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KARL MARX, UN “LEGADO” CARENTE DE APLICABILIDAD EN EL ORDEN PRÁCTICO


                              KARL MARX, UN “LEGADO” CARENTE DE APLICABILIDAD
                                                    EN EL ORDEN PRÁCTICO.
                                              Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


Toda contribución debe tener un mínimo de aplicabilidad en el orden práctico,
y esto es justamente lo que le ha faltado al legado teórico de Marx.




Santa Cruz de Tenerife. España.-  En mi reciente escrito titulado Algo más sobre el opio de los pueblos prometí ahondar en la carencia de aplicabilidad en el orden práctico de las doctrinas marxistas, algo que me propongo hacer en este nuevo trabajo que hoy os presento.

En primer lugar, toda la contribución de Karl Marx (1818-1883) es exclusivamente teórica. Se le ha criticado sobremanera, y no sin sobradas razones, por el hecho de no haber salido jamás de su torre de marfil. José Martí (1853-1895), el más grande de los cubanos de todos los tiempos, cuyo pensamiento filosófico merece ser retomado y estudiado como merece, le señaló en el breve escrito que le dedicó por motivo de su muerte, en 1883, que “anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa”, algo que adquiere plenitud de vigencia, aún en nuestros días, en que las multitudes alborotadas pretenden diseminar por el mundo la maléfica influencia de las ideas y tendencias izquierdistas fundamentadas en las doctrinas de Marx.
 
Independientemente de los posibles desaciertos que tiene su teoría de la lucha de clases, que él consideró el “motor de la historia”, aunque dicho motor de manera contradictoria desaparecería a partir de la eliminación de las desigualdades clasistas, el “legado” marxista no puede ser negado en su totalidad de manera absoluta. Hacerlo nos haría tan dogmáticos como los defensores del marxismo, quienes ven en dicha tendencia la máxima expresión del pensamiento filosófico de todos los tiempos, esto es, un antes y un después de Marx, algo que no está precisado, ni siquiera propuesto, en ninguna de las grandes obras dedicadas a la Historia de la Filosofía.
 
¿Acaso el defensor del materialismo dialéctico e histórico está negando en sí sus famosas leyes de la dialéctica, según las cuales, todo avanza a modo de espiral desde formas inferiores hacia formas superiores? Su enunciado de la sociedad comunista presupone el clímax del desarrollo social con la desaparición de la lucha de clases, toda vez que dichas clases se supone que desaparecerán en esta fase, y esto hará que desaparezca ese “motor impulsor” de la historia, con lo que se niega a sí mismo al entrar en la gran encrucijada – para nada dialéctica–  que esto presupone.

¿Es que con su panacea socialista en su fase final, el comunismo, niega entonces ese desarrollo dialéctico del mundo, por cuanto esta fase presupone el fin del desarrollo de las sociedades tras haber alcanzado una perfección absoluta semejante a las grandezas del reino de Dios del tradicionalismo ortodoxo religioso?

El escritor, filósofo y abogado español Mauro Olmeda (1963), autor de importantes obras como La crisis de la investigación el campo de la dialéctica materialista, considera que la enseñanza que presentaron Marx y Engels (1820-1895) tiene su mayor debilidad en el hecho de haberlo hecho “como la expresión acabada de la verdad, válida universalmente en el tiempo y el espacio, sin atender a la exigencia de un desarrollo ulterior”[/i]. Pero va más allá y acusa a la filosofía marxista, por su carácter de ciencia de las ciencias, su universalidad teórica o sistema cerrado y concluso, de la ininteligibilidad de los hechos nuevos, que desconciertan y asombran a una razón esquemática y sintética.
 
Precisemos acerca de esa posible “contribución” que otro investigador de nuestros días, el profesor coreano Jason Barker (1971) lo asume como “contribución duradera” de su enseñanza, y analicemos, además de esta idea de la posible contribución, otro aspecto que tal vez constituye el mayor enigma del escrito que publicara Barker por motivo del bicentenario del autor de El Capital. Me refiero a sus palabras dejadas igualmente como interrogación respecto a “su peligroso y delirante legado filosófico”.

Toda contribución debe tener un mínimo de aplicabilidad en el orden práctico, y esto es justamente lo que le ha faltado al legado teórico de Marx. Yo no estoy negando el posible valor de sus estudios analíticos, los que, estemos o no de acuerdo con su método absolutista, su enfoque materialista – justamente a lo que sus seguidores le ofrecen el mayor mérito–, su estilo demasiado hiriente para con los que se apartan de lo que él considera sea la verdad, entre otros tantos desaciertos, sin duda, contribuyeron al pensamiento contemporáneo; pero hasta aquí, esto es, limitado a lo teórico, a lo especulativo, toda vez que, como ya he afirmado más de una vez, su legado carece de toda posible aplicabilidad en el orden práctico. La serie secuencial de fracasos de todos los experimentos socialistas, inspirados en las doctrinas marxistas, a través de la historia, incluidos los anteriores a la difusión de la enseñanza marxista y como colofón la debacle del campo socialista en el siglo XX, constituyen las mayores pruebas que demuestran la falta de aplicabilidad de todo lo especulado por el contradictorio pensador alemán. 

En la primera mitad del siglo XIX, anterior a la llegada del marxismo, el escritor y reformador social de origen francés Étienne Cabet (1788-1856), alcanzó cierta notoriedad no solo por la publicación de su libro Viaje a Icaria, sino porque su filosofía atrajo a muchos seguidores, los que llegaron a ser conocidos como icarianos, por el nombre del país ideal por el descrito en su texto.  En 1834 tuvo que exiliarse por sus críticas al gobierno francés y se dirigió a Londres, donde abrazó el pensamiento comunista que empezaba a florecer por entonces. Influenciado por las obras de Tomás Moro (1478-1535) y por el movimiento de reforma social, encabezado por el socialista británico Robert Owen (1771-1858), consolidó sus ideas. En 1839 se le permitió regresar a Francia, donde publicó al siguiente año la novela Viaje a Icaria, siguiendo los patrones de Tomás Moro (1478-1535) con su famosa Utopía, y en menor medida de Platón (427-347 a. C.) con La República.

En esta obra Cabet difunde su doctrina basada en la instauración de una sociedad comunista fundamentada en ideales de igualdad, fraternidad y justicia social, en la cual los bienes son socializados y donde la igualdad entre los sexos es casi total, se describe además una sociedad ideal en la que la actividad social y económica es supervisada por un gobierno electo.

El grado de organización de la sociedad descrito por su autor alcanzaba su clímax en la colectivización de los medios de producción y en el establecimiento de bonos de trabajo para adquirir los bienes de consumo, pues el dinero ha desaparecido. La misma ropa para todos, un solo diario oficial y una vida organizada hasta el más mínimo detalle: levantarse a las cinco de la mañana intercalando las actividades con los descansos reglamentarios y fin de la jornada a las ocho de la noche. Esto inspiró a muchos, sobre todo a los de procedencia más humilde. Lo que demuestra que desde los distantes tiempos de los primeros ensayos experimentales por implantar comunidades socialistas ya existía un denominador común: el totalitarismo, amén de la participación de los sectores más humildes – generalmente los menos letrados–, que como se sabe resultan manipulables por su escaso intelecto, hecho que se ha reiterado en la primera mitad del siglo XX en Europa Oriental y la extinta URSS, sin olvidar el engendro denominado socialismo del siglo XXI que alcanzó cierta relevancia en países de América Latina. 

El 1847 Cabet hizo un llamado para construir una Icaria real desde la perspectiva de su Icaria ideal. Salió desde Francia con un grupo de expedicionarios para establecerse en tierras de Texas, junto al río Rojo. Como era de esperar su proyecto fracasó y los colonos volvieron a establecer la propiedad privada, de igual forma que en el pasado siglo XX, parte de un continente supo poner fin al paraíso ideal, devenido en sistema totalitarista, y restableció la privatización y un nuevo orden basado en principios democráticos y de justicia.

Retomando el asunto del legado marxista y su posible contribución precisemos que, si vamos a referirnos a una “contribución duradera”, hemos de limitarnos conceptualmente a una contribución totalmente teórica carente de sentido en el orden práctico, y esto no dejaría lugar para las disparatadas concepciones actuales acerca de una vigencia del marxismo y de toda posible aplicabilidad de la enseñanza marxista a los contextos sociales actuales. Dicho de otro modo, las grandes mayorías – que no necesariamente son siempre los desposeídos, iletrados y carentes de la capacidad de toma de decisiones por sí mismos–  rechazan el socialismo marxista. La divulgación de la dura realidad de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de los países que integraron el bloque comunista de Europa Oriental ha sido decisivo para que el resto del mundo asuma su responsabilidad de impedir cualquier posible retorno de regímenes totalitarios, cuyos líderes supremos dijeron que eran socialistas según los cánones marxistas, pero demasiado distantes de esa igualdad social a partir de la supresión de las diferencias de clases, esto es, según la propuesta de Marx en sus obras.

La situación puntual del acontecer de América Latina tiene sus peculiaridades, y tal vez lo abordemos en otro momento para no apartarnos demasiado de la idea eje del asunto de este análisis en relación con esa “contribución duradera” que hemos tomado como referente.

El no definitivo al socialismo presupone la negación del legado marxista,
y por lo tanto, de la extinción de esa contribución social del legado
del fundador del materialismo histórico.


Tratemos ahora, aunque de modo más resumido y siempre con el pretexto de volver a retomar la idea más tarde, el tema del “peligroso y delirante legado filosófico” de Marx, según las palabras del profesor coreano.

La mayoría de los defensores de los conceptos de José Martí contra el socialismo han centralizado toda su atención en su aguda crítica a partir de su comentario al ensayo La esclavitud futura del antropólogo inglés Herbert Spencer (1820-1903); pero muy pocos se han detenido a analizar la valoración que el autor de Versos Libres hizo del legado de Marx. En este sentido, si se conoce y se utiliza la idea de manera general acerca de que Martí se refirió a Marx, a quien elogió en cierta medida, lo respetó en todo momento, pero le señaló su lado débil no solo con la célebre frase suya acerca de que Marx “anduvo de prisa, y un tanto en la sombra”…. , con lo que se aproxima a la moderna idea del joven filósofo español Roberto Augusto (1978) acerca de que “los filósofos deben salir de la torre de marfil e intentar responder a los retos de nuestro tiempo”; sino a través de un concepto expresado en el citado escrito que dedicó a quien llamó el pensador más poderoso del mundo del trabajo, por motivo de su muerte ocurrida en 1883. 

En ese sentido José Martí precisó: “Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante”.

El Apóstol cubano con su sentido visionario y aquella agudeza crítica que lo caracterizó fue capaz de prever lo que representaría el socialismo, y lo hizo al analizar las bases teóricas de las doctrinas marxistas, que si las conocía, aunque algunos pretendan decir lo contrario. Que no fue un estudioso profundo de la obra de Marx, es cierto, pero esto no supone que ignorara su enseñanza. Martí fue exacto con sus sentencias acerca de que “no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño”, así como: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros”.

Y es que Marx incita al odio entre los hombres, al enfrentamiento entre unos y otros, al derrocamiento de una clase por la fuerza arremetedora de otra, lo que percibió José Martí, quien tuvo palabras de elogio, y lo respetó: “no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien”, pero también le señaló con agudeza crítica su lado débil, esto es, el haber andado siempre en la sombra, como ya comenté antes, amén de haber hecho una propuesta demasiado violenta, algo que resulta patente en las siguientes palabras expresadas de su Manifest der Kommunistischen Partei:

“Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace, pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas. Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios”.

Lo que nos permite reafirmar la idea de la ausencia de sentido práctico de las doctrinas marxistas, toda vez que no es posible admitir como legado aplicable a las sociedades el hecho de incitar a la violencia mediante la toma de las armas, aún cuando considere que la causa de los posibles males de los trabajadores sea la supuesta clase dominante. Al final, y con la experiencia de más de un siglo de enfrentamientos entre los bandos de la izquierda y la derecha, la diferencia de clases jamás ha desaparecido, y lejos de desaparecer, en ciertas regiones y contextos se han hecho mucho más patentes en los últimos tiempos.

La burguesía no ha muerto a partir de las armas empuñadas por los proletarios – que siempre han seguido siendo proletarios y a un considerable grupo muy poco le interesa el asunto “vaticinado” por Marx–. La gente necesita y quiere tener lo suyo. A pesar de todos los intentos por expropiar a los empresarios de sus bienes – denominador común de los regímenes socialistas totalitarios– las nacionalizaciones jamás han tenido éxito, y a pesar de que algunas naciones se sigan autoproclamando socialistas, sin serlo en realidad, ante el deterioro indetenible de sus economías sus gobiernos se han visto obligados a readmitir las empresas e industrias privadas para sobrevivir en medio del caos.

Y así las cosas, y a pesar de todas las evidencias en su contra, algunos se empeñan en seguir afirmando que el movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos representa el clímax del pensamiento filosófico, amén de que su “legado” es el mayor aporte al presente y al futuro de la humanidad.

Nada más distante de la realidad, toda vez que su propuesta se desvanece cada vez más en el olvido y el propio devenir histórico se encarga de sepultar sus disparatadas concepciones.