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CADA UNO A SU OFICIO.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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CADA UNO A SU OFICIO.
« en: Mayo 12, 2020, 12:10:56 pm »
                                         CADA UNO A SU OFICIO.
                                          Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


Santa Cruz de Tenerife. España.- He querido comentar desde hace un tiempo algunas cosas que llaman sobremanera mi atención. No sé si a mis lectores – que cada día descubro que los tengo, aunque no suelen comentar ni dar muchos like ¿?–* les sucederá igual; pero de cualquier modo lo quiero compartir con ustedes, aceptando siempre con gusto cualquier opinión en este sentido, siempre que sea edificante, que pueda contribuir a enriquecer lo que expongo, y por encima de todo, que se aleje de la polémica estéril y carente de sentido.
 
El más extraordinario de los cubanos, que es José Martí sin duda alguna, y no otros personajes que, por desgracia también forman parte de la historia de Cuba, utilizó en el primer número de su revista para niños y adolescentes, “La edad de oro”, un poema del filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson. Me refiero a “Cada uno a su oficio”, que Martí sabiamente traduce del inglés y lo califica de fábula. El personaje de la ardilla expresa: “Difieren los talentos a las veces, Ni yo llevo los bosques a la espalda, Ni usted puede, señora, cascar nueces”, refiriéndose a la montaña, el otro de los personajes; de ahí el sugerente título de “Cada uno a su oficio”, amén de la enseñanza martiana – asumida de la filosofía trascendentalista de Emerson de la que Martí recibió una gran influencia– respecto a que cada cual en lo suyo.

Y este es el punto al que quiero llegar: cada quien en lo suyo. Trate de limitarse a unas pocas cosas, perfecciónelas, y trate de hacerlas lo mejor posible y triunfará en lo elegido por usted. Quien pretenda abarcar demasiado, o asumir aquello para lo que no está preparado o carece de habilidades fracasará. Como es lógico, para alcanzar un objetivo se requiere siempre un esfuerzo. Para que la ardilla de la fábula, aparentemente infantil, desarrollara la capacidad de cascar nueces tuvo que aprenderlo.

         


Martí tradujo del inglés el poema simbólico del filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson y lo publica en el primer número de su revista La edad de oro.

La necesidad de supervivencia en medio de la adversidad nos edifica siempre que seamos capaces de crecer mediante el esfuerzo, y esto es una ley inviolable de la naturaleza. El biólogo inglés Charles Darwin, independientemente de que podamos o no estar de acuerdo con todos los puntos de sus hipótesis de la teoría de la evolución, insistió en esa capacidad adaptativa de todas las especies. Aquellos que se adaptaron sobrevivieron, los que no, perecieron. Y esa adaptación supuso un extraordinario esfuerzo.

Cuando ejercía el magisterio enseñaba a mis alumnos el difícil y complicado tema del “Crecimiento y desarrollo del niño”, y siempre ponía el ejemplo del tiempo necesario que tenía que pasar para que un pequeño niño fuera capaz de realizar lo que técnicamente se le llama pinza digital, esto es, lograr acercar y unir los dedos índice y pulgar de ambas manos, lo que denota el grado de especialización y de madurez que se va alcanzando, no solo desde el punto de vista del desarrollo muscular, sino de la necesaria coordinación entre el sistema nervioso y el resto del organismo; con lo que además les dejaba el mensaje de la necesidad de un tiempo requerido para todo en la vida.

Pero sucede que, violando las leyes de la naturaleza, el destino, el karma, o como se le quiera decir, el hombre anda demasiado de prisa y el afán por querer ser reconocido y admirado, cual derroche de un egocentrismo sinigual, hace que sin esfuerzo alguno, sin aprender primero la lección, y luego tratar de perfeccionarla, se lanza a asumir cualquier objetivo que se trace.

Es justamente aquí, cuando en medio de su ignorancia y sin ser consciente de lo que hace, intenta destacarse, aunque carezca del don de la escritura, de la palabra, de la acción, de la sanación, entre otros tantos de los dones que, según las Sagradas Escrituras del Cristianismo, nos lo ofrece el Espíritu Santo, el misterioso elemento de la Trinidad Santa, del que ya muy poco se dice y menos se comprende.

Dejemos a un lado tanta teoría – algo de lo que en lo personal jamás puedo separarme toda vez que soy un teórico sin tener muchas veces idea del sentido práctico de la vida– y pongamos algunos ejemplos en este sentido.

El periodismo es una profesión, y como tal debe respetarse. Los periodistas deben cursar estudios superiores y graduarse de dicha carrera para ejercer con honor algo tan necesario en la vida: estar informados del acontecer del mundo. Si no se estudió la carrera de periodismo propiamente dicha, al menos los profesionales de la noticia deben haber concluido alguna especialidad afín a este perfil. De ahí que sociólogos, filósofos, literatos, etc. muchas veces ejerzan el arte de ofrecer la información, y lo hagan con la profesionalidad requerida.

Recordemos que nuestro José Martí no se graduó de periodismo, sino de Filosofía y Letras y de Derecho Civil y Canónico en España, lo que le permitió ejercer con dignidad más que regia el periodismo; independientemente de su genialidad, su cultura y su erudición enciclopédica, con lo que podía disertar de múltiples temas haciendo gala de un conocimiento inigualable, amén de ese don innato que luego perfeccionó: el de la palabra tanto oral como escrita. Consúltese sus grandes discursos y su infinidad de trabajos periodísticos.

               


José Martí ejerció el periodismo, logrando un nivel tan alto que fue publicado en más de veinte diarios y revistas de su tiempo. Sus crónicas y reportes son dignas de aparecer en cualquier recopilación ejemplar que sobre materia periodística se haga.

No obstante, Martí y un grupo de intelectuales son la excepción de la regla. Actualmente se anuncia como periodistas, artistas, escritores y políticos a cada personaje que, lejos de enriquecer y engrandecer estas profesiones, las ponen en ridículo. Es hora de llamar a determinados “periodistas” reporteros, activistas, promotores, facilitadores de la noticia, etc., pero no periodistas porque sencillamente no lo son, y en honor a la profesión, que cuando se asume con responsabilidad y dignidad se convierte en un arte, no se les deberá incluir en la misma categoría que tuvo nuestro Martí, y otros que en el presente hacen del periodismo una ética de vida.

¿Dónde estudiaron periodismo? ¿Qué tiempo cursaron estudios superiores? ¿De qué centro de altos estudios proceden sus títulos? Respetemos la profesión que con honor supo ejercer el más genuino de los cubanos, quien fuera publicado en su tiempo en una veintena de diarios, revistas y boletines, y que según Pedro Henríquez Ureña logró un “periodismo elevado a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, y probablemente en ningún otro idioma”.

También en estos tiempos de tantos improvisados y autodidactas aparece cada día un nuevo “político” y un nuevo “artista”. Político no es cualquier tonto al que solo le interesa sobresalir utilizando como herramientas la polémica, la ironía y el sarcasmo para sus fines – que no siempre son buenos, aunque lo parezca– ante su incapacidad de unir intereses comunes en pos de una causa justa, como también lo hiciera nuestro Apóstol José Martí al unificar a los exiliados cubanos al final del siglo XIX, algo que hizo con decoro, con decencia, con sabiduría, y sobre todas las cosas, con inteligencia, algo de lo que carecen los improvisados que cada día aparecen por doquier haciendo un derroche de ignorancia y vulgaridad, y manipulando el escaso pensamiento de aquellos que luego los admiran como héroes y los veneran como semidioses. 

Cuando el colosal hombre continental y visionario sinigual expresó: “Edúquese lo superior del hombre, para que pueda, con ojos de más luz, entrar en el consuelo, adelantar en el misterio, explorar en la excelsitud del orbe espiritual”, se refirió, sin duda, a la necesidad de que el hombre fuera capaz de cultivar su inteligencia, de entrenar su intelecto, de encaminarse hacia una búsqueda consciente de su verdadera esencia; y esto, al parecer lo están ignorando algunos que se atreven a incursionar en el arte y oficio de las letras, cuando en realidad son charlatanes de cuarta categoría, a los que, por desgracia, se les llama periodistas y escritores.
 
Artista no es cualquier estúpido que se enreda una bandera en su cuerpo** y sale por las calles para llamar la atención de los acéfalos que lo siguen, como tampoco es quien irresponsablemente se burla de la imagen del colosal hombre de Dos Ríos al verter pintura, excrementos humanos, o cualquier otra inmundicia sobre las múltiples esculturas que evocan su imagen. Tampoco lo son los raperos, reparteros y reguetoneros, que siendo prácticamente analfabetos se imponen en el mercado de los discos, los vídeos, y los llamados “conciertos”, independientemente a su posible orientación política, lo que a menudo es utilizado conscientemente para garantizar un inmerecido “triunfo”. 

El respeto a las honorables profesiones antes mencionadas se debe siempre considerar por encima de cualquier orientación política y tendencia ideológica; algo que debe ser válido para los supuestos artistas y periodistas que permanecen en la isla y también para los de la diáspora, así como para los que comulgan con el régimen de La Habana y para los que determinaron ser opositores.

El talento es el talento, la instrucción es la instrucción, la cultura es la cultura, y esto debe ser valorado siempre para no hacer el ridículo y provocar la risa de unos, las críticas de otros, y también, lamentablemente, la admiración de los que se dejan llevar por la emoción irreflexiva más que por el pensamiento edificante.

No más “directas”*** ni "videítos" con palabras obscenas, vulgaridades, trivialidades, superficialidades e incoherencias. Basta de confundir el arte genuino con el oportunismo barato que irremediablemente conduce a la decadencia y a la indecencia, cual reflejo de sociedades destruidas no solo desde el punto de vista económico, sino degradadas en lo social, lo ético y lo moral.
 
En fin: “cada uno a su oficio” y recordemos siempre la enseñanza de que la montaña jamás podrá cascar nueces, como tampoco la ardilla podrá soportar el peso de los bosques en sus espaldas como puede lograrlo la montaña.

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*Poner los signos de interrogación sin formular realmente una pregunta no debe hacerse. No obstante, con frecuencia se utiliza para dejar entrever una duda, en este caso por qué a pesar de que muchas veces de manera privada me dicen estar al tanto de lo que escribo y hasta me hacen comentarios, no lo hacen directamente en las llamadas redes o en los sitios donde originalmente se publican los escritos.
 
**La mediocridad de muchos hace que acudan a los llamados performance, modalidad que cuando es asumida por verdaderos artistas constituye todo un espectáculo de vanguardia en el que se combinan diversos elementos de las  artes (música, danza, teatro y artes plásticas); pero que al ser presentado por quienes no son verdaderos artistas solo desacreditan lo que muchos en el mundo utilizan como forma expresiva para reflejar y describir la realidad circundante, o su mundo interior.

***Todo parece indicar que el término directa puede proceder del hecho que quienes lo utilizan están transmitiendo en vivo, o sea, al momento, o directamente. No obstante, suena demasiado vulgar, sobre todo cuando lo asocias a los que hacen las “directas”, muchas veces entre palabrotas, errores de dicción, vulgaridades, amén de los comentarios carentes de valores de todo tipo. Cada uno a su oficio, y las redes están dando la posibilidad a muchos que, careciendo de conocimientos, de instrucción y de educación, “lancen” sus “directas”.