FOROFILO

JOSÉ MARTÍ, FALSEADO POR EL CASTRISMO, DESCONOCIDO POR EL EXILIO

Desconectado Dr. Alberto Roteta Dorado

  • ****
  • 496
  • ¡Usuario Nuevo!
                        ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS
                             Dr. Alberto Roteta Dorado, Santa Cruz de Tenerife, España

           JOSÉ MARTÍ, FALSEADO POR EL CASTRISMO, DESCONOCIDO POR EL EXILIO



               


La figura de José Martí constituye un inigualable paradigma no solo dentro de la historia nacional cubana, sino por lo que representa en el contexto latinoamericano, amén de sus aportes trascendentales que le confieren un carácter universal, y aunque al mítico hombre de Dos Ríos algunos le han querido desplazar de su merecido protagonismo, para en su lugar colocar a otras figuras posteriores a él, y que lograron, ¿por qué no admitirlo?, su universalidad  -algo que no necesariamente se conquista por méritos, valores, y virtudes, sino por las antítesis de estos conceptos, y tal es el caso de aquel, cuyo nombre prefiero omitir hoy para que no aparezca vinculado al de José Martí, el verdadero líder histórico de la nación cubana- , jamás lo han logrado, por cuanto, al legendario hombre santo se le respeta y hasta se le venera, algo que tratándose de él lo aceptamos como digno, por lo que representa el colosal hombre que se inmoló, cual redentor de todos los cubanos, en lo que fuera su mayor acto de sacrificio.

De ahí que los cubanos lo sentimos muy cerca, como si jamás se nos hubiera ido hacia otras dimensiones, más allá de lo perceptible, al menos los del final del siglo diecinueve que le conocieron directamente o que supieron de su excelsa existencia y de su fugaz paso por el suelo patrio, los de las primeras décadas del siglo veinte, que crecieron bajo la influencia de la enseñanza del inspirador hombre -ya comenzaba pues su mitificación como algo más allá de lo comprensible, de lo terrenal y de lo humano, aunque al propio tiempo comprendido, terrenal y hombre-, y más tarde los que pudieron acercarse a su enseñanza antes de que se apoderan de sus primigenios valores, y los adulteraran de manera desmedida, bajo un nuevo ropaje conveniente para la dura etapa de una patria que dejara de ser nuestra para pasar a manos de la peor dictadura del hemisferio occidental de estos tiempos, y también de aquellos que, a pesar de la manipulación sostenida de su inigualable pensamiento, fuimos capaces de mantenernos leales y firmes al legado del valiente ser que seguirá siendo por la eternidad el más universal y el más simbólico de todos los cubanos, justamente el merecido lugar que le corresponde, y que jamás nadie podrá arrebatarle por mucho que lo intenten. 

No hay opciones en una selección de líderes, de maestros, o de guías. Entre tantos, solo un nombre no admite discusión alguna: José Martí.  Cuando se habla de la figura cimera de nuestra patria todos mencionamos, sin duda, a quien es considerado un Apóstol, calificativo no otorgado hasta el presente a nadie más que al genial hombre de “Nuestra América”.  A pesar del respeto que se le tributa a Antonio Maceo, a Máximo Gómez, a Carlos Manuel de Céspedes, y otros tantos héroes y mártires de las gestas independentistas cubanas del siglo diecinueve, ninguno lo iguala en honores, y esto lo distingue y le ofrece una dimensión sin igual en la historia de la nación cubana.

A José Martí se le venera. Si es realmente un culto o no, no importa, si es una forma de idolatría o no, da igual. Los cubanos no nos cuestionamos estas cosas, solo lo queremos, y cada cual lo quiere a su forma, como puede, y también como quiere, y aunque estos sean tiempos difíciles para los cubanos, a los que, por desgracia, se les ha conducido a un patológico estado de apatía y de rechazo a todo aquello que tenga que ver con la historia patria -por la asociación que de manera súbita se hace con el régimen comunista-, hacia el hombre enorme que nos enseñó a amar lo nuestro se sigue experimentando un misterioso sentimiento inexplicable, mezcla de curiosidad y respeto, y de admiración y cariño, que lo envuelven cada vez más en un misterio que realza su aureola hasta proporciones cuasi místicas.   

De ahí que su vida y el mensaje de su grandiosa obra aparezca en las más diversas manifestaciones del arte, en todos los centros de estudios, y hasta en cada hogar cubano, independientemente de la tergiversación que de manera premeditada y con alevosía se ha hecho de su enseñanza por parte de la dictadura comunista cubana, que de manera  inescrupulosa lo pretenden presentar ante el mundo como el inspirador de las fechorías del régimen castrista, como el antiimperialista por excelencia, y hasta se intentó asociarlo con un socialismo que jamás profesó, y lejos de esto, se pronunció de manera enérgica en su contra. 
Pero no voy a insistir una vez más sobre estos aspectos que, aunque jamás se agotan, ya han sido demasiado tratados, una veces muy bien y con verdadero conocimiento de causa, y otras como lamentablemente suele suceder, desde la óptica del facilismo y la superficialidad, tomando unas tres o cuatro citas martianas y comentando cualquier disparatada concepción, lo que al lado de la elocuencia y la sapiencia del Maestro parece más ridícula aún. Por lo que trataré algunos aspectos muy poco abordados en relación con la influencia y el efecto benéfico que ha causado el autor de “Versos Libres” en ciertas esferas del arte y la literatura, y de modo general, en la cultura cubana, con lo que espero contribuir a la apreciación de la enseñanza del Apóstol de América desde una perspectiva diferente y a su vez amena.

La imagen del Apóstol en las artes plásticas

En las artes plásticas numerosos pintores y escultores han tratado de inmortalizar a quien en sí no necesita ser inmortalizado; pero lo han hecho magistralmente por aquello de que se le ama y se le venera con toda razón. La extraordinaria pintura de Menocal, el gran artista cubano que plasmara la imagen elegante y un tanto envuelta en el misterio del héroe cubano -lo que pudiéramos definir como el Martí clásico, una de sus imágenes más conocida-, fue cediendo su paso a la contemporaneidad con que Carlos Enríquez, el destacado pintor de la vanguardia cubana de la primera mitad del siglo XX, tratara el tema de la controversial muerte del líder cubano en Dos Ríos -quien no asimile el sentido de la muerte martiana, hecho que siempre ha estado envuelto en el misterio, a través de la extraordinaria obra de Carlos Enríquez jamás llegará a comprenderla.

En 1960 Eduardo Abela aborda la enorme figura martiana en un pequeñísimo óleo sobre madera de tan solo 41x34 centímetros, cual símbolo de poder redimensionar su gigantesca imagen en un pequeño óleo, con lo que, tal vez, se propuso destacar aquella humildad y sencillez que lo caracterizaron. Luego, en 1990, Ernesto García Peña lo retrata a través de un Martí campesino, con lo que lo aproxima a las multitudes, lo humaniza -por aquello de una mitificación y mistificación que lo distancian un tanto de los hombres para convertirlo en excelso Avatâra o Arcángel regente. El Martí campesino aparece en la obra de García Peña acompañado de aquel caballo que poéticamente José Lezama Lima resaltó en su poema “La casa del Alibi”. La obra de García Peña recuerda la creación de Jorge Arche, de 1943, en la que pretendió desmitificar un tanto al “Santo de América” a través de su presencia en los campos cubanos.

Nueve años más tarde José Miguel Pérez trata al Maestro como maestro, y lo hace a través de un acrílico sobre tela, donde aparece inmerso en las selvas latinas, bañado por las posibles aguas de la vida, en las que se levanta el rostro del bendito héroe. Ya en pleno siglo veintiuno Águedo Alonso lo incluye en su serie “Rostros Latinoamericanos” y Carlos Guzmán retoma el simbólico caballo para su creación del sin par “El caballo mágico”.

La monumental escultura de la antigua Plaza Cívica de La Habana, -por desgracia convertida en Plaza de la Revolución, centro de los peores actos sacrílegos del comunismo cubano, (recuérdese que en dicha zona también se encuentra el monumental homenaje al Che Guevara)-, el impresionante monumento del Parque Central de la propia capital cubana, o el de los parques principales de las ciudades de Matanzas y Cienfuegos, por solo citar estas dos en el interior del país, el singular “Martí, de cara al sol” del escultor Pedro Suárez, resguardado en el cienfueguero Oasis Teosófico-Martiano, amén de las tantas y tantas esculturas de todas nuestras principales ciudades, son una muestra de esa necesidad de perpetuar a través de la imagen, no solo la figura del más grande de los cubanos de todos los tiempos, sino de hacer valer su obra; por cuanto, cada creación, en el campo de las llamadas artes plásticas, encierra algo de la enorme obra del maestro.

La omisión de ciertos monumentos escultóricos hechos en la segunda mitad del siglo XX no significa desconocimiento del autor, sino no hacer mención a lo que algunos hicieron influenciados por el régimen dictatorial cubano: el ejemplo clásico es el monumento situado en las cercanías de la actual Embajada de Estados Unidos en La Habana, Sección de Intereses en el momento en que fue colocado, en lo que el régimen ha llamado Tribuna Antiimperialista, obra que muestra a un Martí que señala con su mano hacia el norte, por aquello del norte “revuelto y brutal que nos desprecia”, lo que constituye una provocación del régimen cubano y un verdadero sacrilegio a la figura del colosal pensador y político cubano.

La presencia martiana en la música popular y de concierto

Pero ese acudir una y otra vez al hombre que lo dio todo por el deber patrio, no está limitado al mundo de la plástica. En la primera mitad del siglo veinte un compositor y pianista de la altura de Ernesto Lecuona le entregaba a una joven cantante, que recién se iniciaba en el arte, una serie de partituras con la musicalización de algunos de los versos sencillos de José Martí: “Por tus ojos”, “Mucho señora daría”, “La rosa blanca”, “Yo pienso cuando me muero”, entre otros, fueron estrenados por la soprano cubana Ester Borja, quien con el transcurso del tiempo se convirtió en el símbolo de la canción cubana.

Lamentablemente este conjunto de obras de grandes valores estéticos y de exquisita elaboración, tanto poética como musical, permanecen olvidados y en la espera de que algún cantante lírico los retome y los siga cantando con el mismo ímpetu que la afamada cantante cubana lo hiciera durante décadas. Tal vez el binomio Martí-Lecuona no les guste a los recalcitrantes dirigentes de instancias como la UNEAC o el Instituto Cubano de la Música, por lo que la genialidad de estas composiciones ha pasado al olvido forzado.   

En la segunda mitad del siglo veinte una extraordinaria compositora que ya se nos fue a otros mundos, nos entregó un “Ismaelillo”, que cual grandiosa cantata es digna de aparecer entre las obras más logradas de la consagrada trovadora Teresita Fernández. Los tiernos versos renacieron, a veces sutiles e inocentes, a veces enérgicos, y hasta épicos, en el inconfundible estilo de la mítica cantante y compositora, quien con su peculiar cadencia y nostálgica voz nos regaló una obra de altos valores; aunque lamentablemente también olvidada en estos duros tiempos en los que lo bueno pasa a ser fondo museable en la mejor de las opciones -otra sería hacerlos desaparecer.

Hacia la década del setenta algunos jóvenes trovadores, miembros del fenómeno musical cubano conocido como la Nueva Trova -independientemente del matiz político a favor de la revolución cubana y de sus participaciones en actos y marchas a favor del régimen-, presentaron sus composiciones utilizando la inigualable poesía del modernismo martiano. Sara González, Pablo Milanés y Amaury Pérez llevaron a la música popular los versos del considerado Apóstol de Cuba; aunque ni por el hecho de que estos artistas se solidarizaron con el régimen dichas obras son recordadas en nuestros días, algo que es imperdonable.

Téngase presente que una obra de nuestra música popular campesina ya había recorrido el mundo, y lo sigue haciendo. Me refiero a la “Guajira Guantanamera”, composición de dudoso origen, pero se atribuye su melodía al cantor de música campesina Joseíto Fernández, aunque la versión definitiva con la utilización de los versos martianos, pertenecientes a los primeros “Versos Sencillos” de José Martí, fue popularizada mundialmente por el estadounidense Pete Seeger, a quien también se le ha considerado su autor, olvidando así el mérito del compositor cubano Julián Orbón, quien al parecer fue el que incorporó los versos martianos. Dicha obra, la más universal en relación con la poesía martiana, ha sido interpretada por cantantes líricos, juglares y trovadores, y hasta por músicos ambulantes en el legendario Camino de Santiago, símbolo de peregrinación cristiana, y por cualquier sitio del mundo que usted ande, y se sepa que hay un cubano, siempre aparece alguien que le menciona la mundialmente conocida “Guajira Guantanamera”, o sencillamente “La Guantanamera”, como ha pasado a la posteridad.

Recientemente el joven cantor y compositor cubano Adrián Berazaín, con su estilo y siempre dentro de su cuerda tan juvenil, pero con una originalidad respetable, ofreció una canción inspirada en el genial cubano. Pretendió dar una imagen más cercana y a la vez real, despojada de ese misticismo que muchas veces los menos jóvenes damos al llamado “Santo de América”, algo que, por suerte, logró.

Con menos acierto que en la música popular nuestro José Martí ha sido llevado a la ópera. El olvidado compositor cubano Rafael Vega Caso, compuso dos óperas, “Abdala”, basada en el poema dramático homónimo de Martí, y “José Martí”, con textos del propio autor, aunque incluye textos martianos. Al parecer nunca se han interpretado y esperan para ser descubiertas por las actuales generaciones.

El compositor y pianista Hilario González es el autor de una miniópera a capella basada en “Los zapaticos de rosa”. González además utilizó los versos del Apóstol para numerosos lieder, estrenados en Cuba y luego interpretados en otras partes del mundo por la soprano Iris Burguet. También Juan Piñera, utilizó el texto martiano de “Amor con amor se paga” para una ópera en 1987, que al igual que las antes citadas permanecen en un eterno descanso.

Dentro de la música coral, se destaca la compositora Beatriz Corona con varias obras en las que ha utilizado los textos martianos. El pianista y compositor César Pérez Sentenat compuso en 1931 sus “Martianas”, dos pequeñas canciones y un poema cantado con texto de José Martí, y Harold Gramatges utilizó textos martianos para varias de sus obras: “Tríptico”, para soprano y orquesta, “Oda Martiana”, para barítono y orquesta, “Dos canciones”, para coro mixto a cuatro voces, y “Tienes el don”, para barítono.

                                                          Continuará. 

Publicado inicialmente en Cubanálisis.

http://www.cubanalisis.com/ART%C3%8DCULOS/ROTETA%20DELGADO%20-%20JOS%C3%89%20MART%C3%8D%20OCULTADO%20POR%20EL%20CASTRISMO....htm