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Conocimiento real y el pseudoconocimiento. ¿Cómo distinguirlos?

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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                            Conocimiento real y el pseudoconocimiento. ¿Cómo distinguirlos?
                                                         Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


                                       

Naples. Estados Unidos.- ¿Cómo podemos saber si el conocimiento que llega a nosotros es verdadero, original o primigenio, o sencillamente es una falsedad que algunos de manera inescrupulosa nos presentan de manera tergiversada y simplificada?

Mientras solo dispongamos del desarrollo de la mente como principio no tendremos la certeza de la autenticidad del conocimiento que recibimos. El desarrollo de la intuición creadora, el sexto de los principios humanos según la constitución septenaria del hombre, conocido en el esoterismo oriental como buddhi, es decir, la facultad que está por encima de la mente razonadora, y es la razón pura, que ejerce la discernidora facultad de la intuición, de discernimiento espiritual, y en última instancia, el alcance de la espiritualidad real a través de la expresión del principio átmico o espiritual propiamente dicho, esto es, el séptimo de los principios del hombre, nos permitirán percibir – algo que va más allá de la comprensión teórica- la autenticidad de lo estudiado.
 
Cuestionarnos si lo que estudiamos es cierto o no, o si procede de fuentes genuinas verdaderamente confiables, sin duda, tiene un efecto benéfico, y lejos de crear conflictos en los círculos de intelectuales, asociaciones y sociedades en las que se estudian y debaten temas de naturaleza espiritual, resulta ser útil, por cuanto, la duda genera interrogantes que pueden conducirnos a nuevas especulaciones, de ahí la sentencia: el beneficio de la duda.
   
Dudar de lo que otros han dicho nos hace ser reflexivos y nos forma bajo la óptica del libre pensar, ese que no admite moldes y cánones, ni ideas preestablecidas como autoridad. Lamentablemente las palabras de ciertos estudiosos, escritores, comentaristas y líderes se toman como referencia, con lo que se convierten en autoridades. Nadie tiene la verdad en sí, aunque todos tenemos parte de esa verdad, aquella que podrá hacernos libres en mente y espíritu.
 
En nuestros días aparecen cada vez más líderes espiritualistas y representantes de “maestros” e “iniciados”, y otros que se autoproclaman maestros y mensajeros de lo divino, pero en realidad la mayoría de las veces resultan ser unos farsantes que divagan entre el acérrimo fanatismo, la histeria y la locura.

En el pasado hubo seres que se destacaron sobremanera por su grado de desenvolvimiento espiritual. Los ejemplos de Cristo y del Buda resultan ser los más universales dada la ejemplaridad de sus vidas y la genialidad de sus enseñanzas, lo que los hace verdaderos paradigmas de hombres perfectos, a tal punto de ser considerados dioses, poseedores de la sabiduría divina y de la verdad absoluta.

No obstante, hemos de reconocer la grandeza de otros que sin llegar a la excelsitud de estos dos seres, sin duda, también alcanzaron ciertos estados de conciencia que nos hacen aceptar sus enseñanzas como verdaderas.

La humildad es algo que distingue a todos aquellos que al parecer llegaron a estar autorealizados, esto es, que alcanzaron el mundo del espíritu, el nirvana, el paranishpana, o como quiera que se le llame. El no presentarse ante los hombres como iniciados en los misterios es otro elemento que resulta común entre los grandes seres que desde su nivel de plenitud espiritual y de conciencia autorealizada continúan auxiliando a los hombres y guiando a la humanidad en su evolución espiritual.
 
Los pasajes bíblicos en los que Jesucristo – de acuerdo a lo narrado por los evangelistas- dice ser el Hijo de Dios, el camino, la verdad y la vida, o que nadie va al padre sino es a través de él, tal vez puedan resultar contradictorios con esta idea, pero si analizamos el contexto histórico en el que Jesús desarrolló su ministerio se llegará a comprender la necesidad de sus palabras – suponiendo que en realidad las pronunciara él y no se tratara de una hiperexaltación de su figura por parte de sus discípulos directos, los que contaron, cada cual a su manera solo algunos aspectos de la vida del Redentor (beneficio de la duda)-, como prueba de su divinidad.

De cualquier modo no estamos en los tiempos de Jesús, el Buda, Sankara, Patanjali, Heráclito o Platón, y lo cierto es que continuamente se corre el peligro de que seres inescrupulosos nos presenten y ofrezcan un conocimiento cuya autenticidad resulta dudosa. Es necesario remitirnos a las fuentes originales, o al menos, a lo más cercano de la originalidad.
 
La lectura y la meditación reflexiva de las enseñanzas de los más importantes filósofos y místicos, quienes que a través del tiempo han contribuido a desarrollar el conocimiento del cual se sustenta el cultivo del intelecto del hombre, es determinante para poder distinguir entre lo real y lo falso. 
Dejemos a un lado aquellos libros que abordan en sus contenidos temas espirituales que se han convertido en best seller. El conocimiento genuino nunca se hace popular como para que sea adquirido por las multitudes ignorantes, esas a las que se refirió Heráclito como incapaces para percibir la palabra del Logos. No hay metafísica al alcance de todos, como ha pretendido vender una “escritora” que de modo simplón maneja el pensamiento de sus lectores. Basta de utilizar como pretexto para su enriquecimiento personal algunas enseñanzas del lejano oriente matizadas de ciertos aires de exotismo, y presentarlas como recomendaciones fabuladas para entretenimiento de las masas.

La sabiduría recóndita que ha permanecido bien resguardada a través de las edades no admite cursillos, catequesis, cursos básicos, o lecciones a distancia de manera virtual. Solo llega a una exigua minoría que la descubre tras un largo peregrinar vida tras vida.
 
“Cada uno a su oficio”, o se es sabio, erudito, místico y líder espiritual verdadero, o se es estudiante serio de estos temas, de lo contrario empecemos por cultivarnos sin grandes pretensiones y mantengámonos al margen de la excelsitud de lo incomprensible hasta tanto estemos preparados para percibir lo que más allá de la palabra se nos quiere enseñar.