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Abril 04, 2015, 01:35:06 am por Dr. Alberto Roteta Dorado en Temas sociales y políticos.

                     El temor de la intelectualidad cubana <dentro de la revolución>.

                  Por: Dr. Alberto Roteta Dorado. Quito. Ecuador. 4/4/2015.

En artículo reciente, retomé ideas del discurso del Dr. F. Castro, conocido como Palabras a los intelectuales para tratar el tema del olvido de algunas glorias de la música cubana. La concepción acerca de que “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, y las consecuencias derivadas de esto, es lo que ha pasado a la posteridad, pero el ambiente de incertidumbre, inseguridad y temor, de aquellas históricas reuniones del mandatario con la intelectualidad no se refleja en dicha frase. El propio líder declaró: “Había ciertos miedos en el ambiente, y algunos compañeros han expresado esos temores” (…) “El temor que aquí ha inquietado es si la Revolución va a sofocar el espíritu creador de los escritores y de los artistas”.

¿Por qué miedos y temores de la intelectualidad ante la naciente revolución, que se suponía traería cambios <para todos y para el bien de todos>? Ya lo había percibido prematuramente el dramaturgo Virgilio Piñera cuando expresó que sentía mucho temor. Lo que fue intuitivo, luego lo comprendió al quedar en el silencio y olvidado, porque la revolución de su país prefirió las mediocridades de aquellos que reflejaban las transformaciones revolucionarias y no el talento del autor de “Aire Frío”.

En etapas tempranas del proceso revolucionario el líder comunista hizo referencia despectivamente  a <artistas mercenarios> y les invitó a marcharse. Lo que resulta contradictorio – como lo es todo su discurso- por cuanto, en otra parte expresa:
“La Revolución tiene que comprender esa realidad, y por lo tanto debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear; y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse”.

Pero al instante declara que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada,  lo que significa que todo aquel que no coopere con su obra artística con la revolución, no será aceptado y todo el que se pronuncie en su creación artística contra los principios de la revolución, será rechazado. Entonces los que no sean genuinamente revolucionarios, según las palabras del mandatario: ¿tendrán o no un espacio para su trabajo creacional y una posibilidad para expresar de forma libre su talento? Lo ocurrido a través de medio siglo de dictadura y de socialismo impuesto demuestra que solo hubo espacio para aquellos que estaban <dentro de la revolución>,  los que no eran <genuinamente revolucionarios> fueron marginados, sepultados, obligados a guardar silencio. La depresión, frustración, ansias de libertad y el soportar el peso de la enajenación, condujo a muchos a adoptar posturas de autoaislamiento, otros siguieron las recomendaciones del señor comandante y se exiliaron, otros, lamentablemente, decidieron mostrar solo una de su dos caras y aceptar y colaborar  <dentro de la revolución> para tenerlo <todo>.

Las transformaciones de los años iniciales en el terreno cultural pudieran parecer sorprendentes, si se tiene en cuenta la creación de varias instituciones. La formación de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Teatro Lírico, la reorganización del Ballet Alicia Alonso, la compañía de Danza Moderna, la estructuración del Teatro Nacional, la creación de un movimiento coral, la fundación de la Imprenta Nacional, devenida en Instituto del Libro y del ICAIC,  son muestras de lo que no podemos negar, aun cuando no estemos al lado del régimen. Pero lo que se hizo en pos del bien, resulta paradójico, cuando se le dan orientaciones y  trazan pautas y normas que  frenan la libertad creacional y la razón de ser de dichas instituciones. Téngase presente que todas responden al mandato del único partido y son vehículos para la difusión de las ideas consideradas <dentro de la revolución>.

Es algo maravilloso que se organice una Imprenta Nacional y se hagan tiradas del Quijote, pero resulta imperdonable que durante más de medio siglo los cubanos no encuentren obras de Aristóteles, Platón, Hegel, Balmes, Krause, por el hecho de ser idealistas y en contrapartida se les imponga una colección de las obras completas de Lenin, en ediciones de lujo, traídas desde la desaparecida URSS, o que se mantuviera en silencio la obra de Lezama, Piñera, Medardo Vitier o Mañach y a cambio se publicara todo lo realizado por Guillén, el poeta de la revolución que dedicó sendos poemas al Che, o por Carpentier, declarado comunista, aunque viviendo en París parte de su vida. No pongo en duda la calidad de estos pilares de la literatura cubana, la poesía de amor del primero, está dentro de lo más trascendental de las letras hispanas del pasado siglo y las novelas del segundo lo sitúan en los planos más elevados de la literatura universal. Solo se trata de actuar con justicia y de poder disponer de las obras de los ocultados,  al lado de las de los servidores de la revolución. Recordemos que Dulce María Loynaz tuvo que esperar a que el mundo le rindiera honores con su premio Cervantes para que su patria  la sacara del misterio que la envolvió por casi medio siglo. Aún estamos esperando por las obras de Guillermo Cabrera, ganador del Cervantes, como Carpentier y la Loynaz, y tan cubano como ellos, pero aún desconocido en Cuba, o las de Leonardo Padura, más editado en el exterior que en su patria, cuyo delito ha sido mostrarse abiertamente crítico con los sucesos de la sociedad cubana como consecuencia del régimen comunista y declarar que: <el pueblo que por temor a cambios soporta una tiranía las merece todas>. Dejemos para otra ocasión lo que se ha derrochado editando las obras del Che Guevara, Fidel Castro, los testimonios de altos militares y más reciente la ridícula y anticuada poesía - si es que hay que llamarle de este modo- de uno de los cinco, ninguno de ellos escritores, ni pensadores, pero si <dentro de la revolución>.

La célebre frase de las <Palabras a los intelectuales> es una evocación a la idea del principal ideólogo del fascismo, Benito Mussolini: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el estado”, llevada al terreno de la  intelectualidad. El fin de la dictadura y consiguiente instauración de una democracia, pondrá fin a las prohibiciones de la creación  para que todos los artistas puedan expresar sus ideas, dentro o fuera de la futura revolución.



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