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José Martí en España, tras sus huellas. Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.

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                                     José Martí en España, tras sus huellas.
                 A propósito del 165 aniversario del nacimiento del Apóstol cubano.
                                          Por: Dr. Alberto Roteta Dorado.


Santa Cruz de Tenerife. España.- En 1951, Dulce María Loynaz, la exquisita escritora cubana que fuera olvidada en su propia patria con la llegada de la segunda mitad del siglo XX, resaltaba la grandeza del más glorioso de los cubanos de todos los tiempos, y lo hacía desde la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, en Tenerife, la mayor de las islas del archipiélago canario, en un acto en el que la poetisa dictara una conferencia, devenida ensayo literario, conocido como “Mujer entre dos islas”.

Decir que nuestro José Martí fuera el centro de su intervención, sería dejarnos arrastrar por la pasión que siempre nos traiciona cuando tratamos cualquier arista del más colosal de los hombres cubanos, que como bien diría la autora de “Un verano en Tenerife”, fue “uno de los espíritus más puros que han florecido sobre la tierra”, frase que nos hace recordar a otra noble mujer de las letras hispanoamericanas, la chilena Gabriela Mistral, cuya evocación martiana corrió una mejor suerte al no caer demasiado en el olvido.

Para la autora de “Los sonetos de la muerte y otros poemas elegíacos”, Martí fue el hombre más puro de la raza, por lo que ambas coinciden en resaltar aquella cualidad en la que poco nos hemos detenido. Tal vez el heroísmo del bendito ser, sus dotes como orador excepcional, su genialidad como poeta, o aquel sentido visionario – quasi profético– que le caracterizaron, han hecho que dejemos a un lado lo que ambas mujeres, henchidas de un romanticismo tardío que continuaba penetrando profundamente en sus obras, fueron capaces de resaltar con aquella intuición que solo las grandes de la palabra saben y pueden hacerlo: la pureza martiana. Por lo que la idea del hombre puro hemos de añadirla e interpretarla en su sentido más trascendental, a la extensa lista de calificativos dados al Maestro: el príncipe del castellano, el Apóstol, el Santo de América, el Presidente, el Mayor General, el más simbólico de los cubanos, el más universal, el bendito, el sabio insondable, el Arcángel tutelar de Cuba, entre otros.

En el mismo ensayo Dulce María Loynaz precisó que Martí fue nuestro, es decir, de los cubanos, pero la autora, inconforme con limitarlo a un nacionalismo bien ganado y merecido honorablemente, quiso ir mucho más lejos – como suelen hacer los grandes poetas, que llegan a alcanzar estados de plenitudes y arrobamientos, cual verdaderos místicos–  al sobredimensionarlo, y con aguda justicia y exquisita valoración, y no por cumplidos y halagos superficiales, le ofreció un mayor peldaño al afirmar que, “hoy pertenece ya al acervo común de todos los hombres honrados de la tierra”, y al enseñarnos que, “José Martí es el alma de una doctrina de amor y de fe que se hizo para un país; pero que sirve para el mundo entero”,  con lo que lo despojaba de su limitación temporal, esto es, lo descontextualizaba para situarlo más allá de su siglo, y le quitaba ataduras espaciales para destacar su condición de universalidad, más allá de las barreras patrias y continentales.

Su plática en el Ateneo de La Laguna pretendía resaltar la grandeza cultural de Tenerife
dentro del contexto de la gran fiesta del arte, evento que por aquellos días de mediados del pasado siglo se celebraba; pero como oradora inteligente no dejó pasar la ocasión de poder destacar lazos entre las dos islas, Tenerife y Cuba, no a ex profeso y de manera forzada, como suele hacerse con frecuencia, a modo de cumplido, sino porque en realidad existen nexos incuestionables entre ambas islas, y José Martí, el célebre cubano, es el fruto de la creación de una noble tinerfeña – que la oradora comparó con la princesa Dácil, símbolo de la feminidad y de la pureza virginal por estos lares–, como lo han sido a través del tiempo cientos de cubanos, cuyos orígenes se remontan a esta parte del mundo, considerada española, aunque muy cercana a las costas del noroeste africano.

Lo cierto es que Tenerife, más que africana, es española por sobradas razones; fenómeno antropológico que se repite en Cuba, donde las tradiciones de la península –al menos, en los tiempos en que no se había dispersado tanto la esencia de nuestra autenticidad – lograron mayor arraigo que aquello que remotamente nos llegaba desde África. Igual ha pasado en Tenerife, a pesar de que las arenas de los desérticos parajes africanos llegan a sus costas por la cercanía con la parte norte de aquel continente que fuera en viejos tiempos cuna del saber y de la espiritualidad.
 
De ahí que nada más ilustrativo que el hecho de que una mujer de origen canario, y específicamente tinerfeño, fuera la progenitora de aquel, que al decir de la intelectual cubana, fuera “uno de los más hermosos ejemplares que dan todavía razón y destino a la humanidad”.   

Como ya sabéis, José Martí, cuyo aniversario 165 de su natalicio estamos evocando hoy, fue descendiente directo de españoles. Su padre Don Mariano Martí, era natural de Valencia, lugar donde nació en 1815, y su madre, Leonor Pérez, quien nació en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias, en 1828.
 
Justamente en la mayor de las islas del archipiélago canario se recuerda con respeto a Doña Leonor, y se le han dedicado monumentos y homenajes, por el hecho de ser la madre de José Martí, y por lo que él representa para la historia cubana y universal, y aunque el paso de los años inevitablemente tiende a borrar las huellas de un pasado que ya comienza a dispersarse, la nobleza de aquella madre sufrida por la temprana muerte de su hijo, dejó su impronta en la lejana isla que se pierde en el misterio del Atlántico, bien distante de la Cuba que acogió a José Martí; aunque a su vez, tan cercana, por los nexos que por obra del destino, de lazos kármicos, o de ciertas leyes incomprendidas, pero existentes, nos han unido para siempre. 

La tarja colocada en la céntrica avenida Ángel Guimerá, muy cerca  de su intersección en la calle Puerta Canseco (antes calle de la Consolación), sitio donde la madre de José Martí nació y pasó su infancia, es un ejemplo concreto de cómo se pretende perpetuar la imagen simbólica de la madre del Apóstol de Cuba. Dicha tarja ha sido una idea de la Asociación Canario-Cubana, que lleva el nombre del también prócer de la independencia cubana, por motivo del ciento cincuenta aniversario del nacimiento de Doña Leonor Pérez.


             


“En vísperas de un largo viaje estoy pensando en usted” (…) “Conmigo va siempre en mi creciente y necesaria agonía el recuerdo de mi madre”. Fragmento de una carta de Martí a su madre, que puede leerse en la tarja conmemorativa que Santa Cruz de Tenerife le dedica a Leonor Pérez.


                 


Calle de la Consolación, actual Puerta Canseco, próxima al viejo mercado, lugar donde nació Leonor Pérez, madre de José Martí. Actualmente no se conserva la casa. En sus cercanías se encuentra la tarja que le rinde homenaje.


             


Iglesia Parroquial Matriz de la Concepción, sitio donde fue bautizada, el 18 de diciembre de1828, Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera, la madre del Apóstol cubano. 


                 


Homenaje a Leonor Pérez, obra de la escultura cubana Thelva Marín Mederos, por  encargo de la Asociación Canaria de Cuba. Se encuentra en el paseo Francisco Borges Salas, dentro del céntrico parque García Sanabria.


               


Detalle de la tarja conmemorativa en el monumento a Doña Leonor Pérez en el parque García Sanabria, Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias. España. 

Pero los vínculos de José Martí con España no solo están dados por ser un descendiente directo de españoles, sino porque en este país pasó una parte de su vida. Recordemos que entre 1871 y 1874 vivió en la península, donde cursó sus estudios universitarios, graduándose de licenciado en Filosofía y Letras, y de licenciado en Derecho Civil y Canónico.

Si bien fue en los Estados Unidos de América donde escribió la mayor parte de sus grades ensayos literarios, sus extraordinarios escritos periodísticos, y donde pronunció sus discursos más trascendentales, en España fue donde se gestó su pensamiento filosófico, donde adquirió madurez su visión política, y donde su sentido ético adquirió dimensiones inesperadas, lo que más tarde reflejó en su inmensa obra.

Con menos de veinte años pronunciaba sendos discursos en Logias Masónicas de Madrid, era seleccionado para disertar en Zaragoza, se presentaba en reuniones privadas que, a modo de tertulias, tenían lugar en residencias madrileñas, se publicaban sus primeras obras políticas de corte ensayístico: “El presidio político en Cuba” y “La República española ante la revolución cubana”, amén de que escribiera su drama “Adúltera”.


           


Vista de la tarja colocada en la casa donde vivió José Martí en Madrid entre 1871-1873.


               


Vista actual de la antigua Universidad Central de Madrid, donde Martí estudió los dos primeros años de la carrera de Derecho entre 1871 y 1873.

La influencia de la intelectualidad española de su tiempo, por un lado, y por otro, sus estudios universitarios, pero sobre todo, de lo que de manera autodidacta estudiaba continuamente, fueron determinantes para la conformación de su perfil intelectual que, más allá de un autóctono nacionalismo, se abría paso a la universalidad mediante innovaciones estilísticas literarias– algo que se daba de manera espontánea y sin grandes pretensiones–, lo que le mereció su justo lugar como precursor del Modernismo en las letras hispanoamericanas junto a Rubén Darío, Julián del Casal, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva.
 
Sus valoraciones sobre la enseñanza del filósofo alemán Karl Krause y del religioso y también filósofo español Jaime Balmes demuestran la profundidad de aquel joven que todo lo leía, que todo lo asimilaba, que se refirió a las concepciones aristotélicas sobre materia y forma, que supo desentrañar los misterios numéricos pitagóricos, que se entusiasmó con las interpretaciones cartesianas acerca de la identificación del sujeto con el objeto a partir de la veracidad de la Deidad, que meditó profundamente en las abstractas enseñanzas de Leibniz acerca de las mónadas como unidades primarias y últimas del misterio de la existencia, que se atrevió a desafiar a Fichte respecto a su doctrina de la ciencia, al negar la existencia de la ciencia trascendental en el orden intelectual humano, aunque la afirmara en el orden intelectual absoluto.
 
José Martí fue definido por el intelectual Rodríguez-Embil como místico práctico y realista activo; pero de modo muy particular afirmó que el autor de “Versos Libres” es “de tradición y cultura occidentales, de cepa teresiana y española. Como tal, una de las fuerzas mayores de este mundo”. Ningún otro autor llegó tan lejos en profundidad y precisión, por cuanto, ha limitado su formación y proyección filosófica al mundo occidental, lo que resulta muy acertado, y es justamente por la su exquisita formación en tierras españolas que podemos afirmar de modo categórico y sin temor a errar, que Martí es occidental en su pensamiento intuitivo y por su profundidad filosófica, pero un español de pura cepa, no solo por lo que le llegaba de sus padres, sino porque supo asumir y asimilar la esencialidad de lo mejor del pensamiento filosófico y político de su tiempo durante su estancia en la península.   

Independientemente del dominio que tenía Martí de las enseñanzas del oriente, es genuinamente occidental en su pensamiento especulativo, tanto en lo formal o estilístico, lo que él llamó esencia, como en su contenido; pero apreció además aquella fuerza española, que no solo le llegó a través de sus estudios universitarios en aquel país, sino por su profundización en autores poco usuales, como es el caso de Jaime Balmes, o por la fuerte influencia del Krausismo español.*


           


Avenida José Martí, en las proximidades del puerto de Santa Cruz de Tenerife, capital de Tenerife, Islas Canarias.

Pudiera resultar paradójico que José Martí, cuyos padres fueron españoles, y que además pasó varios años en la península, en los que no solo se graduó de dos carreras universitarias, sino que fue allí, justamente donde se orientara su pensamiento filosófico, al propio tiempo jugara un papel determinante en la gesta independentista cubana del final del siglo XIX contra el dominio español, algo que de manera sabia logra explicarnos la citada autora de “Un verano en Tenerife”. Según Loynaz, Martí jamás negó a España, sino que la amó, “cuando el amor podía dolerle”, y donde experimentó dicha y felicidad, “algunos días de felicidad, quizás los únicos que contó como suyos. No serían muchos, pero si bastantes para hacerle decir”…, y ahora cita los versos martianos: “Allí rompió su corola, la poca flor de mi vida”.
 
Y nos sorprende sobremanera que andando por las viejas calles de las cercanías del puerto de Santa Cruz de Tenerife nos encontremos una humilde calle que lleva el nombre del extraordinario cubano que, aunque pasen los años y los siglos, seguirá erguido, cual verdadero Arcángel luminoso para inspirar a sus hijos, no solo a los de Cuba y Tenerife, las dos islas a las que se refiere la poetisa, sino a todos los hombres del mundo, a quienes dejó su doctrina de amor y de fe.   


*El Krausismo, a pesar de sus raíces alemanas, fue un movimiento intelectual y filosófico limitado a España, desarrollado a partir de las ideas de Krause presentadas en este país por su discípulo directo, el jurista y profesor universitario Julián Sanz del Río. Si bien en tierra alemana no tuvo trascendencia alguna, en España tuvo gran arraigo. El krausismo se basaba en la interpretación de las obras de Karl Krause, quien defendía un panteísmo inspirado en el idealismo alemán y en Spinoza. Krause logró sintetizar desde el punto de vista metafísico la moral de los ideales humanitarios; pero matizados por el misticismo, de ahí la similitud de la perspectiva martiana en este sentido, toda vez que este autor ejerció su impronta en José Martí, como tal vez, ningún otro autor.
 
**Mi gratitud a los nuevos amigos de Tenerife, Dácil Cabrera y Julián Viera, quienes me llevaron a recorrer sitios de interés en Santa Cruz de Tenerife, tras las huellas de Doña Leonor, y a Claudio Godo, quien se ocupó de seguir al Apóstol desde Madrid, los que a su vez fueron los fotógrafos para este trabajo.