FOROFILO

NO SE ASUSTEN TAN PRONTO: SOLO ES ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR. Segunda parte.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

  • *****
  • 572
  • ¡Usuario Nuevo!

                                                             Cubanálisis El Think-Tank
                                  ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                                   Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

                NO SE ASUSTEN TAN PRONTO: SOLO ES ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR
                                                               Segunda parte.


4. Bajo nivel de escolaridad y analfabetismo. A pesar de los esfuerzos por mejorar el acceso a la educación en México, más de la mitad de la población adulta se quedó en la secundaria básica, de acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE. En 2016, el 53% de los adultos jóvenes (de 25 a 34 años) en México sólo contaba con educación por debajo de media superior, cifra que aumenta al 63% en el caso de personas entre 25 y 64 años, según el estudio Panorama de la Educación 2017 de la OCDE. El porcentaje de mexicanos que no cursó la educación media superior es mucho mayor a los promedios de los países de la OCDE, que es de 22% para personas de 25 a 64 años y de 16% para personas de 25 a 34 años. Aunque se trata de una gran proporción de mexicanos, la OCDE advierte que sí hay una mejoría sobre las personas que se quedan en la educación secundaria respecto a hace 16 años, aunque de acuerdo a las cifras mostradas la situación sigue siendo alarmante. Solo el 17% de los jóvenes de entre 25 a 64 años de edad en México había cursado la educación superior en el 2016, lo que se mantuvo casi de manera estacionaria durante el 2017, con solo variaciones mínimas decimales.

Esto repercute en la vida laboral y en el aspecto económico de los mexicanos, por cuanto los adultos con título de educación terciaria ganan un 56% más en promedio que aquellos con educación secundaria y tienen 10% más probabilidades de ser empleados, según los estudios de la OCDE. Pero no solo influye en este aspecto, sino que el bajo nivel de escolaridad incide en la salud mental, toda vez que es menos probable que sufran de depresión que sus similares con menor nivel educativo. Aquellos con un nivel menor a la educación media superior ganan en promedio 22% menos que los que la concluyeron.

De acuerdo con datos del Módulo de Condiciones Socioeconómicas, el porcentaje de personas que no sabe leer ni escribir es de 10.9% entre la población en condición de pobreza, y es mucho mayor en aquellos en pobreza extrema (23.5%). Entre la población con alguna discapacidad, el analfabetismo es de 22.6%. Así, es evidente que el analfabetismo no afecta por igual a toda la población mexicana, sino que está marcadamente presente en aquellas poblaciones en condiciones de vulnerabilidad y, aunque ha disminuido a lo largo de los años, sigue siendo de una magnitud importante. El bajo nivel educacional está en relación directa con la pobreza. Un país es rico solo cuando tiene educación, y cuando esta es verdadera, y no desde la apariencia de cifras.

Esencialmente las multitudes respaldan a AMLO, independientemente de la decepción respecto a otros representantes y partidos, por carecer de la percepción elemental acerca de lo que han hecho, por ser grandes sectores poblacionales que de manera tradicional han estado apoyando -muchas veces sin saber en sí lo que apoyan, defienden y proclaman- lo que han creído que pueda solucionar sus males, sus conflictos y sus problemas con un mínimo de esfuerzo que no sea el de plasmar una firma, una huella, o un signo. Esto es  justamente lo que aprovechan aquellos que de manera inescrupulosa han estado jugando con los sentimientos de las masas menos letradas, a los que se les manipula con facilidad mediante promesas que una vez en el poder olvidan, y con actos anunciados que jamás llegan a concretarse.

En el caso de México hay muchos elementos en torno al absurdo comportamiento de sus ciudadanos con el apoyo mayoritario a AMLO. En una nación cuyos índices de pobreza, desigualdad, delincuencia, violencia, corrupción, drogadicción, entre otros males, caracterizan el panorama social, es de esperarse cualquier tipo de reacción por muy absurda que parezca, y esta respuesta mayoritaria a un líder de la izquierda, a pesar del descrédito generalizado en que han caído de manera general en la región, es una prueba concreta de esto.

Pero de todos los males de la nación azteca el peor de todos es el bajo nivel educacional en el que viven inmersos millones de seres a los que los términos izquierdismo, derechismo, socialismo, democracia, progresismo, neoliberalismo, globalización, etc., no son sino conceptos al extremo distantes y ajenos. A pesar de que el índice de analfabetismo en el país ha disminuido en las últimas décadas, no deja de ser un flagelo, y aunque el promedio nacional es de 6,31% para los hombres y de 8,89% para las mujeres, en muchos estados como Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Veracruz, las estadísticas están muy por encima de la media nacional al oscilar entre un 15% y 20%.

Los líderes socialistas han encontrado a través de los años un excelente caldo de cultivo para la proliferación de la descabellada idea socialista entre aquellos que no solo son  desposeídos, marginados, rechazados o proscritos, sino carentes de instrucción que solo pueden sobrevivir inmersos en su subculturización y su pobreza, y no se me malinterprete esta última opinión. No sería justo que se me incluyera entre aquellos que actualmente defienden la desastrosa oleada discriminatoria que se extiende por doquier. No obstante, es necesaria la descripción de lo que considero un fenómeno de carácter social para llegar a comprender, al menos de modo incipiente, esa respuesta efusiva de más del 50% de la población mexicana al respaldar a un líder izquierdista.

De modo que lo primero es poder pensar, o sea tener la capacidad de hacerlo; luego habrá que pensar bien, esto es, tener la posibilidad de discernir entre lo bueno y lo malo, lo perecedero y lo inmortal, entre otras tantas cosas entre las que se encuentra la agudeza para distinguir entre aquellos que engañan con utópicas promesas y los que dan muestras de sinceridad y actuaciones correctas. Pero esto último ha estado demasiado ausente entre los líderes mexicanos, independientemente de su posición política. toda vez que en décadas no se ha resuelto ninguno de los graves flagelos comentados antes, y que han convertido a la nación mexicana en un paradigma de desigualdad social dentro de la región. De ahí la decepción de los mexicanos por todo lo que tenga que ver con la política nacional, amén del desconocimiento generalizado del acontecer internacional, y esto ha contribuido también a esa inexplicable predilección por un líder defensor de una tendencia que para las multitudes solo resulta una idea demasiado confusa como para tomar partido con firmeza.


               

                       Andrés Manuel López Obrador, el nuevo presidente de México.
               Representante de la izquierda y admirador del Che Guevara y de Fidel Castro.
 

Cuando la subsistencia es prioritaria lo importante es comer, vestirse y calzarse; pero también se acude al alcohol hasta hacerlo parte inseparable de sus vidas; y además a drogarse para permanecer enajenados de sus penas. Para aquellos que viven inmersos en ese tipo de vida, da igual quien gobierne, que partido represente, y qué repercusión futura pudiera tener en sus tristes vidas, algo muy común en una nación bien necesitada de salir adelante.

La pobreza y la subculturización no dan cabida a la capacidad de análisis que permita distinguir lo que un sistema social y político pueda ofrecerles o quitarles. Para las multitudes basta unas pocas palabras efusivas -en lo que los populistas son verdaderos expertos- con las consabidas promesas que luego quedan en la agenda, independientemente de que sean pronunciadas por alguien de la derecha, por un comunista o por un líder y reformador religioso. Siempre ha sido así a través de la historia, y el México del siglo XXI no es una excepción. 

Ya se decepcionarán los mismos que hasta ahora lo han apoyado incondicionalmente cuando lo prometido jamás se cumpla y cuando se apodere de todos los bienes del pueblo mexicano a pesar de su campaña anticorrupción y de sus discursos con propuestas proteccionistas a los pobres.

Lo predijo Karl Marx y lo fundamentó en su obra El Manifiesto Comunista desde la segunda mitad del siglo diecinueve con sus experiencias proletarias -a pesar de que jamás estuvo entre ellos, sino como bien diría José Martí, anduvo en la sombra-, y luego en Latinoamérica los dictadores Fidel Castro en el siglo XX y Hugo Chávez en el siglo XXI se encargaron de promocionar siempre mediante el engaño y la manipulación de los menos letrados y desposeídos.

A estos aspectos hemos de añadir la repercusión que ha ejercido el alto grado de corrupción que ha tenido el país durante décadas, así como la decepción de los mexicanos respecto a varios de los gobiernos, cuyos líderes jamás han logrado sacar al pueblo mexicano de su precaria situación.

El descontento y la decepción con el sistema actual han podido más que cualquier otro aspecto. López Obrador deberá concretar cómo acabar con la corrupción más allá de la honestidad que teóricamente pretende promocionar, lo que supone la realización de una definición precisa de un plan bien diseñado para reducir los niveles de violencia que son la carta de presentación de México.

Ahora México no solo ha elegido un nuevo presidente, sino también la instauración del Partido MORENA, el partido que representa AMLO, que gobernará también la Ciudad de México y obtuvo el poder en varias gobernaciones. Hace18 años el país decidió poner fin a la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional, PRI, después de 70 años; ahora exige una transición, un cambio de régimen tras dos décadas de alternancia entre los partidos tradicionales, esto es, el Partido Acción Nacional, PAN, -entre 2000 y 2012-  partido político laico, autodenominado de ideología humanista, afín a las ideas liberales, tomistas y de la democracia cristiana, de postura de centro, aunque los analistas actualmente han preferido ubicarlos como de derecha; así como el Partido de la Revolución Democrática, PRD, cuya ideología es de izquierda, y con un historial que los situó encabezando coaliciones en el segundo puesto en las elecciones de 2006 y de 2012.

Ahora México ha dado en las urnas la espalda al legado de Enrique Peña Nieto, encarnado en José Antonio Meade, y ha rechazado también el cambio que proponía Ricardo Anaya. Al mal resultado de Meade se suma, a falta de resultados concretos, la más que previsible pérdida de poder a nivel local, lo que obliga al partido que está en el imaginario de todos los mexicanos desde hace décadas a iniciar una inesperada trayectoria. La apuesta por Meade, un tecnócrata con amplia trayectoria en el Gobierno con el que Peña Nieto pretendía contener el desgaste de su administración y del partido, resultó un fracaso. Además, las fracturas internas incidieron para que tuviera lugar una campaña condenada al fracaso desde el inicio. El final del sexenio plagado de violencia y corrupción, junto a los resultados de esta elección, complican sobremanera la imagen del actual presidente, hasta ahora en aparente armonía con AMLO, quien ha referido una etapa de transición mesurada y sin contratiempos.

Esta panorámica general de algunos aspectos en torno a la vida social mexicana pudiera parecer un tanto extensa y aparentemente desligada del tema eje de nuestro comentario; pero lejos de esto, pretende insistir en el porqué de ese inexplicable comportamiento del pueblo mexicano que se aparta del patrón regional actual en relación con la decepción de los regímenes izquierdistas y la aceptación y resurgir de una derecha que específicamente en América Latina no será perfecta, pero al menos no conduce a sus pueblos al totalitarismo mediante la represión y las violaciones de los derechos ciudadanos mínimos.

Y es justamente esta trilogía integrada por la decepción de los mexicanos, el alto grado de corrupción de sus gobiernos y el bajo nivel educacional, lo que determinó la inserción de AMLO en la sociedad mexicana con esos aires de triunfo a partir de promesas y de proclamación de reformas, algo que acaba de reafirmar tras conocerse los resultados del escrutinio preliminar que lo proclama presidente de México.

                                                           Continuará.