bien expresadas, mi voluntad está realizada y eso es lo que más place a las damas.

Notas:

[1] El término proviene de la obra de teatro británica Gas Light, escrita por Patrick Hamilton en 1938, la cual tuvo diferentes adaptaciones estadounidenses en el cine. El argumento habla de un hombre
que intenta convencer a su mujer de que está loca, manipulando pequeños objetos de su entorno e insistiendo constantemente en que ella está equivocada o que está padeciendo lagunas de memoria cada vez que ella menciona estos cambios. El término alude a las lámparas de gas —luz de gas (gas light)— que el marido usa en el ático mientras busca el tesoro escondido. La mujer avista dichas luces y él le insiste en que no son más que delirios.

[2] La traducción es nuestra. Original en inglés: «Though I cannot be Henry the Fifth, or Charles the Second; yet, I will endeavour to be, Margaret the First and, though I have neither Power, Time nor Occasion, to be a great Conqueror, like Alexander, or Cesar; yet, rather than not be Mistress of a World, since Fortune and the Fates would give me none, I have made One of my own».

[3] A diferencia de su hermano, Cavendish no tuvo acceso a formación clásica (estudio de griego y latín), pero pareciera comprender bastante bien la etimología de la palabra fantasía.

Proveniente del verbo griego φαίνει (phainei), quiere decir «aparecer», «mostrarse», «hacerse visible», también «brillar» o «resplandecer».

Fuente:

La filosofía fantástica de Margaret Cavendish

antonioguerrero | May 15, 2021 at 9:34 pm | URL: https://wp.me/p5OYFZ-1qda