FOROFILO

Karl Marx, el misterio de un legado que se dispersa en el tiempo. Tercera Parte.

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

  • *****
  • 573
  • ¡Usuario Nuevo!
                Karl Marx, el misterio de un legado que se dispersa en el tiempo.
                                                      Tercera Parte.
                                        Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


El marxismo no es la expresión acabada de la verdad, y no puede considerarse como algo carente de límites para abrirse a una universalidad en el tiempo y en el espacio de la que carece, sin atenerse a las exigencias del devenir histórico de la contemporaneidad.


             


Santa Cruz de Tenerife. España.- Como ya expresé en alguno de los escritos anteriores esta serie en sí la podemos asumir como una conferencia escrita para ser dictada, en este caso para ser leída, toda vez que el medio que utilizo últimamente para compartir algunas de mis ideas con aquellos que amablemente me siguen, es la escritura, aunque sigo prefiriendo la palabra cuando esta se dice ante un auditorio, no importando cuan numeroso pueda ser, sino que esté presente tan solo una exigua minoría interesada en el tema a tratar.

Me sucedió muchas veces en las tenidas inolvidables que tenían lugar en el Oasis Teosófico-Martiano, institución única de su tipo en el mundo, con sede en la ciudad de Cienfuegos, Cuba, a los que con frecuencia asistían entre cinco y diez jóvenes interesados por las abstracciones de Plotino, Platón, Emerson, Blavatsky, Pitágoras, Hegel, Martí, y otros tantos grandes pensadores de todos los tiempos y de cualquier latitud.

A veces me preguntaban si no sería en vano dedicar tantas horas de estudio y de preparación para permanecer conversando durante algo más de una hora si al final solo asistían unos pocos muchachos interesados por aquel saber que solo sabe lo divino, como diría el que me precedió en la noble labor de enseñar lo que se ha definido como Sabiduría Divina o Sabiduría de los Dioses. Me refiero como es lógico al Don Manuel Martínez Méndez, como se le decía no solo por su grandeza, sino porque procedía de Asturias, España, desde donde vino a descubrir la grandeza del cubano José Martí, quedándose para el resto de su vida en Cuba, de ahí que lo de
Don lo acompañó para siempre en la pequeña isla que hizo suya.

Esto no es en modo alguno una digresión del eje temático que estamos siguiendo en estos días, sino que forma parte de lo que en materia de pedagogía se le llama motivación, aspecto diferente de la introducción, aunque algunos no lo sepan. Así que retomando ahora el asunto del legado de Marx desde la perspectiva de si es o no una “contribución duradera”, según nos ha expresado el filósofo coreano Jason Barker, que he asumido como fuente referencial, sin que olvidemos su idea acerca de su “peligroso y delirante legado filosófico”.

Recapitulemos pues en esta tercera parte algunas de las ideas esenciales ya tratadas.   
En el escrito anterior nos detuvimos a analizar el tema de esa supuesta “contribución duradera” llegando a concluir que:


1. Toda la contribución de Karl Marx es exclusivamente teórica. Marx jamás salió de su torre de marfil. Lo que no significa que neguemos completamente su aporte, independientemente de los posibles desaciertos que pudiera tener su teoría de la lucha de clases, que él consideró el “motor de la historia”, aunque contradictoriamente ese motor desaparecería a partir de la eliminación de las desigualdades clasistas con la instauración de lo que llamó la dictadura del proletariado.

2. Si vamos a referirnos a una “contribución duradera” hemos de limitarnos conceptualmente a una contribución totalmente teórica carente de sentido en el orden práctico, y esto no dejaría lugar para las disparatadas concepciones actuales acerca de una vigencia del marxismo y de toda posible aplicabilidad de la enseñanza marxista a los contextos sociales actuales.

3. El NO definitivo al socialismo presupone la negación del legado marxista, y por lo tanto de la extinción de esa contribución social del legado del fundador del materialismo histórico.

4. Su contribución filosófica puede considerarse delirante y peligrosa toda vez que Marx incita al odio entre los hombres, al enfrentamiento entre unos y otros, al derrocamiento de una clase por la fuerza arremetedora de otra. Su propuesta resulta demasiado violenta, algo que es patente en su Manifest der Kommunistischen Partei: “Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía. Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios”.

Así las cosas, tratemos de adentrarnos ahora en sus duras críticas a los socialistas utópicos desde la perspectiva de un juicio crítico valorativo, pero no a los tolerantes utópicos, sino al propio Marx toda vez que el tampoco fue capaz de solucionar el gran conflicto de las contradicciones de clases, al menos en el orden práctico, aunque muchos se empeñen en querer demostrar lo contrario para continuar dando un inmerecido valor – cuando este se sobrevalora como suele suceder cuando se analiza el llamado legado marxista– al papel del marxismo en un contexto completamente antimarxista y en medio de la profunda crisis por la que ha estado atravesando esta tendencia, aunque algunos se empeñen en ver detrás de esta decadencia una vigencia inexistente y carente de sentido y un fortalecimiento del materialismo histórico en el momento actual.     

Karl Marx afirma que el estado es una herramienta que utiliza la clase burguesa para poder dominar al proletariado. La clase oprimida debe tomar el control del estado, lo que llamó “la dictadura del proletariado”, y hacer uso del mismo para eliminar las clases sociales. Sin embargo, de forma paradójica aseguró que “el motor de la historia es la lucha de clases”. Si desaparecen las clases, también se eliminan sus luchas, y se negaría por lo tanto, el desarrollo mismo de las sociedades - lo digo yo y no Marx-. Los utópicos defendieron la idea de una armonía y tolerancia entre todos, pero no de una lucha.

“Repudian, por eso, toda acción política, y en particular, toda acción revolucionaria; se proponen alcanzar su objetivo por medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre”, expresó Marx en El Manifiesto Comunista. [/b]

Los Utópicos estaban influenciados por el pensamiento de Rousseau (1712-1778), representante de la Ilustración francesa, por lo que enfatizaron en ciertos principios como la solidaridad, la filantropía y el amor fraternal, los que atenuarían las desigualdades sociales y las injusticias derivadas de ello, lo que los hizo más utópicos aún, por cuanto, su filantropía y principios de fraternidad quedaron solo como mera abstracción filosófica carente de sentido práctico.

El término Socialismo Utópico fue manejado desde la primera mitad del siglo diecinueve por el francés Louis Auguste Blanqui (1805-1881), aunque alcanzó notoriedad a partir de los aportes Marx y Engels en su Manifiesto Comunista, los que criticaron a los socialistas utópicos por ser “idealistas” y como fue habitual en ellos, de “ingenuos” a aquellos que fueron capaces de prever que la doctrina socialista era algo irrealizable que quedaría como idea o proyecto.

Para diferenciarse de los socialistas utópicos crearon el término Socialismo Científico, más tarde difundido como Comunismo Científico. El Socialismo Utópico proclamaba la creación de una sociedad ideal y perfecta, en la que el hombre se relacionase en paz, armonía e igualdad y sus fines y objetivos habrían de lograrse a través de su voluntad siempre de manera pacífica, idea que no coincide con los planteamientos marxistas, por cuanto, estos defienden las revoluciones, huelgas y manifestaciones por parte de la clase trabajadora en sus luchas antagónicas contra la burguesía.

Pero Marx arremetió contra ellos en su Manifest der Kommunistischen Partei: “Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social. Por eso se oponen con encarnizamiento a todo movimiento político de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega falta de fe en el nuevo evangelio”. [/i]

Cito a continuación otras ideas correspondientes a Marx y Engels tomadas de Manifest der Kommunistischen Partei, con las que caracterizaron a los socialistas utópicos. 

“Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político propio.

Como el desarrollo del antagonismo de clases va a la par con el desarrollo de la industria, ellos tampoco pueden encontrar las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se lanzan en busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones.

En lugar de la acción social tienen que poner la acción de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se reduce para ellos a la propaganda y ejecución práctica de sus planes iniciales.

Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así como su propia posición social, les lleva a considerarse muy por encima de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones de vida de todos los miembros de la sociedad incluso de los más privilegiados. Por eso, no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinción, e incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque basta con comprender su sistema, para reconocer que es el mejor de todos los planes posibles de la mejor de todas las sociedades posibles.

Estas fantásticas descripciones de la sociedad futura, que surgen de una época en que el proletariado, todavía muy poco desarrollado, considera aún su propia situación de una manera también fantástica, provienen de las primeras aspiraciones de los obreros, llenas de profundo presentimiento, hacia una completa transformación de la sociedad.

La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos está en razón inversa al desarrollo histórico. A medida que la lucha de clases se acentúa y toma formas más definidas, el fantástico afán de ponerse por encima de ella, esa fantástica oposición que se le hace, pierde todo valor práctico, toda justificación teórica. He ahí por qué si en muchos aspectos los autores de estos sistemas eran revolucionarios, las sectas formadas por sus discípulos son siempre reaccionarias, pues se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a pesar del ulterior desarrollo histórico del proletariado. Buscan, pues, y en eso son consecuentes, embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Continúan soñando con la experimentación de sus utopías sociales; con establecer falansterios aislados, crear homecolonies en sus países o fundar una pequeña Icaria, edición en dozavo de la nueva Jerusalén. Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social”.


Pero la visión de Marx fue otra; aunque al final también cayó en esos sueños  de la experimentación de “utopías sociales” al dar por acabada – me refiero a perfección absoluta que no admite posibilidad alguna de modificación, según lo que sus doctrinas establecen para el modelo comunista– la sociedad que quiso establecer en un modo ideal por el concebido, con lo que se niega a sí mismo a las propias leyes de la dialéctica propuestas por él en unión de Engels.
 
De acuerdo con las teorías marxistas el ente estatal perdería su finalidad, esto es, dominar a una clase, extinguiéndose de manera prácticamente natural. Una vez extinguido el estado, según la propuesta marxista, debe implantarse una organización planificada en los planos económicos, sociales y políticos.

Es cierto que fue capaz de adentrarse en el fenómeno social del contexto, no solo de la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, sino de una parte considerable de Europa, lo que le permitió exponer con claridad en El Manifiesto Comunista: “Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado”.

Marx propone la instauración de la dictadura del proletariado con lo que se supone se elimine la clase burguesa a cualquier precio. De ahí que criticara de manera enérgica y un tanto despectiva a los socialistas utópicos que se pronunciaron por lograr una armonía y equilibrio evitando el enfrentamiento de clases, lo que Marx asumió como una falta de visión para advertir iniciativas históricas, ni ningún movimiento político propio en los sistemas de figuras brillantes como Saint-Simon, Fourier y Owen, todos reconocidos por José Martí, a quien hemos estado asumiendo por estos días como referente de obligada consulta, aunque como ya todos saben jamás profesó el socialismo.

El marxismo no es la expresión acabada de la verdad, y no puede considerarse como algo carente de límites para abrirse a una universalidad en el tiempo y en el espacio de la que carece, sin atenerse a las exigencias del devenir histórico de la contemporaneidad. 

Si analizamos la cuarta de las ideas conclusivas expuestas anteriormente, casi al inicio de este escrito, la referida a que su contribución filosófica puede considerarse delirante y peligrosa podrán darse cuenta que me limité a señalar el por qué la considero peligrosa, dejando a un lado el concepto de delirante que se cuestionó Jason Barker, algo que hice a ex profeso, y que ahora retomo para concluir esta tercera parte, que en sí ha sido casi un resumen de los aspectos fundamentales abordados en los anteriores escritos y a lo que solo añadí como nuevo lo referente a las valoraciones de Marx sobre los socialistas utópicos con alguna que otra pincelada mía a modo de comentario.

Hasta el momento yo he sido respetuoso con Marx, siguiendo el ejemplo de Martí, quien fue capaz de señalarle su talón de Aquiles sin dejar de admirarlo y respetarlo al propio tiempo. Con esto estoy precisando que lo de su legado filosófico delirante no es mío, sino de un filósofo de origen coreano, profesor adjunto de Filosofía en la Universidad Kyung Hee.

Yo no le hubiera llamado de esta forma, aunque al igual que el cubano José Martí soy capaz de señalarle sus múltiples puntos débiles, de hecho, he estado reiterando en estos escritos la ausencia de aplicabilidad práctica a toda su excesiva teorización sobre proletarios, luchas clasistas, enfrentamientos y toma de poderes, hasta el absurdo de la teoría de la dictadura del proletariado.
 
Pero lo de delirante ya es cosa mayor. ¿Dónde pudiera radicar pues la esencia de ese delirio que ha encontrado nuestro referente de Corea del Sur?

Veamos lo que cree un español salpicado por la influencia izquierdista contemporánea, aunque como español al fin, desconoce lo que representa vivir bajo el dominio absoluto de una dictadura comunista como los que logramos resistir en Cuba durante tantos años o como aquellos que perdieron lo mejor de sus años bajo la influencia del temible comunismo de la antigua URSS y las naciones de Europa del este. 

El filósofo y abogado español Mauro Olmeda, nos da las pautas para comprender donde surge ese delirio marxista, y digo marxista, por cuanto ahora no solo me refiero a Karl Marx, sino a todos aquellos que como el “alemán de alma sedosa y mano férrea” creen que el materialismo histórico es el clímax de la historia, de la filosofía, y de la vida misma, con lo que se contradicen desde el punto de vista dialéctico y niegan esas categorías y leyes que tanto han repetido de memoria hasta el cansancio.

Para el profesor Mauro Olmeda el punto débil de los fundadores y promotores del marxismo estriba en haberlo presentado “como la expresión acabada de la verdad, válida universalmente en el tiempo y el espacio, sin atender a la exigencia de un desarrollo ulterior”, con lo que coincido plenamente, y no ahora que cuento con más de medio siglo de existencia y alrededor de treinta años interesado en temas de esta naturaleza, sino desde los lejanos tiempos en que se me impuso la filosofía marxista cuando cursaba mis estudios universitarios.

La propuesta de Marx debe verse como una manera más de interpretar los fenómenos sociales desde una perspectiva filosófica. Su legado no es la verdad en sí, aunque contenga verdades, como todos los sistemas filosóficos y corrientes de pensamiento, y también sus puntos débiles, muchos de ellos matizados por una sobrevaloración de su percepción que lo hizo caer en un sueño con ensueño, como el mismo dijo – no así como lo acabo de expresar yo, sino a su manera– de los socialistas utópicos; y es en esta absolutización excesiva de su propia enseñanza – la ciencia de las ciencias, la filosofía de las filosofías, el sentido de universalidad teórica más acabado de la historia, imposibilidad de cualquier interpretación ulterior de hechos concretos del devenir histórico– donde radica su principal error, lo que determina que su legado sea ciertamente delirante como se cuestiona Jason Baker. 


------------------


* En la segunda parte de su obra Utopía, Thomas Moro (Londres, 1478 – 1535) describe un estado ideal en  contraposición al estado monárquico de Enrique VIII. En este estado no hay propiedad privada ni dinero, el estado está fundado en la tolerancia religiosa ya que nadie puede ser expulsado de su tierra si profesa otra religión, el fanatismo religioso es castigado con el exilio, la organización militar se justifica solo en caso de existir peligro para el país, el trabajo de seis horas al día es obligatorio, lo que permite cierto ocio y  placer moderados, haciendo olvidar las ansias de obtener cosas superfluas, la pena es proporcional al delito, la educación del pueblo es prioridad para el gobierno de la República de Utopía. Este es pues el primer referente concreto de la descripción de un estado similar a las aspiraciones teóricas del socialismo. El término utópico tiene su origen en esta obra de Sir Thomas Moro, considerado el precursor del Socialismo Utópico.

Continuará.