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MIGUEL DÍAZ-CANEL, UN HOMBRE DETENIDO EN EL TIEMPO –II–

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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MIGUEL DÍAZ-CANEL, UN HOMBRE DETENIDO EN EL TIEMPO –II–
« en: Agosto 03, 2019, 09:02:40 am »
                     ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                       MIGUEL DÍAZ-CANEL, UN HOMBRE DETENIDO EN EL TIEMPO –II–
                      Por el Doctor Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España


               


¿Identificación de “asuntos apremiantes” por parte de las comisiones de la Asamblea? Tareas que deben ser y que no deben ser del presidente. La generación histórica: ¿una vez más?
 
Luego continua explicando que se han difundido en los medios de difusión oficialistas los debates de las comisiones, en cuyos resúmenes, según el, “se aprecia una clara identificación de los asuntos más apremiantes”. Ahora nos corresponde cuestionarnos: ¿qué son los asuntos más apremiantes?  ¿Experimentarán en carne propia los miembros del Parlamento, y de manera general los dirigentes cubanos, los verdaderos asuntos apremiantes de la población cubana, esto es, de los cubanos “de a pie”?
 
Una cosa es conocer la existencia de las grandes carencias materiales, las enormes frustraciones de todo tipo, las insatisfacciones, etc., y otra bien diferente es pasar por la terrible experiencia de la carencia, la frustración y la insatisfacción, y la cúpula servil castrista lo conoce teóricamente, sin duda, pero no ha pasado por la experiencia, por cuanto viven a expensas de lo que extraen de la nación cubana cada día y de lo que se apropian a partir de las prebendas y privilegios que obtienen a cambio de una sumisión y lealtad enfermiza.   
 
De cualquier modo, y como ya expresé antes, no es suficiente con identificar los asuntos más apremiantes, sino actuar en pos de solucionar dichos asuntos, algo que, como todos saben, jamás ocurre toda vez que se quedan engavetados para nuevos debates y futuros procesos de rectificaciones de errores cometidos en etapas precedentes, y así, cual vicioso círculo ad infinitum.
 
Entonces el discurso experimenta un giro ante la inesperada idea acerca de lo que corresponde o no a un presidente. El mandatario afirmó:
 
“También conozco la preocupación sincera de quienes consideran que nos exigimos demasiado o que todo el mérito está en nuestra acción personal, que nos ocupamos, incluso, de tareas que no son de un Presidente”.
 
A un presidente le corresponde todo; pero de ese todo un buen presidente deberá distinguir entre lo que es realmente esencial y lo que es menos esencial, y sin restar importancia a lo segundo deberá asumir directamente lo clasificado como esencial y delegar en otros a su cargo y bajo su mando lo no incluido en la primera categoría. Para esto, se supone, cuente con un gabinete de trabajo conformado por ministros y asesores en los que depositó su confianza. Pero ya lo he dicho antes, esto debe hacerlo un buen presidente, amén de que he insistido en la idea de que “se supone”. De ahí que le veamos aparecer en un acto sin importancia de la inauguración de cualquier obra social de tercera categoría, que metiendo la cuchareta en los “debates” de los anquilosados camajanes de la UNEAC.
 
Si Miguel Díaz-Canel no se desprende -y hasta ahora no ha sido capaz de demostrar poder hacerlo- de las ataduras de los obsoletos cánones castristas, de manera particular de los de Fidel Castro, en breve lo veremos haciendo disertaciones sobre clarias, moringas, chocolatines, proteína vegetal y ollas arroceras; y esto, sin duda, no le corresponde a un presidente, al menos a un presidente digno, que se supone debe estar ocupado en cosas mayores que por su trascendencia pudieran ser definitorias para reorientar el destino de un país que yace inmerso en la miseria y la total destrucción.
 
Si sigue empeñado en esa continuidad llevará al país a situaciones más allá del límite toda vez que ya Cuba está al límite, y las condiciones de vida de  supervivencia del pueblo (los de a pie, como se les dice ahora) no pueden ir más allá de lo que se ha  llegado. Aún así el presidente designado pide unión, camaradería, hace un llamado a la decencia; pero también sigue exigiendo sacrificios y abnegaciones, según la usanza fidelista de los noventa, cuando muchos pensamos que desapareceríamos de la faz de la tierra a partir de una autoaniquilación colectiva inducida.
 
Basta de hacer evocaciones carentes de sentido encaminadas a resaltar las “proezas” de los mandatarios anteriores:
 
“Me pregunto qué tarea puede no ser del Presidente en una nación como Cuba, en una Revolución como la nuestra, cuando nos preceden los ejemplos de Fidel y de Raúl (…) En nuestro caso, ya lo he dicho más de una vez, no solo trabajamos bajo la guía y con el acompañamiento del General de Ejército y de la generación histórica, también creemos profundamente en la obra colectiva.  Y nuestro Consejo de Ministros está actuando, en general, con la intensidad y la urgencia que nos dicta la vida, a partir del intercambio constante con el pueblo, con el oído pegado a la tierra, que nos exige Raúl (…) De la generación histórica, de Fidel y de Raúl aprendimos a desechar el lamento inútil y a concentrarnos en buscar salidas, a convertir los desafíos en oportunidades y los reveses en victoria”.
 
Y es precisamente por querer ser una absurda continuidad de los dictadores Fidel Castro y Raúl Castro que el actual mandatario cubano mantiene a su tren descarrilado y sin posibilidades de reinsertarlo en las vías correctas. Muchas veces me he cuestionado acerca de su capacidad para poder discernir respecto a lo que considera como el legado de la generación histórica, esa que encabezaba Fidel Castro, y de la que ya solo apenas queda una exigua minoría que a modo de símbolo mantienen una estática imagen de lo que en algún momento fue la llamada revolución cubana.

               


Miguel Díaz-Canel, el actual presidente no electo de Cuba, asume con la mayor naturalidad del mundo la idea de que Raúl Castro le exija andar “con el oído pegado a la tierra”, para eso dice ser “continuidad”.

¿Se trata acaso de un servilismo desmedido que le impide ver la caducidad de una generación carente de sentido a la que se le sigue dando una forzada sobrevaloración contextual? ¿O es que carece el presidente cubano de esa capacidad, a la que me referí antes, como para distinguir entre lo real y lo imaginativo, lo genuino y lo irreal atribuible e impuesto a la fuerza, o lo demostrable en el orden práctico y lo absurdo indefinible que se dispersa entre la palabrería comunista y los errores conceptuales?
 
Es bien difícil poder precisar en sí de qué se trata, aunque en mi personal percepción creo que se entrelazan ambas cosas. Recordemos que estamos en presencia de un hombre que, independientemente de su posible inteligencia, toda vez que fue graduado como ingeniero y que ocupó cargos de dirección dentro del Ministerio de Educación Superior, fue adoctrinado bajo los efectos hipnotizantes del régimen comunista cubano. Resulta pues un ser dentro de la categoría de hombre-nuevo, esa robótica criatura difundida por el Che Guevara que para los efectos del sistema debe perder su capacidad de reflexionar en grande, esto es, un tanto más allá de la mente concreta elemental hasta dejarlos carentes de todo posible esplendor del quinto de los principios humanos, es decir, de la mente.
 
Esto les hace aceptar todo lo que procede de sus líderes, a quienes llegan a ver como semidioses homéricos, como cosas ideales dignas de cumplirse a cabalidad. De ahí que el mandatario asuma con la mayor naturalidad del mundo la idea de que el General de Ejército -como le llama Díaz-Canel- le exija andar “con el oído pegado a la tierra”. Al fin de cuentas: ¿qué más da? Se trata de la “orientación” de alguien que pertenece a esa generación histórica que tanto admira y de la que repite sin cesar que es continuidad, de ahí que precise también que “trabajamos bajo la guía y con el acompañamiento del General de Ejército y de la generación histórica”.
 
Esto no es más que una reafirmación pública de que todo su accionar está siendo supervisado por el octogenario militar expresidente, quien ocupa el “honorable” cargo de Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC), el único admitido de manera oficial en la isla; pero esto lo asume como algo tan normal que parece no darse cuenta que como presidente no es más que una marioneta del líder partidista, a quien le debe una obediencia, cual estricta y absoluta sumisión por sucesión clerical.
 
Ya se sabe que existe una fuerza superior a todo, o sea, al Parlamento, al Gobierno, al Estado, etc., y esa fuerza que a veces da la impresión que procede del más allá, no es más que el Partido Comunista de Cuba; al menos así consta en la nueva Constitución de la República de Cuba, cuyos estatutos no resultan aplicables para cumplirse por dicha fuerza, por cuanto, está por encima de todas las cosas, así de sencillo.
 
Pero por si fuera poco, Miguel Díaz-Canel refuerza la idea de su hipotética continuidad y su aferración a la generación histórica con su concepto de que aprendió de ellos, de modo particular de Fidel y Raúl (solo los menciona por sus nombres), “a desechar el lamento inútil y a concentrarnos en buscar salidas, a convertir los desafíos en oportunidades y los reveses en victoria.”
 
Entiéndase, aunque resulte difícil de comprender y aceptar, por lamentos inútiles, a aquellas reclamaciones, protestas, interrogantes, súplicas, etc. que hace el pueblo cubano ante sus constantes carencias materiales, las que más golpean a los cubanos comunes, los desposeídos, los sectores más empobrecidos y afectados por las severas restricciones de todo tipo a que son sometidos. Esto significa, en otras palabras, que al pueblo no se le escucha o no se le hace caso alguno; al fin, y según le han enseñado sus líderes históricos, es inútil tal lamentación y mejor se concentran en “convertir los desafíos en oportunidades”.
 
Es por esta estrafalaria idea del lamento inútil que jamás son escuchados los opositores al régimen, a los que se les continúa reprimiendo cada día por sus acciones encaminadas a reclamar y exigir sus derechos como ciudadanos de un país que perdió sus libertades mínimas. De igual modo queda incluido dentro de esta categoría de lamentos inútiles el derecho a expresarse con libertad, a organizar marchas, mítines, concentraciones, o cualquier otro tipo de evento dentro de la llamada lucha pacífica. 
 
Aquí surge otra interrogante. ¿A qué victorias se refiere el presidente? ¿Pretenderá, una vez más, hacerles creer que la salud, la educación, el deporte, el turismo, etc., gozan de buena salud en el actual contexto sociopolítico de Cuba? ¿O es que seguirá la línea fidelista de “victorias de ideas” ante la serie secuencial de fracasos de todo tipo?
 
Recordemos que para el viejo comandante no había posibilidad de derrota, y si bien no se autoproclamó invencible, sino que de esto se encargaron sus serviles adoradores, siempre mostró esa arrogante actitud de triunfos -que por desgracia se lo traspasó como por capacidad de ósmosis o difusión a cientos de cubanos adoctrinados-. Para el dictador Fidel Castro las múltiples derrotas durante su desgobierno de casi 50 años eran en sí “victorias” de ideas. Su enfermiza obsesión por justificar la derrota del asalto al Cuartel Moncada lo condujo a un onírico delirio a través de la manipulación del pensamiento de las masas. Para esto se apoderó de la expresión: victoria o triunfo de las ideas, lo que recuerda la célebre frase martiana de “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, aunque en realidad no tienen que ver en su esencia a pesar de que continuamente se acuda al Apóstol de la nación cubana para intentar legitimar cualquier absurdo que aparezca en la escena. De hecho, Díaz-Canel en esta intervención lo cita y lo asume para reafirmar su hipótesis de la continuidad.
 
En medio de esta adoración a sus inspiradores “seres celestiales”, que cual arquetipos semidivinos, son asumidos constantemente como modelos a imitar en su desenvolvimiento como mandatario, Díaz-Canel fue capaz de llamar “escuela” al engendro heredado de la dinastía de los Castro, y expresa con la mayor naturalidad del mundo que se apoya en dicha escuela castrista (como si se tratara de una nueva escuela, corriente de pensamiento o movimiento intelectual o filosófico) para promover el análisis integral y crítico de lo que “anda mal o no anda”.
 
Tal vez por optar por esta anticuada postura de asunción de las ideas de lo que cree que pueda ser una “escuela” es que las cosas siguen de mal a peor, o sencillamente y como dijo: no andan; pero sigue empecinado en hacerse creer, y hacer creer a los demás, que “la experiencia histórica de la Revolución es un libro insustituible de lecciones”.    

Continuará…..