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ESTUDIOSOS DE JOSÉ MARTÍ QUE NO LE GUSTAN A LA DICTADURA -II-

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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                   ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                           Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

                    ESTUDIOSOS DE JOSÉ MARTÍ QUE NO LE GUSTAN A LA DICTADURA -II-


                 


“Su amor a la naturaleza y su visión de los seres como ligados en misteriosa unidad, se señalan como reveladores de influencias orientales”, pero esto es demasiado contradictorio para un régimen totalitario que impuso el más acérrimo materialismo como única variante para las concepciones de la vida, del hombre y del universo. 

En este análisis valorativo acerca de la preocupación de los investigadores cubanos de la primera mitad del siglo XX por el pensamiento de José Martí, merece la pena acudir a un estudio del intelectual cubano Carlos González Palacios, publicado en 1953, en un volumen dedicado al centenario del natalicio del Apóstol, que resume de forma excelente el pensamiento filosófico martiano; aunque su autor es muy conservador en cuanto a asumir de forma categórica la idea del Martí filósofo. Solo existe una frase, en toda la parte correspondiente a abordar el tema de filosofía y misticismo, en la que afirma su convicción al destacar que “aceptar el romanticismo de Martí, equivale a poner en peligro su equilibrio como filósofo”.

Sin duda, es un buen resumen de posibles influencias: desde Pitágoras y Sócrates, hasta Krause. Se ha omitido a Platón, que también contribuyó a la formulación del concepto martiano de la pre-existencia y la post-existencia del alma, a Balmes, de quien Martí estudió con pasión y a la vez, con enérgico sentido crítico sus obras, y las fuertes incidencias del librepensamiento, y la aplicación de los postulados filosóficos al terreno social y político de la Ilustración Francesa.

No obstante, no se llega a definir la idea del Martí filósofo. Considero que en su religiosidad y pensamiento filosófico, más que una madeja de tendencias y escuelas, hay un sentido de relación que lo conduce a la búsqueda de la esencia, y la encuentra en la filosofía de las relaciones y en aquel constante acudir a la idea de la armonía universal, cuya idea no llega precisamente de las influencias de las filosofías orientales, como comúnmente se cree, sino que son el fruto de su concepción abarcadora, que lo ha conducido a encontrar esa esencia que subyace en lo más recóndito de todas las filosofías y de todas las religiones, lo que se ha llamado Brahmavidia, Sabiduría de los Dioses o Sabiduría Divina. De este olvidado ensayo, cito la siguiente frase, en la que el autor trata de resumir; aunque sin comprender en su esencia, el pensamiento filosófico martiano:

“Para buscar las raíces de su pensamiento, se ha repasado casi toda la historia de la filosofía, y se han nombrado los más disímiles pensadores como responsables de las directrices de su pensar: desde Plotino a Spencer, y los románticos alemanes; desde el hinduismo al krausismo* españolizado del pasado siglo (siglo diecinueve). Su sentido rígido del deber se ha declarado influido por el imperativo kantiano; su deificación del bien se considera influenciada por la ética socrática y sus arrebatos de tipo panteísta se han querido filiar en Spinoza. Su amor a la naturaleza y su visión de los seres como ligados en misteriosa unidad, se señalan como reveladores de influencias orientales. Habría que recurrir a lo mismo o traer a cuento a Pitágoras para explicar su confianza delirante en la transmigración. Y ved que esta opinión no es singular en la literatura de Martí. En su obra poética se repite constantemente su confianza en la vida en serie y en el ascenso, tras muertes y vidas sucesivas, desde lo inferior al tipo supremo del vivir”.

Como es de esperar este autor pasó al listado de los olvidados para dar paso a aquellos que después de 1959 empezaron a hacer aproximaciones entre el enorme hombre de Dos Ríos y Ho Chi Min, a establecer paralelos entre la sabia palabra del Maestro y los encendidos, enajenantes y kilométricos discursos del dictador Fidel Castro, o a justificar la disparatada idea castrista acerca de una autoría intelectual carente de sentido atribuida al autor de Ismaelillo.

Como también fue ocultado un texto imprescindible de esta etapa, cuyo título hace temblar a las “autoridades” de la isla. Me refiero a José Martí, el Santo de América, de la autoría del intelectual cubano Luis Rodríguez-Embil. Este autor lo llama místico práctico y realista activo “de tradición europea y cultura occidentales, de cepa teresiana y española. Como tal, una de las fuerzas mayores de este mundo”, que encuentra el camino de la santidad por “la acción, el pensamiento y la aceptación heroica de su destino”, palabras que considero determinantes, y que a modo de códigos, nos permiten tener la verdadera visión del más genuino de los cubanos de todos los tiempos; pero Rodríguez-Embil no podía imaginar desde la contextualidad de su tiempo que se enfrentaría a la censura del comunismo cubano que se instauró a partir de 1959, exactamente en los inicios de 1961 con la declaración del carácter socialista de la llamada revolución cubana por Fidel Castro.

Una ideología de tipo marxista no podía aceptar a un estudioso del pensamiento del Apóstol que se refirió al sentido de la santidad en José Martí, aun cuando dicha santidad la concibió a partir de una asimilación martiana del pensamiento y de la acción, lo que presupone un sentido de hombre eminentemente práctico, en lo que se aproximó a Medardo Vitier con su concepción filosófica martiana. No obstante, esa “aceptación heroica de su destino” no le convino a un régimen que pretendió utilizar solo estudios con enfoques marxistas, aunque estos jamás se le pudieran aproximar por su profundidad y exquisitez en su estilo a los que estos consagrados investigadores fueron capaces de aportar con sinceridad y agudeza certeras.

Aceptar el destino resulta demasiado “idealista” para los nuevos “investigadores” que ya se encontraron el camino muy bien trillado, aunque se encargaron de ocultar lo que en realidad debería figurar en todas las bibliotecas cubanas, lo que debería editarse y venderse en las politizadas ferias del libro de un país donde casi nadie lee, aunque se compren los libros para colocarse en las estanterías particulares, lo que debe difundirse desde las aulas universitarias en vez de repetir frases descontextualizadas correspondientes a la obra martiana (“viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”, “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, “en silencio ha tenido que ser”, “mi honda es la de David”, etc.).

La idea de acercarlo demasiado a la cultura occidental, y de modo particular, haber descubierto esa innegable influencia “de cepa teresiana y española” tampoco le convino a los fanáticos marxistas empeñados en hacer desaparecer todo vestigio europeizante, como si acaso el marxismo no hubiera tenido orígenes en la Europa del siglo XIX, y hubiera sido profesado por un ser que habló demasiado del mundo del trabajo, según expresó el propio Martí al referirse a Marx, pero que “anduvo de prisa, y un tanto en la sombra”, como muy bien percibió el colosal héroe cubano, esto es, bien distante de los trabajadores, de los desposeídos, de los humildes, para los que, se supone, estaba concebida su “nueva” utopía.

El concepto de Rodríguez-Embil acerca de una santidad a través del sendero de la acción, del pensamiento y de la aceptación de su destino con heroísmo, es tal vez, uno de los de mayor complejidad, y al propio tiempo de los más completos cuando se analiza el pensamiento martiano considerando a los autores de esta etapa del pasado siglo XX. Ningún otro autor llegó tan lejos en profundidad y precisión. Ha limitado la formación y proyección filosófica martiana al occidente, lo que resulta muy acertado, por cuanto, independientemente del dominio que tenía Martí de las enseñanzas del oriente, es genuinamente occidental en su pensamiento especulativo, tanto en lo formal o estilístico, como en su contenido; pero apreció además aquella fuerza española, que no solo llegó al Apóstol a través de sus estudios universitarios en aquel país, sino de su profundización en autores poco usuales, como es el caso de Jaime Balmes** o la fuerte influencia del Krausismo, que a pesar de sus raíces alemanas, fue un movimiento de fuerte arraigo español.

Sin embargo, las generaciones actuales de cubanos desconocen la inmensidad de este tipo de investigaciones toda vez que sus autores no fueron bien vistos por los encargados de censurar en la Cuba posterior a 1959, quienes con tendencia inquisidora determinaron lo que era conveniente o no que se difundiera acerca del pensamiento del más extraordinario de los cubanos.

                   


Cuando se restaure la democracia en la patria martiana, lo que traerá como consecuencia inmediata la libertad de pensamiento y de expresión, nuestros esfuerzos deberán encaminarse hacia la adopción de un nuevo enfoque investigativo libre de los prejuicios con que se ha abordado hasta el presente esta importante faceta del cubano más universal.

Las siguientes pautas pudieran servir como elementos a considerar en aquellos interesados en asumir la encomiable tarea que nos espera:

1. Redescubrir a José Martí en su real dimensión, lo que presupone el análisis de su pensamiento sin los sesgos causados por el dogmatismo de un régimen comunista que pretende ocultar aquella parte de su pensamiento que consideró no apta para el conocimiento de las nuevas generaciones de cubanos adoctrinados por la nueva ideología impuesta por el castrismo.

2. Realizar investigaciones libres de los prejuicios y las ataduras impuestas por la dictadura cubana, lo que presupone que se elimine el llamado enfoque marxista como prototipo estereotipado del fundamento investigativo bajo la censura del régimen. 

3. Retomar los extraordinarios aportes de las investigaciones de autores como Jorge Mañach, Medardo Vitier, Carlos A. Martínez Fortún, Manuel Isidro Méndez, Luis Rodríguez-Embil, Carlos González Palacios, entre otros, quienes realizaron una labor encomiable, y a la vez apasionada, dado el amor que profesaron por aquel a quien consideraron el Maestro antes de la invasión desmedida del marxismo como ideología y forma oficial de filosofía en la Cuba comunista.


Presentar a José Martí de manera forzada, adulterada, sesgada y descontextualizada solo ha contribuido a que se le aprecie -y también a que se le desprecie por algunos- desde una perspectiva carente de sentido. Enseñar al Maestro y Apóstol como hombre sabio, amoroso, bondadoso y comprensible es muy válido, pero también lo es difundirlo como idealista, racionalista, profundamente religioso, progresista, antisocialista, defensor de la democracia, y humanista por excelencia, cualidades que permanecen sepultadas por aquellos que desde posturas demasiado dogmáticas se encargan de promocionar solo la parte de la enseñanza martiana que consideran conveniente.    


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*El Krausismo español fue un movimiento intelectual y filosófico limitado a España, desarrollado a partir de las ideas del filósofo alemán Karl Krause (1781-1832)  presentadas en este país por su discípulo, el jurista y profesor universitario Julián Sanz del Río (1814-1869). El Krausismo, si bien, no tuvo una gran influencia en Alemania, la patria de Karl Krause, en tierra española tuvo una gran resonancia. El movimiento contribuyó a cambios radicales que renovaron la enseñanza y las teorías pedagógicas. El Krausismo se basaba en la interpretación de las obras de Krause, que defendía el panteísmo inspirado en el idealismo alemán y en Spinoza. Krause logró sintetizar desde el punto de vista metafísico la moral de los ideales humanitarios y las matizó del misticismo.

**Jaime Balmes (1810-1848), considerado el filósofo español más importante de la primera mitad del siglo diecinueve. Doctor en teología y derecho canónico por la Universidad de Cervera, Lérida en 1835. De orientación escolástica y espiritualista, apologista y ecléctico. Contribuyó a las reformas de la filosofía católica neoescolástica. Criticó las posiciones sensualistas, idealistas y panteístas de la filosofía moderna. Escribió sus obras más importantes durante sus últimos cuatro años en Madrid. Cuando Martí estudiaba en España, Balmes solo hacía poco más de veinte años que había muerto. Sus doctrinas eran muy estudiadas por la intelectualidad y estudiosos de aquel tiempo. Martí estudió profundamente la obra de este autor.