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LA CONTRARREVOLUCIÓN “PROGRESISTA” EN AMÉRICA LATINA. SEGUNDA PARTE.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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                        ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                        Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

               
               LA CONTRARREVOLUCIÓN “PROGRESISTA” EN AMÉRICA LATINA.
                                                   Segunda Parte.


Las figuras participantes en el Primer Foro Mundial de Pensamiento Crítico cuentan con un historial que los vincula de una u otra manera a los movimientos de la izquierda de América Latina y del mundo.

Repasemos a modo de un pase de lista para que se tenga una idea exacta de la desfachatez del nuevo foro convocado en Argentina teniendo en cuenta la “calidad” de la mayoría de sus asistentes. La primera en hacer uso de la palabra en la rimbombante tenida fue Dilma Rousseff, la expresidente de Brasil, recién destituida de su cargo, y ahora enjuiciada junto a Lula da Silva por asociación ilícita en caso de corrupción; este último no pudo asistir por encontrarse tras las rejas, pero envió una misiva “desgarradora” que cualquiera que no conociera de sus fechorías caería en su trampa populista.

Integran la nómina además el expresidente de Uruguay, José Mujica, quien se abstuvo al final de la jornada de hacer uso de la palabra para evitarse problemas con el actual gobierno de Uruguay; la expresidente de Argentina, Cristina Fernández, actualmente senadora y juzgada también por varios cargos en su contra, aunque aun en libertad dada su inmunidad parlamentaria; el expresidente colombiano Ernesto Samper, quien se desempeñó también como Secretario General de la UNASUR entre 2014 y 2017; así como el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, en representación del limitado líder boliviano Evo Morales.

Otras de las figuras que formaron parte de los paneles fueron el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel***, quien a pesar de su tendencia a la defensa de los desposeídos y sus aciertos en relación a las propuestas de la no violencia, hay al menos dos aspectos que lo delatan ante el mundo respecto a su postura reaccionaria izquierdista: su cargo dentro del consejo asesor de la televisora comunista venezolana Telesur, y su inserción como defensor del Movimiento de Teología de la Liberación, cuyos matices son eminentemente izquierdistas; la presidente de la controversial Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, con un historial de estrechos vínculos con los líderes del Socialismo del Siglo XXI.

También la exsenadora colombiana y “defensora de los derechos humanos” (es así su carta de presentación) Piedad Córdoba, del ala izquierdista del Partido Liberal, esto es, del Movimiento Poder Ciudadano del Siglo XXI, fundado por ella, destituida de su cargo como senadora e inhabilitada durante 18 años para ejercer oficios gubernamentales debido a vínculos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en 2006, aunque en 2016 el Consejo de Estado suprimió ambas acusaciones, quien se presentó en el encuentro “El futuro de la izquierda y de la dignidad humana”; así como el intelectual franco-español Ignacio Ramonet, quien actualmente ocupa la presidencia de honor de la Asociación de la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC), entidad dedicada a la defensa de una gran cantidad de causas de la izquierda política -ya sabemos que muchos intelectuales españoles se sienten demasiado atraídos por la izquierda.

A este grupo se unieron además dos figuras que no podían faltar para completar la crema de la perversidad latinoamericana. Me refiero a los excandidatos presidenciales Fernando Haddad, de Brasil, recientemente derrotado por Jair Bolsonaro, y Gustavo Petro, de Colombia, también derrotado por el Iván Duque, cuyos vínculos con las FARC -aunque fueran en otra etapa de su vida- lo hacen un ser inaceptable y repudiable para la humanidad. El primer derrotado, con su intervención “Brasil: la esperanza vencerá al miedo”, cuyo tema como es lógico hace alusión al supuesto ambiente brasileño tras la elección de Jair Bolsonaro. El segundo con participaciones destacadas durante el encuentro: “Hacia una nueva política democrática: poder ciudadano y justicia”. Ya nos podremos imaginar a este personaje disertando sobre cuestiones de justicia y democracia.

Pero si de maleantes se trata no podemos excluir a la insignificante participación cubana, la que estuvo representada por dos nulidades intelectuales, Gerardo Hernández y Ramón Labañino, presentados como héroes cubanos, cuando en realidad son fracasados espías y terroristas. Los “héroes” intervinieron junto a la chilena Isabel Allende, que figuró como representante del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de Cuba, en el homenaje a los 60 años de la llamada revolución cubana, así como en la entrega de distinciones, premios y reconocimientos.   

No podía faltar a este encuentro otro español de dudosa conducta y postura izquierdista, el jurista Baltasar Garzón, con un historial vinculado a figuras tan controversiales como Julian Assange, fundador de Wikileaks, refugiado político en la embajada de Ecuador en Londres, de quien ha sido director de su defensa, sin que olvidemos sus vínculos directos con los mandatarios Cristina Fernández, de quien recibió la documentación que lo acredita como residente extranjero en Argentina, en 2012; y con Rafael Correa, con cuyo gobierno colaboró al ser nombrado coordinador de la Veeduría Internacional a la Reforma de la Justicia, cuyo informe final se presentó en 2012.

Siempre nos faltará incluir a algunos de los autoproclamados progresistas y defensores de los derechos de los desposeídos -aunque ellos hacen gala de su riqueza personal conquistada a expensas de lo que extrajeron de sus respectivas naciones- en este “pase de lista”. No obstante, acá está una muestra representativa del universo del foro, suficiente como para tener una idea precisa de la calidad moral y humana de los participantes, al menos de los que ocuparon el protagonismo del evento.   

El gran disparate de Dilma Rousseff al afirmar que con Jair Bolsonaro en el poder se instaurará una variable neoliberal de neofascismo.

¿Qué dijo la Rousseff en su alocución ante los miles de seguidores del progresismo latinoamericano procedentes de más de 50 países? Con retórica un tanto pedante, y casi en desuso, la exmandataria se mostró firme al asegurar que la derecha de su país no tiene en sí un proyecto, según su opinión, a diferencia de los representantes del “progresismo” que en realidad tienen un frente popular y democrático. De igual forma aseguró que la resistencia es la única manera de enfrentar al neoliberalismo; pero en su discurso puso un especial énfasis en la presencia de Jair Bolsonaro, el hombre del momento, cuyas ideas diametralmente opuestas a las tendencias socialistas impulsadas por Lula da Silva y Dilma Rousseff, sin duda, repercutirán sobremanera en relación a la nueva orientación política de la nación. Según la exmandataria, Brasil “entró en un camino trágico” con la elección de Bolsonaro, camino que presupone un riesgo: “el riesgo es salir de la democracia y entrar en una variable neoliberal de un neo-fascismo”. ¡Cuantos “neos” utiliza la señora!

             


Dejando a un lado las expresiones que le han dado cierta celebridad a Jair Bolsonaro, aunque muy poco a su favor, de las que también he comentado, y se ha dicho demasiado, y tratando de ser imparcial respecto a los posibles efectos benéficos o no con la presencia del nuevo mandatario en el poder, trataré de comentar algunos puntos que merecen ser asumidos para que no se siga tergiversando la imagen del nuevo presidente de Brasil, por cierto, elegido democráticamente, sin trampas ni denuncias por parte de instancias observadoras, y con la aceptación de su triunfo por parte de su adversario Fernando Haddad, representante del Partido de los Trabajadores, de línea izquierdista y participante en el evento. 

Para encasillar a Bolsonaro dentro de modalidades neofascistas resulta necesario recordar que desde el punto de vista conceptual esta tendencia consiste en la pretensión y restauración definitiva de sistemas o tendencias de tipo fascistas en determinados países o  regiones. Esto presupone precisar que el fascismo es una ideología de carácter eminentemente totalitario y nacionalista cuyo clímax se alcanzó con la idealización étnico-racial proyectada por Adolfo Hitler en Alemania, quien le ofreció una sobredimensión de nacionalismo -en su sentido más amplio, incluyendo el arte, la literatura, la filosofía, el pensamiento, y la fuerte influencia de las tradiciones germanas primigenias-, elemento que ha perdurado hasta el presente con la aparición de nuevos grupos, no solo políticos, sino también sociales y culturales que intentan perpetuar la esencia de la ideología fascista inicial.

Pero el término neofascismo actualmente también suele aplicarse a ciertos grupos que profesan tendencias enraizadas en la extrema derecha, y aunque parezca contradictorio también se extiende a grupos de orientación izquierdista simpatizantes de Benito Mussolini, el fundador no solo de la corriente fascista en Italia, sino de manera general del fascismo propiamente dicho, por cuanto se maneja con frecuencia que la modalidad profesada y difundida por Hitler es en sí una ideología de tipo nacionalista extrema, vista por algunos como nacionalsocialista.

Tal vez por esta acepción que lo vincula al ultraderechismo es que se ha aprovechado por la contrarrevolución castrista para asociar a Jair Bolsonaro a la tendencia neofascista. Recordemos que dentro de su carta de presentación siempre ha estado a modo de caracterización curricular su etiqueta de ultraderechista, de extrema derecha, entre otros tantos calificativos que de modo despectivo le han acompañado mucho antes de que en sí se hablara de su trayectoria durante la reciente campaña electoral. Desprenderse de esto, al parecer, le costará demasiado trabajo toda vez que existe una tendencia internacional de la izquierda carnicera encaminada a desacreditar al nuevo presidente de Brasil, no solo desde aquellas naciones dentro del contexto latinoamericano que siguen profesando muy a su manera la idea comunista, sino de todas partes, incluidos varios países de la Unión Europea, de modo muy particular España, donde la izquierda cerril es tan bien promovida y donde los excéntricos militantes del Partido Comunista -porque también tienen su decadente Partido Comunista- te asechan en las calles con fines proselitistas. Los otrora afamados diarios de esta nación lo mismo lo han comparado con Donald Trump que con Nicolás Maduro, y de manera enfática sobredimensionan su encasillamiento dentro de un ultraderechismo o extrema derecha, aun cuando impresiona que sean tan desconocedores, o al menos irresponsables conocedores muy poco profundos de los conceptos claves de la historia sociopolítica actual y de la filosofía política contemporánea.   

Retomando las palabras de la Rousseff. Es una idea absurda y malintencionada, amén de un error conceptual, la afirmación de la expresidente de Brasil acerca de la instauración de tendencias neofascistas en Brasil a partir del inicio del mandato de Bolsonaro. Su pretensión no es otra que desacreditar al nuevo mandatario toda vez que su presencia al frente de la gran nación suramericana pondría freno al desorden político y social protagonizado por ella misma y por Lula da Silva, cuyas acciones siguen siendo ahora motivo de investigaciones que pudieran enriquecer desde el punto de vista legal las sendas causas abiertas contra ambos exmandatarios, la primera destituida de su cargo presidencial y acusada hace poco por asociación ilícita en caso de corrupción junto a Lula da Silva, y el segundo ya en prisión actualmente.

Bolsonaro desde una perspectiva religiosa de marcado énfasis evangélico aspira a realzar los valores de autenticidad nacionalistas, y esto no lo aproxima en lo más mínimo al  fascismo ni a las tendencias neofascistas. Es cierto que da la impresión, por ahora, y sin el tiempo necesario, por cuanto aun no se ha establecido en el poder, de ser un hombre demasiado conservador, lo que tampoco permite que se le asocie a ideas de tipo fascistas.

Las famosas afirmaciones suyas acerca de la defensa de ciertos métodos de tortura, sus proyecciones a favor de la dictadura militar y en contra de ciertos grupos étnicos de la nación, no son argumentos suficientes para clasificarlo dentro de una u otra tendencia, toda vez que se trata de afirmaciones hechas a lo largo de su vida, y escogidas recientemente para dañar su imagen durante la etapa de campaña presidencial.

Como ya dije en otra ocasión, demos un voto de confianza a Bolsonaro sobre esto, por cuanto solo se trata de palabras y no de acciones; su mandato no ha comenzado, y aunque tal vez no fuera la imagen del presidente ideal, dentro de las opciones de los brasileños en las elecciones, Bolsonaro era la mejor. Recordemos que de haber sido elegido Fernando Haddad estaríamos ante un caso de continuismo político, y lo que ocurrió en Ecuador con Lenín Moreno solo se da una vez cada 100 años. Haddad jamás se hubiera enfrentado a Lula da Silva ni encabezaría una campaña anticorrupción como hizo de manera ejemplar Lenín Moreno en Ecuador. Más bien todo lo contrario. ¿Es que acaso existe algún presidente a escala mundial que reúna aquellos requisitos diseñados por Platón en su emblemático texto La República? Así que demos tiempo al tiempo antes de juzgar demasiado a priori como hizo la expresidente de Brasil, Dilma Rousseff, con su tan malintencionada hipótesis sobre un imaginario neofascismo brasileño como modalidad de un neoliberalismo latinoamericano.       

Por su parte el malandro Luiz Inácio da Silva envió desde la cárcel una carta al foro en la que se solidariza con la causa de los reunidos, siendo demasiado escueto y sutil en su mensaje: “La reflexión, el pensamiento crítico, el soñar, proponer y construir un mundo mejor, más justo y más humano siempre será importante y nunca será fácil” (…) “parte de América Latina y del mundo vive el ascenso del atraso” (…) “un gran encuentro para recordar nuevamente que otro mundo es posible y necesario”.

CONTINUARÁ........

***Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz de 1980, protagoniza una campaña internacional para reunir las firmas necesarias y oficializar la candidatura de Lula da Silva para el premio Nobel de la Paz del 2019. Según Esquivel, Lula da Silva “es un luchador incansable contra el hambre y la pobreza, y su trayectoria lo transformó en un líder mundial por la paz y la dignidad humana”.