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José Martí, su rotundo NO a la pena de muerte. Dr.Alberto Roteta Dorado.

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                        José Martí, su rotundo NO a la pena de muerte.
                  A propósito del 165 aniversario del nacimiento del Apóstol cubano.
                                        Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.



             


      José Martí. Obra del artista cubano, radicado en Estados Unidos, Yoandy Carrazana.

Santa Cruz de Tenerife. España.- Cada 28 de enero se convierte en un reto para aquellos que, de una u otra forma, nos dedicamos a compartir con otros mediante la palabra – en este caso la palabra escrita– lo que pensamos, y no se trata de hacerlo por encargo de editores y directores ávidos de contribuir desde sus posiciones a mantener la perpetuidad del colosal cubano, al menos, no es este mi caso; que he escrito muy poco por encargo; aunque sí, mucho por sugerencia. Como tampoco lo es, por el hecho de cumplir formalmente con algo que de manera rutinaria, por cuestión de “efemérides”, se deba cumplir.

Escribir sobre José Martí, quien no por casualidad, ni por obra de un azar que considero inexistente, es considerado Maestro, Apóstol, hombre santo, el más puro de la raza, el que tiene alas de águila y pecho de paloma, el intérprete continental, o como se suele repetir hasta el cansancio – aunque con toda la razón del mundo–, el más universal de los cubanos, es tarea difícil, al menos para aquellos que respetamos al también héroe y símbolo continental, y nos respetamos a nosotros mismos, como bien nos enseñó el Maestro.

Y es difícil porque al acudir a algunas referencias suyas e incorporarlas en nuestro escrito como cita, inevitablemente el lector notará una diferencia abismal en cuanto a estilo se refiere, y aunque seamos o tratemos de ser cuidadosos en el bello arte de colocar la palabra, justo en el sitio donde se debe, a no adornar de modo superficial la idea eje de un tema, y a hacernos cómplices de aquel buen decir –en lo que el Maestro fue un experto–, la comparación es inevitable, y hasta el más grande de los escritores resulta empequeñecido ante la excelsitud de un creador de talla mayor, que no en vano alguien le llamó el príncipe del castellano.

Y no solo en el aspecto formal –que él llamó de manera sabia: la esencia– José Martí resulta un paradigma inigualable; sino en la vastedad de su saber enciclopédico, con lo que podía abordar los más variados temas dentro del arte, la historia, la ciencia, la política, la sociedad, la religión y la filosofía. De ahí mi idea acerca de ese reto, cuyo temor de hacerlo, finalmente resulta superado porque se impone el deber, otro aspecto que el ejemplar héroe de Dos Ríos consideró sagrado, y siendo así, pues dejo a un lado temores y asumo el reto desde una perspectiva sacramental, por cuanto, el deber en Martí es ley, es Dharma.

¿Qué decir de Martí, y sobre Martí, que ya no se haya dicho durante estos 165 años que nos separan de su advenimiento a la existencia material en suelo cubano, y de los 122 años que han transcurrido desde que se despojó de sus vestiduras carnales para pasar a las inmensidades de la inmortalidad? Pero sobre todas las cosas, cómo hacerlo para no caer en las trivialidades con que frecuentemente se le suele asumir por aquellos que, desconociendo la esencialidad de su noble pensamiento, y la excelsitud de su santa palabra, lo hacen por el cumplido simplón del momento, por el estéril encargo, o por el hecho de pretender sobresalir como “martianos” que jamás han sido.

Mis lectores estarán esperando a que les recuerde que el autor de “Versos Libres” no profesó el socialismo; pero ya eso se sabe y se ha tratado hasta el cansancio, además,  ya lo he explicado mucho, y lo he escrito también con relativa frecuencia. El famoso escrito sobre el libro de Herbert Spencer, que ha pasado a la posteridad, más que por la enseñanza martiana en sí, o por la acertada crítica suya respecto al libro del momento de la autoría del destacado antropólogo social, por lo que se ha interpretado que Martí dijo, o quiso decir, sobre un sistema social y un modelo económico incompatible con los ideales del noble cubano. De ahí que acudir, una vez más sobre el asunto, sería llover sobre mojado. 

Como también querrán saber acerca de algunas ideas y frases álgidas que pudieran conducirnos a un cuestionamiento sobre la postura martiana en relación con los Estados Unidos, y la política de los gobiernos norteamericanos  dentro de su contexto histórico y social – segunda mitad del siglo XIX–, lo que de modo premeditado y con alevosía es asumido de manera descontextualizada por la dictadura comunista cubana para mostrar a un Martí a su manera, y con el estandarte del hombre antiimperialista por excelencia que, aún tenemos que estudiar en su real dimensión para entenderlo, y siempre desde la óptica de su momento histórico, algo que ya traté el pasado año cuando me referí a la idea de un Martí que si afirmó: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” – negarlo sería un sacrilegio y jamás caeré en tan maquiavélico acto– , y al propio tiempo dijo: “Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting”, algo que está desarrollado en mi artículo: “José Martí, el hombre que amó a la patria de Lincoln”. (http://www.cubademocraciayvida.org/web/article.asp?artID=35357)

Pero para no repetirnos, y no caer en lo que tanto me incomoda, y por respeto a ustedes, y en primer lugar a aquel a quien recordamos sobremanera hoy, 28 de enero, voy a referirme a algo muy poco tratado, sin que deje de ser al extremo interesante, y de gran importancia al abordar el pensamiento político y filosófico del más colosal de los cubanos.

José Martí, siendo un adolescente, se pronunció contra la pena de muerte, y llama poderosamente la atención que sus valoraciones y argumentos están basados en postulados filosóficos. Recordemos que desde su primera juventud ya había experimentado el dolor, el sufrimiento y el comienzo de una agonía, que lo acompañarían más tarde en otras etapas de su vida, lo que fue determinante para la gestación de su pensamiento filosófico, su postura religiosa ulterior, y su agudeza política. En su artículo acerca de la pena de muerte, Martí expresó:
 
“Sed lógicos con la naturaleza. Castigad al espíritu culpable, como nosotros lo castigaríamos, al espíritu en esta encarnación, porque ni nosotros la hicimos, ni ella cometió culpas que nos autorizaran a destruirla – y no lo castigaríamos con la crueldad- que entonces seríamos iguales a vosotros, sino con el aislamiento de este cuerpo que, teniendo una vez razón al fin, comparáis exactamente a la gangrena –con el aislamiento, que es el preciso deber de la sociedad sobre el individuo pernicioso, que la obliga a separarlo de la comunión, con cuya concurrencia trastorna y hace daño. Deber y no derecho, porque aunque parezca vulgar este argumento, vulgar y de todos es la idea de Dios y es la más grande de todas las ideas. –La sociedad no anima cuerpos, no crea cuerpos, no tiene sangre que darles. – ¿Cómo, pues, ha de tener derecho para destruir cuerpos que no anima ni crea?” *

El joven Martí se opuso enérgicamente a la pena de muerte; pero su oposición  está respaldada de un profundo análisis de carácter filosófico y ético al cuestionarse la imposibilidad de que lo que no es creador, y no ha dado, no puede destruir aquello que no es el fruto de su acción, es decir, ha partido de una abstracción filosófica, donde involucra los procesos creacionales en un orden universal y particular y los lleva al terreno de la práctica social. Detener el paso transitorio del hombre por la tierra es algo que solo le corresponde al Ser Creador que lo ha determinado y no a ningún hombre en particular, ni a una sociedad en general.
 
La violación de ciertas leyes universales  –las que Martí llamó leyes del mundo espiritual– trae consigo una repercusión, lo que resulta inviolable. Hay una ley en la naturaleza que de manera justa y equitativa todo lo pone en perfecto equilibrio. No se trata de un castigo divino o de un ajuste desenfrenado por capricho, es un intento inherente a lo divino de mantener por la eternidad un orden y una simetría en la apariencia de las formas, cuyo orden es un reflejo de aquel que siempre reina en las inmensidades de lo divino y más allá, en los misterios de lo Cósmico.
 
Para Martí la sociedad no es quien debe asumir una actitud de esa naturaleza. Esta postura ética de hacer siempre el bien de acuerdo con el principio de la justicia, lo que ha sido un elemento protagónico de la filosofía aristotélica, con la que Martí se había relacionado, marca la postura ética martiana a través de su vida. En un alma noble y pura, no hay lugar para el odio y la venganza.
 
En el artículo de juventud citado antes afirmó además: “¿Creéis que haya algún juez que haya firmado impasible la sentencia de muerte de un hombre? No puede haberlo, porque ese hombre sería un monstruo. Y si todas las manos tiemblan cuando la autorizan, y todos los corazones se avergüenzan, y todas las naturalezas la rechazan cuando la palpan tan de cerca, ¿Tendréis valor para sostener que es buena?” *

Os dejo pues a mis lectores, que espero sean, al propio tiempo, amantes del pensamiento del ser más genuino que anduvo por nuestro suelo patrio, estas interrogantes que, a modo de sentencias mántricas, el bendito héroe de Dos Ríos quiso enseñarnos para que fuésemos como él: hombres nobles y puros, incapaces de propagar el mal por el mundo, y con un gran compromiso patrio y universal, que incluye pues, esta colosal enseñanza respecto a la preservación de la vida en toda su magnitud.     

*José Martí. Obras Completas. T XXI, pp. 23-24.