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Karl Marx, el misterio de un legado que se dispersa en el tiempo. Cuarta Parte.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

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               Karl Marx, el misterio de un legado que se dispersa en el tiempo.
                                                        Cuarta Parte.
                                          Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


Al parecer han preferido el opio del marxismo para enajenarse en su fantástico micromundo “sin clases sociales”, de dictaduras proletarias, de ¿“igualdades”? y de “distribución equitativa” de los bienes producidos, nada más distante de la realidad de aquellos regímenes totalitarios que dijeron o que aun dicen ser socialistas.   


               


¿Siendo entonces el marxismo una tendencia o corriente de pensamiento carente de aplicabilidad en el orden práctico como ya he insistido de manera reiterada, lo que presupone una inevitable pérdida de su vigencia, entonces cómo es posible que se mantenga dando tanto que hacer en nuestros días?
 
El propio Marx se adueñó de una frase que no le corresponde como autor, aunque los ignorantes le atribuyen sus derechos cada vez que la citan: “Sie ist das Opium des Volks” (la religión es el opio de los pueblos),* y Marx al darle una connotación tan suprema a sus teorías, tal vez sin proponérselo, estaba originando el despertar de una nueva “religión” – utilizado el término de manera metafórica y no en su real significado–. Sus seguidores cambiaron el reino de los cielos por el mundo de los proletarios, el Dios al que la mayoría de los hombres idolatran por la pujante fuerza de los supuestos obreros, el Hombre-Redentor hijo de Dios y proclamador de una fe por el Hombre-Pensador impulsor de la rebeldía entre las multitudes, la Biblia por El Capital, el Credo de Nicea por El Manifiesto Comunista, con lo que fomentaron nuevas formas de adoración, nuevas normas de conducta, nuevas directrices, nuevos códigos éticos. En fin, lo mismo que han creado todas las religiones a través del tiempo, desde la época de Krishna en la lejana y distante India hasta la aparición de Mahoma en territorios árabes. 

Y como según el autor de Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel “la religión es el opio del pueblo”, es lógico que la sentencia a él atribuida sea aplicable también al contexto de la nueva religión de los pobres y desposeídos encargados de apropiarse de todo lo que usurparán a la supuesta clase dominante. El opio con su poder alucinante los ha conducido a proclamar por más de un siglo las grandezas del nuevo reino, el del socialismo con su fase superior, el comunismo, que no admite nada por encima de su acabada y absoluta factura.

Si bien los religiosos practicantes y devotos no han podido demostrar la realidad de su mundo celestial – excepto por lo que le han referido los místicos y sabios que al parecer alcanzaron ciertos estados de beatitud como para poder acceder a tan remotos misterios y percibir al menos un ápice de lo que consideran inconmensurable, y más allá de todo tiempo y lugar– tampoco los marxistas han podido comprobar la realidad de un sistema que jamás se ha podido concretar como acto, y cuyos intentos de establecimiento han llevado al caos total de aquellas naciones en las que se impuso por la fuerza las formas socialistas como modelo social y económico.
 
Los marxistas, como los devotos practicantes de cualquier modalidad de fe, no han tenido otra opción de aceptar lo que los fundadores creyeron podría ser cierto, y que dieron como ciencia de las ciencias y filosofía de las filosofías, por cuanto, la no existencia en el orden práctico de naciones donde se hubiera proclamado el socialismo tal y como lo enunciaron Marx y Engels, impide admitir la veracidad de su existencia toda vez que carece de toda posible comprobación y demostración de una eficacia esbozada teóricamente por los considerados fundadores del Materialismo Histórico. 

Así que no han tenido otra opción que aceptar por fe ciega el legado de Marx – como han hecho los religiosos al aceptar la idea de un mundo espiritual más allá de lo que percibimos y podemos comprobar en el mundo material– y continuar proclamando las “bondades” que los promotores del materialismo histórico establecieran como nuevas pautas para las sociedades, que cual modelos y prototipos se supone se extenderían inevitablemente por el mundo.   

Pero esta hipótesis no responde del todo la interrogante acerca de cómo es posible que se mantenga dando tanto que hacer en nuestros días a pesar del conocido fracaso de las naciones de Europa Oriental y de la extinta URSS, así como de la adopción de modos eminentemente capitalistas en otros países como China a pesar de que se siguen autonombrando socialistas, amén del grupúsculo de naciones latinoamericanas que abrazaron la idea socialista bajo la terrorífica influencia de Castro y Chávez sin que se desprendieran de la privatización de la propiedad – requisito elemental dentro de los cánones del socialismo–.

El citado filósofo coreano que he tomado como referencia en los escritos anteriores al intentar responderse a la interrogante acerca de las lecciones que podríamos obtener de su “peligroso y delirante legado filosófico”, así como a esa “contribución duradera” que ya tratamos antes, expresó:   

“En la actualidad, parecería que su legado está vivo y en buena forma. Desde el inicio del milenio, han surgido una cantidad incalculable de libros, desde trabajos académicos hasta biografías populares, en los cuales se respalda en términos generales la lectura que Marx hizo del capitalismo y su relevancia imperecedera para nuestra época neoliberal” (…) “En estos días, la opinión liberal y educada coincide de forma más o menos unánime en que la hipótesis básica de Marx es correcta: el capitalismo es impulsado por una lucha de clases profundamente divisiva en la que la clase minoritaria en el poder se apropia del excedente de mano de obra de la clase trabajadora mayoritaria, a manera de ganancia”.
 
Hasta aquí al parecer las cosas se inclinan a favor de Marx; pero al evocar a Nouriel Roubini, quien plantea que la convicción de Marx de que el capitalismo tiene una tendencia inherente a autodestruirse sigue siendo tan profética como lo fue desde un inicio, es donde termina ese favoritismo hacia el pensador alemán. En este sentido explica Jason Baker:

“Aunque la mayoría coincide con el diagnóstico del capitalismo que ofreció Marx, las opiniones para encontrar la manera de tratar su “trastorno” están absolutamente fraccionadas. Además, en este punto radican la originalidad y la gran importancia de Marx como filósofo” (…)
“Primero que nada, seamos claros: Marx no llegó a una fórmula mágica para poder abandonar las enormes contradicciones sociales y económicas que conlleva el capitalismo global
(según Oxfam, en 2017, el 82 por ciento de la riqueza en el mundo fue a parar en manos del uno por ciento más rico del planeta). No obstante, lo que Marx sí consiguió por medio de su pensamiento materialista fue obtener las armas críticas para socavar la declaración ideológica del capitalismo que lo muestra como la única opción”.


Y es justamente en el hecho de haber presentado su doctrina como opción única donde radica su principal punto débil, lo que hace del marxismo una corriente de pensamiento no solo inaplicable en el orden práctico como ya he comentado antes, sino fracasada e imposibilitada de salvar para presentarla bajo un nuevo ropaje. Los fracasos sucesivos de las naciones de América Latina a las que se impuso una ambigua modalidad que, combinando formas de producción y económicas capitalistas con un estricto o moderado control estatal, dijeron llamarse socialistas del siglo XXI, demuestran que cualquier intento experimental fracasaría como también sucedió con el hundimiento del llamado campo socialista de la Europa oriental y la URSS en el pasado siglo XX, y si nos remontamos a los precedentes de Marx, al fracaso de las descabelladas ideas, tan delirantes como las de Marx, del francés Étienne Cabet con su Viaje a Icaria, devenido en viaje a Texas para establecer una comunidad socialista en tierras americanas.     

Pero muchos siguen tras los pasos del materialismo histórico porque el marxismo incita a la rebeldía de los desposeídos, y el mundo está repleto de desposeídos a quienes los líderes socialistas actuales les pretenden ofrecer una fórmula fácil para “apropiarse” de lo ajeno y salir de sus calamidades en lugar de incitarles al trabajo que ennoblece, y al estudio y la reflexión que hacen comprender y asimilar el rol del hombre con mayor claridad.

A las multitudes ignorantes, que generalmente suelen ser las más desposeídas, les conviene arrebatar el supuesto capital descrito hasta en cansancio por Marx en todas sus obras, antes de superarse a sí mismos y llegar a ser hombres emprendedores y libres no por la violencia y la lucha de clases promulgada por los teóricos del marxismo, sino por las vías de la inserción pacífica e inteligente en el contexto de una sociedad – la sociedad capitalista que tanto criticó Marx, pero que hasta el momento no ha podido ser destruida por el proletariado como auguró el autor de La miseria de la Filosofía–, que si bien no es perfecta, todo parece indicar que es mejor que el socialismo diseñado magistralmente por Marx en sus obras, aunque como ya sabéis conduce inevitablemente a los países que lo asumen al caos, ya no solo en lo económico, sino en sus aristas éticas, morales, cívicas, políticas, sociales, científicas, en fin… ad infinitum.   

Al final los desposeídos siguen siendo desposeídos, y tras breve tiempo terminan siendo más pobres aún, y los otrora pudientes que todo lo perdieron toda vez que los “proletarios”  – en sí los nuevos magnates del régimen establecido–   les arrebataron sus bienes caen también en la pobreza ante el surgimiento de una nueva clase dominante y manipuladora, que bajo el aparente matiz de un apadrinamiento incondicional a sus seguidores los comienzan a explotar hasta dejarlos en un estado de caos no tratado por Marx, quien como diría el cubano José Martí, anduvo de prisa y en la sombra, y como yo añado, sin vislumbrar el nacimiento de una nueva clase explotadora integrada por los militantes del comunismo promulgado y defendido a capa y espada en las tenidas y congresos de los tiempos mozos de Marx, y que ahora, los nuevos líderes defensores del marxismo con sus promesas – siempre incumplidas y generadoras de nuevas propuestas, cual serie ilimitada  de proposiciones, enmiendas, modificaciones, rectificaciones y perfeccionamientos en pos de alcanzar lo inalcanzable y de justificar lo inexistente– a los “sumisos” proletarios del presente tratan de conquistar.        

Tal vez si Karl Marx hubiera dedicado menos tiempo a criticar a otros sistemas filosóficos y de manera particular a muchos filósofos, entre los que vale citar a Hegel (Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, 1843, y en menor medida Manuscritos económicos y filosóficos, 1844), Feuerbach (Tesis sobre Feuerbach, 1845, y La ideología alemana, 1845), Proudhon (La miseria de la filosofía, 1847), así como a los jóvenes hegelianos: Bruno Bauer y Max Stirner, además de Feuerbach (La ideología alemana,1845) y a los socialistas utópicos: Saint-Simon, Fourier y Owen (El Manifiesto Comunista,1848), entre otros, y mucho más a intentar dar una posible solución, al menos más lógica, coherente y dialéctica, como colofón final a sus excesivas teorizaciones, el destino del marxismo hubiera sido otro; aunque como es lógico despojándose además de ese sentimiento prepotente, autoritario, totalitario y absolutista con el que impregnó su análisis filosófico, y que fuera determinante para impedir la supervivencia del marxismo más allá de su grupúsculo de fanáticos seguidores, quienes al parecer han preferido el opio del marxismo para enajenarse en su fantástico micromundo “sin clases sociales”, de dictaduras proletarias, de ¿“igualdades”? y de “distribución equitativa” de los bienes producidos, nada más distante de la realidad de aquellos regímenes totalitarios que dijeron o que aun dicen ser socialistas.
   
Continuará.

*La religión es el opio del pueblo o La religión es el opio de los pueblos, es una traducción de la frase original alemana Die Religion Sie ist das Opium des Volkes, frase atribuida erróneamente a Marx, y hasta a Lenín por los menos letrados; pero que en realidad pertenece como otras de las que también se apoderó a Bruno Bauer (1809-1882), filósofo y teólogo alemán, amigo personal de Marx y miembro de la izquierda hegeliana. El discutido y polémico sentido de la frase pudiera ser visto en el mejor de los casos como una percepción marxista acerca de que las religiones eran como sedantes o narcóticos que creaban una felicidad ilusoria en la sociedad; “drogas que contribuían a evadir al hombre de su realidad cotidiana; prejuicios burgueses detrás de los que se ocultaban los verdaderos intereses del capitalismo”. (Antonio Cruz Suárez en el artículo: Marx, el simplismo de la religión como opio del pueblo). Este mismo autor refiere que Marx combatió a la religión por cuanto consideró que no satisfacía las verdaderas necesidades del hombre, sino que les incitaba a aceptar sus vicisitudes y, por tanto, “desviaba sus deseos de justicia y felicidad del mundo humano al mundo divino” (…) “No obstante, ni el ateísmo beligerante que profesaba Lenin, ni el más moderado de Marx o el de Feuerbach, se apoyan sobre un fundamento suficientemente convincente. Es indudable que existe una influencia de lo psicológico, de lo social e incluso de lo económico sobre la religión y la idea de Dios, pero tal influencia no dice nada en absoluto acerca de la existencia o no existencia de Dios. Es verdad que el hombre puede hacer la religión pero esto no significa que también sea capaz de hacer a Dios”. Finalmente Antonio Cruz Suárez, biólogo español defensor de la teoría del diseño inteligente opuesto al neodarwinismo ateísta concluye que: “Los pensamientos que el hombre se forma acerca de Dios, las representaciones humanas de la divinidad, no demuestran que Dios sea sólo el producto del pensamiento o de la imaginación humana. El hombre es obra de Dios pero Dios no es obra del hombre” (…) “Por tanto, el ateísmo marxista es una pura hipótesis sin pruebas, dogmática e incapaz de superar la fe en Dios”.
 http://protestantedigital.com/magacin/13637/Marx_el_simplismo_de_la_religion_como_opio_del_pueblo

Marx cita la frase por primera vez en Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, en 1843, aunque publicada en el periódico en Deutsch-Französischen Jahrbücher en 1844.

“La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo.

Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real. La exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones. La crítica a la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas, cuyo halo lo constituye la religión”.