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AL HOMBRE NUEVO LE QUEDA GRANDE EL CARGO -I-

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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AL HOMBRE NUEVO LE QUEDA GRANDE EL CARGO -I-
« en: Abril 14, 2019, 05:42:48 pm »
                  ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                         Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

                            AL HOMBRE NUEVO LE QUEDA GRANDE EL CARGO -I-


               


Algunos pensaron, y otros hasta creyeron, que con un nuevo gobernante en Cuba las cosas cambiarían, aunque fuera de manera progresiva y con lentitud extrema. Nada más distante de la utópica idea que acariciaron los soñadores que aún quedan en la isla, y por qué no, en varios sitios del mundo, desde donde permanecieron como observadores de un posible desenlace que no se ha concretado hasta el presente, y que jamás se materializará dada la ineptitud de un hombre demasiado etiquetado a la usanza fidelista como para poder abrirse a los necesarios cambios radicales que necesitan los cubanos.

La imagen de un hombre relativamente joven y sin el uniforme verde olivo que por más de medio siglo se impuso en la jefatura de gobierno de la isla no resulta suficiente. Miguel Díaz-Canel, como ya afirmé hace casi un año, no será el hombre que proporcionará el giro trascendental que Cuba necesita, sino simples remedios paliativos que solo podrán prolongar la agonía de un régimen cuyos directivos saben de la proximidad inminente del fin de su existencia, pero se aferran a mantener lo imposible, aunque para esto tengan que seguir conduciendo a todo un pueblo a un desaliento sin límites.

No es cuestión de imagen, sino de voluntad renovadora, de principios, de abrirse a un mundo de modernidad y actuar de acuerdo a la vertiginosa rapidez de estos tiempos, pero desde una perspectiva integrada a los requerimientos de un presente que necesita de la acción y el dinamismo, algo de lo que carece Miguel Díaz-Canel Bermúdez -aunque se le vea con relativa frecuencia entre trabajadores, escolares y gente de barrios, a diferencia de su predecesor que permanecía en su burbuja bien distante de todo contacto popular-, quien, como ya todos saben, no fue elegido por el pueblo cubano, sino seleccionado con premeditación y alevosía por los caducos engendros del Partido Comunista de Cuba, y aprobado por un parlamento antidemocrático que solo cumple de manera estricta las órdenes de la instancia superior de la isla, esto es, de su partido único, según lo establecido, y ahora reafirmado en la nueva Constitución:  “El Partido Comunista de Cuba (…) es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. (Artículo 5. Capítulo I. Principios fundamentales).

Una lealtad y sumisión que resultan prácticamente patológicas caracterizan al hombre elegido. Se formó bajo los efectos hipnotizantes de la dictadura más longeva del hemisferio, lo que trajo como consecuencia la conformación de una serie de elementos que lo convirtieron en un paradigma de eso que el fracasado guerrillero argentino, tan venerado en Cuba, llamó “hombre nuevo”. Un prototipo de ser humano que debe actuar de manera mecánica acorde a los cánones establecidos a modo de inviolables códices. Un hombre convertido en máquina por los efectos adoctrinadores de un régimen que solo pretende extinguir lo mejor del ser humano, esto es, su capacidad única de pensar, de meditar y reflexionar.

Pero dejemos a un lado las caracterizaciones del nuevo gobernante cubano y analicemos algunos temas que recientemente reafirman y demuestran mi hipótesis acerca de esa nueva imagen presidencial versus pensamiento y accionar anquilosados del nuevo mandatario en el actual contexto político de Cuba.

Díaz-Canel en Nicaragua. “Defender la paz y oponerse a una agresión militar” en Venezuela. Un discurso sobremanera anticuado y poco dinámico, aunque eso sí, demasiado antiimperialista.

Recientemente (el 22 de marzo se firmó el acuerdo) los presidentes de América del Sur se reunieron en Santiago de Chile para la creación del Foro para el progreso de América del Sur (PROSUR), una nueva entidad que intentará la reunificación de los países del sur de América Latina bajo su nueva orientación política a partir del radical viraje que experimentó la región con la caída del Socialismo del siglo XXI.

Los presidentes de Argentina, Mauricio Macri; Brasil, Jair Bolsonaro; Chile, Sebastián Piñera; Colombia, Iván Duque; Ecuador, Lenin Moreno; Perú, Martín Vizcarra; Paraguay, Mario Abdo Benítez; y Guayana, David Arthur Granger, firmaron la Declaración de Santiago, por la cual se constituyó PROSUR, nuevo espacio que pretende reemplazar a la UNASUR, el fracasado organismo fruto de la deliberada maquinación de los desaparecidos Hugo Chávez y Néstor Kirchner. Se abstuvieron solo Uruguay, Bolivia, como era de esperar, y Suriname.

Dicho encuentro tuvo como propósito no solo la creación de dicho organismo, sino que constituye una muestra del nuevo sentido sociopolítico que experimenta Suramérica al desprenderse definitivamente de la tendencia socialista impuesta desde los primeros años del nuevo siglo. PROSUR reemplaza a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), un organismo de carácter regional envuelto en las nefastas influencias del socialismo latinoamericano, cuya existencia -según las opiniones de la mayoría de los presidentes de las naciones que lo integran- dejó de tener sentido dada su excesiva politización defensiva en pos de la izquierda regional.

Casi al propio tiempo de esta sonada tenida regional (este viernes 29 de marzo, justo cuando se cumplía el 25º aniversario de la creación de la Asociación de Estados del Caribe) el presidente cubano Miguel Díaz-Canel viajó a Nicaragua para participar en la VIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), entidad formada por Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, El Salvador, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, y Venezuela; contando además con naciones como Aruba, Bonaire, Curazao, Guadalupe, Guyana Francesa, Islas Vírgenes Británicas y Martinica, entre otras, como estados asociados.

En este encuentro Díaz-Canel convocó a los representantes de dicha instancia a oponerse a una supuesta agresión militar a Venezuela por parte del gobierno de Estados Unidos. En su alocución expresó:

“Por encima de diferencias políticas o ideológicas, llamo a todos los Gobiernos del Caribe a defender la paz y oponerse a una agresión militar y la escalada de medidas económicas coercitivas contra Venezuela que dañan gravemente a sus ciudadanos y ponen en riesgo la estabilidad de toda la región”.

Es deber de cualquier presidente del mundo defender la paz en su nación y en cualquier sitio del orbe. Pero, ¿cómo es posible que un presidente pretenda hablar de la paz de otro país cuando en su propia nación, si bien no existe una guerra propiamente dicha, las libertades mínimas de todos y cada uno de sus ciudadanos están violadas? ¿Cómo puede pronunciarse a favor de la paz alguien que como presidente permite la existencia de centenares de prisioneros políticos, de arrestos arbitrarios, de torturas sistemáticas, de expropiación de pertenencias de opositores al régimen, de allanamientos de locales sedes de organizaciones opositoras, entre otras tantas violaciones que contribuyen a la no existencia de una verdadera paz?

Díaz-Canel debe revisar detenidamente los conceptos de agresión militar, invasión armada e intervención militar. Términos que aparentemente pudieran ser tomados como iguales, pero que difieren en su esencia, y sobre todas las cosas, en sus resultados definitivos una vez puestos en práctica.

Como se sabe, aunque no bien se sabe, lo que se está manejando de un tiempo acá es una intervención militar en territorio venezolano, algo que constituye una acción como medida inminente ante la crítica situación que enfrenta la nación caribeña, algo que elude el presidente cubano, quien se muestra sobremanera preocupado por las “consecuencias” de la “agresión”, pero sin ver el verdadero desastre por el que atraviesa el pueblo bajo la verdadera agresión de su mandatario, Nicolás Maduro, auspiciado por las criminales fuerzas coercitivas de la dictadura cubana.

Conceptualmente una intervención militar, denominada también intervención armada, es aquella que realiza determinado estado sobre un territorio extranjero, lo que tiene lugar ante una amenaza o por una ocupación. Aplicando esto al contexto venezolano se podrá inferir que actualmente en Venezuela se dan ambas condiciones como para justificar una intervención militar como medida inminente, algo que se ha demorado demasiado y que de no ponerse en práctica en breve traerá nefastas consecuencias para la oposición, para los integrantes más activos de la Asamblea Nacional (en su mayoría opositores), y de manera particular para su presidente y actual presidente interino del país, Juan Guaidó, figura clave para un posible estado de transición que pueda conducir de modo definitivo a la restauración del orden democrático y constitucional.

Existe una amenaza constante por parte del régimen chavista-madurista hacia el pueblo venezolano, lo que ya sobrepasó los límites conceptuales de amenaza para convertirse en hechos concretos, toda vez que las fuerzas represivas del régimen se han enfrentado abiertamente contra el pueblo venezolano. Los cientos de muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos de los últimos meses son vivos ejemplos en este sentido. Según el propio presidente Juan Guaidó:

“Desde el 23 de enero pasado a esta parte más de 800 venezolanos han sido detenidos, incluyendo a 84 menores de edad. Han ocurrido más 40 asesinatos por parte de los cuerpos de represión que aún son leales a Maduro. Entre 2015 y 2017 se sustanciaron en más 9.200 el número de ejecuciones extrajudiciales por parte de la máquina represiva, más de tres veces el número de desaparecidos en Chile durante la dictadura militar de Pinochet. Hay más de 4 millones de venezolanos que se han ido del país por razones económicas, huyendo de la violencia por persecución política. Eso lo ha hecho la dictadura de Maduro. ¡Por favor! Maduro se debe ir porque él es el obstáculo para superar esa situación y porque desde el 10 de enero se encuentra usurpando la Presidencia de la República”.

Mientas que, si de ocupación se trata, el asunto resulta mucho más complicado. Si se considera que el segundo mandato de Nicolás Maduro, el que se supone debió comenzar el pasado 10 de enero del presente año, es totalmente ilegítimo dado el desconocimiento por parte de la Asamblea Nacional de Venezuela, así como por el no reconocimiento casi generalizado de la comunidad internacional, entonces podemos referirnos a una ocupación del régimen chavista en Venezuela. Recordemos las concepciones filosóficas de Rousseau, según las cuales, resulta imprescindible el reconocimiento popular para poder establecer el sentido de la legitimidad (legitimidad fundamentada en el consenso).

Por otra parte la presencia militar y de agentes de la contrainteligencia cubana en territorio venezolano, la llegada de un centenar de asesores militares de origen ruso, así como las recientes declaraciones del régimen madurista acerca del posible arribo de otro grupo de “instructores” rusos -la presencia china es controversial y demasiado especulativa, hasta el presente indemostrable y negada por los propios chinos- reafirman la hipótesis de un estado de ocupación patente en el actual contexto político de la nación. De acuerdo a las declaraciones más recientes del embajador del presidente Guaidó en el Grupo de Lima, Julio Borges:

“La verdadera invasión ya ocurrió y fue la de los cubanos. Pero, esto debe acabar. La comunidad internacional debe detener este saqueo, evitar que se siga consolidando una dictadura con los recursos de los venezolanos”.

Las definiciones sobre intervención hacen referencia además a la idea de que en la mayoría de los casos requiere del uso de la fuerza, y es lógico que así sea, por cuanto se trata de exterminar lo que está provocando el conflicto, ya sea por ocupación o por amenaza, o por ambas modalidades combinadas, como es el caso concreto de Venezuela. 

Es justamente esta idea del uso de la fuerza lo que tal vez preocupe a muchos de los presidentes de la región, quienes se han pronunciado contra la posible intervención militar -y no agresión como dice Díaz-Canel, o invasión como también suele interpretarse- para exterminar definitivamente al régimen madurista.

El Grupo de Lima, que ha jugado un papel decisivo para que gran parte del mundo centrara su atención en el grave conflicto venezolano, rechaza la propuesta intervencionista, amén que de manera individual figuras claves en la región, como es el caso de Iván Duque, presidente de Colombia, y Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, se han pronunciado contra esta posibilidad, aunque Bolsonaro últimamente se ha mostrado un tanto más abierto sin que se pueda afirmar de modo categórico que defiende a plenitud la propuesta. Otras figuras como Lenín Moreno, primer mandatario de Ecuador, a pesar de sus fuertes declaraciones contra el régimen de Maduro y su posición firme en relación con la defensa del pueblo venezolano, también se opone a la idea de una intervención, mientras que el mexicano Andrés Manuel López Obrador (AMLO) persiste en su postura neutral con sus conceptos de la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones.

Continuará....