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ESTUDIOSOS DE JOSÉ MARTÍ QUE NO LE GUSTAN A LA DICTADURA -I-

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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                    ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                           Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

                   ESTUDIOSOS DE JOSÉ MARTÍ QUE NO LE GUSTAN A LA DICTADURA -I-


             


Cada nación tiene seres que han trascendido las fronteras del espacio y los límites del tiempo. La condición de universalidad solo es alcanzada por una exigua minoría capaz de haber aportado valores esenciales desde su tiempo, haciendo que perduren más allá de este, amén de su contexto geográfico.
                                                                                                     
Esto puede lograrse lo mismo en el campo de la ciencia, como sucedió con Galileo Galilei, Arquímedes o Isaac Newton, y más recientemente con Albert Einstein y Stephen Hawking: estos últimos conquistaron esta condición estando vivos y en la plenitud de sus capacidades intelectuales; también en el terreno de la música (Wagner, Bach, Beethoven, Mozart, Haydn), la literatura (Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Goethe), entre otras manifestaciones.

Cuando esta universalidad es lograda por alguien con una obra poco extensa (si nos limitamos a su producción literaria, ensayos y reseñas periodísticas, y se excluye su epistolario, anotaciones variadas y traducciones), que solo anduvo por este mundo terrenal por un breve tiempo, amén de haber nacido en una pequeña isla distante del viejo continente, y sobre todas las cosas, que dedicó una inmensa parte de su breve vida a un ideal político, y no justamente al arte de crear o a sus análisis filosóficos, entonces el mérito de esa universalidad alcanzada es mucho mayor.

Este es el caso de José Martí, el extraordinario escritor cubano que más allá de la contextualidad de su tiempo fue capaz de trascender los severos límites del siglo XIX y las fronteras de su patria y su región, esa que llamó Nuestra América, para ser difundido en los lejanos parajes europeos y asiáticos, al extremo de figurar actualmente entre los poetas de mayor influencia de todos los tiempos.

La llegada del siglo XX sorprendió a los intelectuales cubanos interesados en el pensamiento martiano con una obra dispersa entre cientos de publicaciones periodísticas, cartas y apuntes, amén de lo poco que había publicado en vida como obra literaria propiamente dicha, es decir, sus conocidos poemarios, los cuatro números de la revista La Edad de Oro, su pequeño libro Guatemala, entre otras escasas publicaciones sueltas.

En su carta conocida como Testamento Literario, dirigida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, fechada el primero de abril de 1895, José Martí recomendó cierto orden en su papelería para posibles tomos a publicar. Dicho orden es el siguiente: I. Norteamericanos, II. Norteamericanos, III. Hispanoamericanos, IV. Escenas Norteamericanas, V. Libros de América, VI. Letras, Educación y Pintura, amén de dejar sugerencias hasta del orden en que debían aparecer ciertos escritos. En el caso de los norteamericanos prefirió que apareciera el filósofo y poeta Ralph Waldo Emerson en primer lugar, mencionando además a Cooper, Phillips, Grant, Scheridan y Whitman, por citar solo un ejemplo.

Durante las primeras décadas del pasado siglo XX se hicieron los primeros intentos para recopilar el legado literario martiano. Se iniciaba así una búsqueda investigativa y un análisis valorativo crítico de la obra del más extraordinario de los cubanos. En 1946 se publicaron dos tomos con los materiales reunidos en lo que se consideró, hasta ese momento, sus obras completas, encomiable trabajo realizado bajo la coordinación del investigador español radicado en Cuba Manuel Isidro Méndez, considerado un especialista en el estudio y la interpretación de la obra martiana, autor además de la primera biografía de José Martí; aunque ya existía el precedente de la recopilación de numerosos trabajos correspondientes a la autoría del Maestro, los que fueron publicados en Cuba unos años antes.

Comenzó así ese despertar investigativo por la obra del colosal cubano, lo que no se ha detenido hasta el presente, a pesar de que nos separan, justamente por estos días, 124 años de su prematura muerte en el campo de batalla cuando recién comenzaba la segunda gesta independentista de Cuba en 1895.

Un silencio forzado para aquellos estudiosos del pensamiento martiano que desde posiciones “no marxistas” realizaron una encomiable labor de rescate y valoración de su obra.

           


Una serie de estudios biográficos y críticos de su obra fueron realizados durante la primera mitad del siglo XX. Se destacan sobremanera por su rigor Martí: Estudio Integral, premio del centenario, del olvidado intelectual cubano Medardo Vitier; Martí el Apóstol, la biografía más completa de su tiempo, del filósofo cubano Jorge Mañach, igualmente olvidado después de 1959 por no ser marxista, así como los múltiples ensayos de este mismo autor dedicados al análisis de la obra martiana; sin olvidar a importantes figuras de las letras no cubanas, como es el caso de Gabriela Mistral, esa apasionada mujer chilena que hizo valoraciones certeras de su obra, y que vio en José Martí al “hombre más puro de la raza”, o el modernista dominicano Pedro Henríquez Ureña, quien exaltó el finísimo periodismo martiano, que según él estaba “a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, y probablemente en ningún otro idioma”.

Insisto en esta idea de las investigaciones e intentos de búsqueda y rescate de la obra de José Martí durante la primera mitad del siglo XX, por cuanto, y como todos conocen o deben conocer, el régimen castrista ha pretendido adueñarse de la extraordinaria imagen de José Martí, lo que ha hecho de diversas formas, y un modo de hacerlo ha sido sepultando para siempre las investigaciones realizadas por talentosos intelectuales cubanos pertenecientes a la etapa denominada pre-revolucionaria, o guardando demasiado las sabias valoraciones de los citados escritores no cubanos Gabriela Mistral y Pedro Henríquez Ureña, entre otros tantos intelectuales del mundo que se inspiraron en la paradigmática figura de José Martí.

Recordemos que una vez establecido el carácter socialista de la llamada revolución cubana en 1961, y por lo tanto la adopción de una ideología marxista-leninista, todos los estudios debían tener un “enfoque marxista”, utilizando las mismas palabras que asumieron los encargados de aprobar, censurar, exaltar o destruir las nuevas investigaciones, entre las que se encontraban, como es lógico, las dedicadas a la vida y al pensamiento martiano.

De ahí que jamás volvieron a editarse los extraordinarios ensayos de Medardo Vitier, el destacado estudioso y profesor cubano, padre de Cintio Vitier, este último con mejor suerte al ser editado y hasta venerado gracias a sus simpatías y colaboraciones con el régimen socialista de la isla, independientemente de que no se le pueda quitar su mérito  como investigador profundo, aunque no creo que supere en agudeza crítica y sentido visionario a su padre, el autor del imprescindible texto Martí: Estudio Integral, al que tuve acceso y me permitiera descubrir la grandeza de sus apreciaciones.

Pero ¿por qué dejar olvidado a Medardo Vitier, Jorge Mañach y a otros investigadores valiosos que aportaron de manera muy precisa excelentes valoraciones acerca de la obra de nuestro hombre más universal?

En su Martí: Estudio Integral, Vitier dedicó un capítulo completo al tema de la religiosidad martiana, y lo hace desde una perspectiva demasiado liberal, apartado de los cánones marxistas exigidos por las autoridades cubanas, algo que jamás le perdonarán los censuradores castristas. En dicho estudio Vitier se resiste a definir a Martí como filósofo en su sentido más estricto. Destaca su paso por las aulas universitarias españolas, su labor pedagógica en Guatemala como catedrático de Historia de la Filosofía y alguna que otra referencia escrita de su obra; pero insiste en su “capacidad filosófica” como “forma de aptitud notoria en Martí”, y nos dice:

“Su mente es especulativa y propende a formular asertos pertenecientes a dos regiones filosóficas: la ontológica y la axiológica, sin que él emplee ninguno de estos adjetivos, pues la cosa profesional no le interesa. En efecto lo que tiene de sentencioso -y no es poco- se vierte por esos declives, donde los problemas, siempre abiertos, incitan y parecen retar al intelecto: el ser y los valores, la íntima contextura del universo y del hombre, por una parte, y el sentido de toda acción, por otra (…) Mente especulativa, he dicho. Sin embargo, ello no lo aleja de los hechos. Tiene delante, a toda hora, el rostro adusto, enigmático de la realidad corriente y cree percibir -tal es su clave- las señas que le hace la Realidad suprema. Ni la más abstracta especulación lo desvincula del sufrimiento humano; fuente, por cierto de sus reflexiones”.

Esas señas de la Realidad Suprema, que José Martí pudo percibir dada su inmensa, aunque discutida y tergiversada espiritualidad, no le resulta conveniente exhibir a un sistema comunista que ha mantenido a la enigmática figura martiana como su paradigma, aunque demasiado amoldado por la fuerza a los cánones del marxismo. Y este fue uno de los “pecados” de Medardo Vitier, esto es, haber sido capaz de tratar el tema de la filosofía y la religiosidad de José Martí desde una perspectiva despojada de convencionalismos y prejuicios. Recordemos que Vitier  publica su gran libro de ensayos en 1954, un año después de los festejos por el centenario del natalicio martiano, cuando aun había libertad de pensamiento y de expresión en Cuba.   

Vitier percibió la idea de la síntesis de la filosofía de las relaciones en el pensamiento filosófico martiano. Esa mente especulativa, que sabiamente ha definido, del hombre que fue práctico y de acción, pero al propio tiempo se cuestionaba continuamente todos los problemas y las más grandes abstracciones dentro del saber humano al tratar de descubrir los más intrincados misterios del hombre como microcosmos, y por tanto, como reflejo del Universo, lo supo concretar el investigador en su estudio.

Es justamente este aspecto del pensamiento de José Martí el que más polémicas ha traído al régimen castrista, toda vez que ha escogido como prototipo a un ser cuyo idealismo es algo innegable, amén de sus concepciones acerca de Dios, si bien un tanto alejadas de las limitadas definiciones estereotipadas de los tradicionalismos religiosos, sí muy bien delineadas dentro de los amplios conceptos de la filosofía occidental, y por qué no, hasta de las tradiciones esotéricas de la filosofía de la antigua India.

Frente a las concepciones martianas sobre la armonía del universo como conjunto estético de cosas varias, y no simple reunión de cosas idénticas, aparece la idea del bien y su fe en el mejoramiento humano, amén de haber  puesto su teoría de la síntesis e identidad de las almas del universo junto a su convicción en la utilidad de la virtud.

Martí se preocupó con igual ímpetu de las categorías de espacio como extensión y tiempo como sucesión, expresadas por el filósofo español Jaime Balmes, que por la emancipación de los cubanos del final del siglo diecinueve, de ahí que Vitier lo ve desde la perspectiva de esa unión del hombre profundamente espiritual, pero que no abandona jamás la vida práctica como necesidad de su existencia y razón de su propio ser.

En fin, que esta aparente ambigüedad entre la filosofía, la abstracción metafísica y el saber que solo sabe lo Divino, en contraposición a la idea del hombre práctico, político y organizador, queda resuelta en la filosofía martiana a través de la síntesis y de las relaciones, “en el universal sublime armónico sintético conjunto”, según la propia sabia palabra del Maestro; de ahí que, esa “mente especulativa”, analizada con agudeza por Medardo Vitier, el humanista cubano que hemos olvidado, se ocupe además con la misma eficacia de investigar los orígenes del sufrimiento humano y a descubrir que su solución está en el mejoramiento de los hombres.

Este mismo investigador, después de hacer un recorrido por diversos puntos de la obra del autor de los Versos Libres, en su capítulo dedicado a la filosofía martiana, e independientemente de su posición inicial al tratar el tema del Martí filósofo, a partir de su “mente especulativa”, declara:

“No lo incluí en mi libro La Filosofía en Cuba por ceder a una idea muy extendida, pero injusta: la de que son filósofos quienes originan doctrina, quienes ocupan cátedras de Filosofía y quienes escriben tratados sobre la materia, ya en lo histórico, ya en lo teorético, con exclusión de los escritores no especializados, pero dotados de la aptitud filosófica, con título para que se les llame pensadores. En realidad creo que Martí debe figurar en el recuento de la Filosofía en Cuba. La merecida inclusión dependerá de que se trate el asunto a tono con su peculiaridad. Algunas de nuestras figuras menores en filosofía distan mucho de ofrecer los contenidos existentes en Martí, diversos y fuertes diseminados sin pretensión profesoral ni rigor de vocabulario filosófico. Iba a las realidades ontológicas, axiológicas y en algún caso hasta epistemológicas, sin valerse de estos términos, ni de otros de marca docente. Pero iba y no pocas veces llegaba”.

Pero esta hipótesis, aunque demasiado tardía, del profesor Medardo Vitier no es conveniente para el desgobierno de la isla, esto es, la idea de un Martí filósofo, al menos desde la perspectiva con que lo asume, lo define y lo defiende Medardo Vitier. Un José Martí filósofo, pero desde una postura que lo aproxime al materialismo de Marx, sí le hubiera convenido al castrismo, como también le hubiera convenido un José Martí simpatizante de la idea socialista.

No obstante, ya se sabe, y se ha comentado demasiado, no siempre con verdadero conocimiento de causa, que el héroe cubano, también considerado Apóstol y Maestro, así con mayúsculas para resaltar su grandeza, jamás profesó el materialismo y el ateísmo, y mucho menos abrazó la tendencia socialista como ideal de su vida.

Las siguientes citas tomadas de su obra, por solo asumir dos ejemplos concretos para demostrar lo que intento exponer, nos dan la justa medida de un José Martí profundamente religioso, aunque insisto, con una concepción un tanto distante del tradicionalismo de su tiempo:

“Hay en el hombre un conocimiento íntimo, vago, pero constante e imponente, de un gran ser creador: este conocimiento es el sentimiento religioso, y su forma, su expresión, la manera con que cada agrupación de hombres concibe este Dios y lo adora, es lo que se llama religión. Por eso en lo antiguo, hubo tantas religiones como pueblos originales hubo; pero ni un solo pueblo dejó de sentir a Dios y tributarle culto, la religión está pues en la esencia de nuestra naturaleza. Aunque las formas varíen, el gran sentimiento de amor, de firme creencia y de respeto, es siempre el mismo. Dios existe y se le adora”.

“Todo pueblo necesita ser religioso. No solo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. Es innata la reflexión del espíritu en un ser superior, aunque no hubiera ninguna religión todo hombre sería capaz de inventar una, porque todo hombre la siente. Es útil concebir un gran ser alto; porque así procuramos llegar, por natural ambición, a su perfección, y para los pueblos es imprescindible afirmar la creencia natural en los premios y los castigos y en la existencia de otra vida, porque esto sirve de estímulo a nuestras buenas obras, y de freno a las malas. La moral es la base de una buena religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan en ella; es necesario que la justicia celeste la garantice”.

Igualmente es conocido para muchos, aunque sigue sin difundirse en Cuba, al menos desde el oficialismo, la posición martiana en relación con lo que llamó la idea socialista. La siguiente referencia constituye un ejemplo irrefutable de las concepciones del Apóstol respecto al socialismo:

“Una cosa le tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas: y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente con este nombre o aquel, con poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras; el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse como frenéticos defensores de los desamparados”.

Continuará.....