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LA SUBLIMIDAD Vs. IGUALITARISMO “DEMOCRÁTICO”.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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LA SUBLIMIDAD Vs. IGUALITARISMO “DEMOCRÁTICO”.
« en: Junio 11, 2017, 02:53:25 pm »
                             LA SUBLIMIDAD Vs. IGUALITARISMO “DEMOCRÁTICO”.
                                                    Dr. Alberto Roteta Dorado.


Naples. Estados Unidos.- Se acepta como definición del término sublime aquello que es excelente, admirable, lo más elevado en su género. Cuando se conjuga y se convierte en sublimar entonces se está haciendo referencia a la idea de engrandecer y de exaltar, por ejemplo: los grandes filósofos del pasado han sido sublimados en ciertos estudios del presente que han tenido en cuenta sus grandes aportes al pensamiento del presente, esto es, han sido exaltados o destacados teniendo en cuenta su grandeza, o sea, el hecho de que fueran sublimes. 

Sin embargo, el Diccionario Espasa-Calpe de la lengua española, en su acepción como definición psicológica ofrece el siguiente concepto: “transformar ciertos instintos o sentimientos inferiores o primarios en una actividad moral, intelectual y socialmente aceptada”, lo que equivale a decir, sublimar los instintos, y es justo en este sentido que se le puede utilizar en el terreno de lo filosófico, toda vez que la filosofía dentro de su amplio espectro incluye numerosas enseñanzas que con frecuencia solo son reconocidas en las esferas de lo literario, lo artístico de manera general y hasta de lo psicológico. 

En este sentido lo sublime es pues aquello que más allá de lo común, distingue ciertas cosas que a menudo se relacionan con el arte; pero que sabemos va más allá de lo artístico, por cuanto, podemos hablar de sublimidad en la ciencia, en la historia, en la filosofía, en la economía y en cualquier aspecto del desempeño de los hombres siempre que se cumpla con el requisito indispensable de sublimar, de elevar, engrandecer.

¿Pero sabrán en sí las multitudes, esas que permanecen en estados de enajenación intelectual y de apatía científica y filosófica, a que nos referimos cuando hacemos mención a lo sublime?

Si consideramos el desconocimiento que de manera general se tiene de las grandes obras maestras de la literatura universal, de la pintura, la escultura, la música, la arquitectura, y hasta del cine— medio que les resulta ser un tanto más familiar — será fácil inferir que no es posible que se tenga una visión ni siquiera elemental acerca de todo aquello que cae dentro de los límites de la sublimidad. Este desconocimiento impide que se tenga una sensopercepción de aquello que creemos sea de naturaleza sublime.

Los grandes artistas y escritores mientras están inmersos en su trabajo creacional al parecer establecen una conexión con algo más allá de lo explicable por las ciencias biológicas y biomédicas desde el punto de vista de lo material, y de la psicología, desde el punto de vista emotivo. Esto les ha permitido crear con una condición en la que sus instintos y emociones se transmutan en sentimientos de una naturaleza superior. Quizás se trate de ese lazo con lo divino que todos tenemos, pero que en los verdaderos creadores puede pasar de los estados de latencia a verdaderos actos consumados a través de los cuales se llega a alcanzar ciertos estados que llamamos de sublimidad.
   
El destacado escritor y ensayista español Javier Gomá Lanzón se ha cuestionado si podemos sentir, pensar y representar lo sublime en la actual época de la cultura, y se respondió a sí mismo afirmando que: “vivimos una hora en la que la simple mención de lo sublime suscita en la mayoría un mohín de escepticismo, cuando no una palabra de sarcasmo. El cinismo ambiente ha desterrado del mundo contemporáneo la mera conjetura de lo grandioso, pues así precisamente se define lo sublime: como lo grande, eminente, excelso, de elevación extraordinaria”; pero de manera especial fue capaz de llegar a la esencia del misterio de ese distanciamiento de la virtud de lo sublime al afirmar que en la actual etapa de la cultura, a la que llamó desertora del ideal: “habría quedado inhabilitada para tan subido sentimiento porque el igualitarismo democrático impone una nivelación general que lo excluye”, lo que está en correspondencia con la idea que desde un tiempo a acá he venido defendiendo en relación con la imposibilidad de establecer una filosofía para las multitudes; por cuanto, la filosofía está impregnada por eso que llamamos sublime y que como bien afirma el autor de la Tetralogía de la ejemplaridad, es lo referente a la excelsitud y lo grandioso, como lo es la filosofía para que pueda ser filosofía propiamente dicha, y no simples pensamientos fruto de la especulación, independientemente de que puedan ser lógicos y coherentes.

Si falta esa sublimidad de lo excelso que nos conduce a los reinos de la espiritualidad, y de lo grandioso que nos traslada a otras dimensiones, a las de la sabiduría, en la que nuestra diminuta conciencia se puede fundir con la conciencia divina y desentrañar los grandes enigmas que en torno a la naturaleza humana se disipan, entonces no se trata de aquello que vagamente definimos como el pensamiento filosófico.
 
Es justamente en esta etapa de la cultura en que nos encontramos, en la que la sublimidad se ha disipado ante la mediocridad establecida como consecuencia de aquel disparatado concepto de aplicar la idea de la igualdad en todos los ámbitos — lo que las ¿democracias? han tratado de acentuar confundiendo los términos de la equidad e igualdad de derechos mediante la justicia social con la igualdad de todos como entidades en el contexto de sociedades que jamás dejaron de ser desiguales — y ha dañado sobremanera el desarrollo gradual del pensamiento, el que tiene necesariamente que ser de naturaleza sublime, y por lo tanto para una exigua minoría capaz de llegar a ciertos estados de exaltación ideales para el acto de la creación literaria y artística, o de plenitud intelectual para el desarrollo del pensamiento verdaderamente especulativo con el que logramos filosofar.

Esa nivelación a la que ha hecho referencia Gomá Lanzón en su escrito  La búsqueda de lo sublime en tiempos de escepticismo e igualdad se difumina, ha traído como consecuencia que la percepción que permite la valoración de lo ideal, lo verdadero y lo perecedero,  sea a un nivel muy elemental donde no está presente aquello que despierta los aspectos que en lo emotivo son transmutados a niveles superiores que nos conducen al desarrollo de la sublimidad. No puede establecerse un arte para todos, una literatura para las masas, una filosofía para las multitudes, por cuanto, las “masas” seguirán siendo “masas”, y continuarán reaccionando a niveles elementales en los que predominan los sentimientos de naturaleza emotiva y no precisamente los de naturaleza intelectual y mucho menos intuitiva.
 
Justo de entre las multitudes podrán elevarse algunos — generalmente muy pocos —que dejando atrás toda idea de nivelación, igualitarismo y equidad desarrollarán a plenitud sus capacidades, hasta entonces latentes, y destacarse en medio de la masividad, de ahí la existencia de líderes políticos, reformadores sociales y teóricos de las sociedades, los que ejercen su influencia sobre las masas, las que se mueven en torno a la figura del líder, más que por sus convicciones, las que por carecer de ese sentido de sublimidad que ocupa el centro de esta reflexión, suelen ser vagas, pocos definidas e inexactas, de ahí las concepciones que se tiene acerca de la posible manipulación de las multitudes, algo que utilizan no solo los políticos y líderes sociales en su afán de llegar al poder o mantenerse en él, sino hasta por los líderes religiosos de ciertas sectas y denominaciones que apartados del noble camino de los verdaderos redentores-fundadores de las grandes religiones del mundo los utilizan para su interés personal.
 
Pero en las sociedades en las que se ha pretendido llevar ese concepto de igualitarismo a grados extremos se borran los sentimientos superiores y la idea de lo ideal, —y lo sublime es una forma de ideal—, de ahí que una sociedad sin ideal, según los conceptos del citado escritor español “está condenada fatalmente a no progresar, a repetirse y a la postre a retroceder”, y aunque nos dice además que nada prueba la incompatibilidad esencial entre la democracia y un ideal sublime, tampoco — le respondo yo — nada puede demostrar la idea de una asociación coherente y lógica entre las democracias, si es que realmente son democracias en sí, y aquel ideal de sublimidad que nos hace diferentes y destacarnos por encima de los muchos.